Por Mariana Guadalupe Molina Fuentes
Cuando se discute el futuro de la educación superior en México, la conversación suele concentrarse en la cobertura, el financiamiento o la empleabilidad. No hay duda de que todos ellos son temas importantes; sin embargo, dejan fuera una pregunta crucial: ¿qué tipo de ciudadanas y ciudadanos se forman en nuestras universidades?
Las instituciones de educación superior no sólo transmiten conocimientos técnicos y otorgan títulos profesionales. También moldean visiones del mundo. En sus aulas y pasillos se discuten problemas públicos, se confrontan perspectivas, y se construyen nociones sobre democracia, justicia o responsabilidad social. De manera silenciosa, pero persistente, la universidad participa en la formación política y ética de las nuevas generaciones.
Este proceso comienza desde la propia identidad institucional. La misión, la visión, la historia y el perfil de egreso de cada universidad expresan un determinado ideal educativo. Cuando una institución afirma que busca formar profesionales críticos, comprometidos con su entorno, o capaces de contribuir al desarrollo del país, está planteando también una idea sobre el tipo de ciudadanía que considera deseable.
Ese horizonte no es sólo retórico: orienta decisiones sobre programas académicos, actividades culturales y formas de participación. En esa tesitura, lo importante no es sólo qué se enseña, sino cómo. Los espacios de debate en el aula, los proyectos de vinculación social o las prácticas profesionales pueden fomentar habilidades para la vida pública. Así, una universidad puede formar estudiantes capaces de cuestionar su entorno o limitarse a transmitir conocimientos sin promover una reflexión más amplia sobre los problemas de la sociedad.
Es importante destacar que la socialización universitaria no depende únicamente de los planes de estudio, sino del tipo de población estudiantil que cada institución atiende. El sistema de educación superior mexicano es profundamente heterogéneo. En él conviven universidades públicas de amplia tradición, instituciones privadas de élite, universidades tecnológicas, interculturales, y proyectos recientes creados para ampliar el acceso a sectores que durante décadas estuvieron excluidos. Cada uno de estos espacios reúne estudiantes con trayectorias sociales y educativas distintas. Esa diversidad influye en los debates que se producen dentro de las instituciones, y en la manera en que se interpretan problemas como la desigualdad, las oportunidades o el papel del Estado.
Pero quizá el aspecto más importante de la socialización universitaria ocurre fuera de los programas formales. Gran parte del aprendizaje político y social se produce en la vida cotidiana de las instituciones. Las conversaciones entre estudiantes después de clase, las discusiones en los pasillos o los debates que se prolongan en bibliotecas y cafeterías forman parte de una experiencia formativa difícil de reproducir en otros espacios. En esos encuentros informales se aprende a argumentar, a disentir y a convivir con perspectivas distintas. En cierto sentido, la universidad funciona como una antesala de la vida pública. Por otro lado, algunas de las redes que se forman durante esa etapa perduran en forma de amistades, relaciones de pareja o relaciones laborales.
Además, la experiencia universitaria involucra a muchos más actores. Estudiantes, docentes, personal administrativo, trabajadores de limpieza, vigilancia y mantenimiento, quienes hacen posible el funcionamiento cotidiano de la universidad. En ese orden de ideas, La manera en que se construyen estas relaciones también transmite mensajes sobre el valor del trabajo, la dignidad de las personas y el tipo de comunidad que se busca construir.
Hoy estas dinámicas enfrentan nuevas tensiones. La expansión reciente de la educación superior en México, impulsada por políticas orientadas a ampliar la matrícula y por la creación de nuevas instituciones, ha permitido que más jóvenes accedan a estudios universitarios. Empero, ese crecimiento también ha puesto presión sobre los recursos disponibles y ha ampliado las diferencias entre instituciones.
Al mismo tiempo, y en especial tras la emergencia sanitaria iniciada en 2020, el crecimiento de modalidades híbridas y a distancia está transformando la experiencia universitaria. Estas modalidades pueden ampliar el acceso, pero también reducen algunos de los espacios de interacción cotidiana que históricamente han caracterizado la vida universitaria.
Frente a estos cambios vale la pena plantear una pregunta incómoda: ¿estamos pensando la universidad únicamente como un mecanismo de certificación profesional, o también como un espacio de formación ciudadana?
En un país marcado por profundas desigualdades sociales, la expansión de la matrícula universitaria no necesariamente corrige las brechas existentes: en muchos casos las reproduce bajo nuevas formas. Cuando las y los estudiantes se forman en instituciones con recursos, programas académicos y entornos educativos diferenciados, también adquieren conocimientos y experiencias formativas distintas. El resultado no es únicamente una diferencia en la calidad del desempeño profesional. Es también una diferencia en la manera en que las personas comprenden su papel en la vida pública y en lo que pueden aportar a sus comunidades. Así, la universidad no sólo produce profesionistas con trayectorias desiguales, sino ciudadanas y ciudadanos con oportunidades distintas para participar, deliberar e incidir en la sociedad. Y esa es, quizá, una de las desigualdades menos discutidas de nuestro sistema de educación superior. Esta es una tarea indispensable y pendiente.

