Luis Montaño Hirose

Universidad Autónoma Metropolitana. Unidad Iztapalapa

En la universidad se habla constantemente. Congresos, seminarios, clases, informes, debates académicos y reuniones de consejo generan un flujo permanente de palabras. Sin embargo, en medio de esa abundancia discursiva existe una dimensión menos visible pero igualmente significativa: los silencios. Toda organización los produce. Pero en instituciones dedicadas al pensamiento crítico, como la universidad, su existencia resulta particularmente reveladora. Los silencios no son simplemente ausencia de voz; expresan límites, temores, equilibrios de poder y formas de adaptación institucional. Estos silencios atraviesan tanto la producción de conocimiento como la gestión universitaria, aunque de manera distinta: en el primer caso tienden a naturalizar criterios de validez, mientras que en el segundo operan como mecanismos pragmáticos de regulación del conflicto.

Muchos de los problemas que atraviesan la vida universitaria son ampliamente conocidos por quienes la habitan. Se comentan en pasillos o conversaciones privadas, y ocasionalmente aparecen en documentos institucionales o discusiones públicas. La precarización de ciertos sectores del profesorado, las luchas internas por el poder o la burocratización de la vida académica permanecen así en una zona ambigua donde todos saben que existen, pero pocos los nombran abiertamente.

Este fenómeno ha sido descrito en distintos campos del pensamiento social. La politóloga alemana Elisabeth Noelle Neumann habló de la espiral del silencio, un mecanismo por el cual las personas evitan expresar opiniones que perciben como minoritarias o socialmente riesgosas. En las organizaciones ocurre algo similar; cuando ciertos temas se perciben como incómodos, los actores aprenden rápidamente a callar. Pero el silencio institucional no responde a una sola causa.

En la vida universitaria se entrelazan al menos tres formas: el silencio por prudencia política, el que surge de la aquiescencia ante la ambigüedad y opacidad de los problemas organizacionales y el que se sostiene en acuerdos implícitos más profundos.

El primero es relativamente visible. La vida institucional se organiza a través del cruce de diversos procesos académicos y administrativos -así como políticos y culturales- que pueden verse tensionados por conflictos abiertos. En ese contexto, guardar silencio suele ser una forma de prudencia o de cálculo para evitar costos mayores. Estos silencios suelen intensificarse en momentos de transición institucional. Los procesos de designación de autoridades, por ejemplo, generan periodos de incertidumbre en los que se reconfiguran alianzas y expectativas. Muchas voces se vuelven entonces más cautelosas y ciertos temas desaparecen del debate público. Pero también ocurre lo contrario: asuntos antes silenciados pueden emerger como argumentos fuertes -a veces agresivos- en la disputa por el poder. Los cambios de autoridad abren así breves ventanas discursivas que redefinen temporalmente lo que puede decirse y lo que conviene callar. En contextos de incertidumbre institucional, esta cautela tiende a intensificarse, pues el silencio puede convertirse en una forma de gestión de la incertidumbre más que en una simple omisión.

El segundo, menos visible, se relaciona con la dinámica organizacional. Morrison y Milliken señalan que cuando una institución atraviesa periodos prolongados de incertidumbre, graves problemas o disputas internas, muchas personas concluyen que hablar no producirá cambios reales y puede, al contrario, aumentar el estado de ansiedad. Se instala entonces una forma de resignación silenciosa en la que los problemas se reconocen, pero se consideran prácticamente inmodificables. Esta dinámica no se limita a posiciones subordinadas: las propias autoridades pueden recurrir al silencio como una forma de administración de riesgos, evitando abrir conflictos cuyo tratamiento implicaría costos políticos, financieros o institucionales difíciles de absorber.

El tercer tipo de silencio es más difícil de percibir porque no opera a nivel consciente. El psicoanalista francés René Kaës propuso el concepto de pacto denegativo para describir acuerdos implícitos mediante los cuales un grupo termina por no ver o no nombrar ciertos aspectos de su propia realidad. No se trata sólo de temas incómodos, sino de zonas ciegas colectivas que permiten preservar equilibrios simbólicos del grupo. En ocasiones, estos pactos protegen narrativas centrales de la institución, como la idea de que el reconocimiento académico responde exclusivamente al mérito intelectual individual.

Algunos estudios sociológicos de la ciencia, como los de Bruno Latour, han mostrado que el conocimiento científico no surge sólo de la fuerza de los argumentos o de los datos, sino también de redes sociales donde intervienen instituciones, laboratorios, revistas y comunidades académicas. Sin embargo, en la vida universitaria el prestigio intelectual suele pensarse principalmente como resultado del mérito individual. Parte de este silencio puede entenderse como un pacto denegativo, es decir, una tendencia colectiva a mantener fuera de la conciencia ciertos aspectos del funcionamiento real del mundo académico para preservar la creencia compartida en la justicia intelectual del sistema. En este sentido, el silencio opera simultáneamente en el plano del conocimiento -al invisibilizar sus condiciones sociales de producción- y en el plano institucional, donde contribuye a sostener equilibrios organizacionales que no siempre pueden ser explicitados sin generar disrupciones.

A ello se suma el poder simbólico que opera en toda organización. Algunas posiciones institucionales tienen mayor capacidad para definir qué temas son legítimos y cuáles resultan impropios. Así, se establecen fronteras invisibles de lo decible. El resultado es una paradoja: la universidad, concebida como espacio de crítica y deliberación racional, puede convertirse en un lugar donde ciertos asuntos fundamentales apenas se discuten públicamente.

Esto no significa que las universidades estén dominadas por la censura. Más bien revela la complejidad de las organizaciones académicas, y la tensión estructural a la que están sometidas, donde conviven diversas visiones y proyectos intelectuales, trayectorias profesionales, identidades disciplinares y disputas políticas. En ese entramado, los silencios funcionan como mecanismos de equilibrio. Pero esos equilibrios también tienen costos: cuando ciertas problemáticas no se discuten abiertamente, las tensiones se acumulan y puede aparecer una distancia creciente entre el discurso institucional y la experiencia cotidiana.

Reconocer los silencios de la universidad no implica denunciar conspiraciones ni desacreditar a quienes la sostienen. Significa aceptar que toda organización produce zonas de sombra y que comprenderlas forma parte del ejercicio crítico. Después de todo, los silencios también hablan, y a veces revelan tanto sobre una institución como sus discursos oficiales.

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