Por Tiburcio Moreno Olivos

El objetivo principal de la educación no es el bienestar, sino el aprendizaje. Pero las escuelas no buscan sólo el aprendizaje académico de los estudiantes, sino que también promueven su desarrollo moral y emocional. Si sólo damos importancia al aprendizaje y al éxito académico, caemos en la trampa de lo que el pedagogo neerlandés Gert Biesta (2023) denomina aprendificación. Esto significa que cualquier acción emprendida en la escuela debe justificarse en función de su impacto en el aprendizaje.

Ante las diversas necesidades de los estudiantes, existe una tendencia a confiar excesivamente en soluciones psicológicas individuales o exclusivamente educativas para resolver problemas sociales y económicos sistémicos.

En esta era de pospandemia, hablar del bienestar de los estudiantes resulta un tema clave, ya que la salud socioemocional se vuelve un imperativo que requiere atención por parte de las escuelas. Existen ejemplos inspiradores de iniciativas llevadas a cabo en diferentes países en las que se analiza la relación entre el bienestar y el éxito académico.

El bienestar y el aprendizaje socioemocional no sólo son asuntos psicológicos, las instituciones y sociedades pueden mejorar u obstaculizar el bienestar de todos. En este caso, entendemos el bienestar como un estado integral que abarca aspectos físicos, mentales, emocionales y sociales, más allá del rendimiento académico, que permite a los estudiantes desarrollar su potencial, gestionar emociones, construir relaciones positivas y sentirse seguros y valorados, siendo crucial para un aprendizaje efectivo y una vida plena. El bienestar, la felicidad y la realización no son sólo la cereza del pastel del aprendizaje y del éxito, sino que son esenciales para lograr cualquier objetivo académico. Resulta difícil para un estudiante tener éxito cuando está cansado, preocupado, hambriento, asustado o triste. Por el contrario, lograr el progreso y dominio de una materia puede aumentar la autosa­tisfacción y la confianza en sí mismo.

El éxito académico es un concepto integral que va más allá de las calificaciones, implica el logro de metas educativas, la adquisición de conocimientos y habilidades (, , toma de decisiones…), el desarrollo personal (, moral, ), y la , reflejando un crecimiento completo del estudiante como individuo y futuro ciudadano. Existen datos sobre la salud mental recopilados durante la pandemia de covid-19 que revelan que los adolescentes fueron el grupo más afectado en su bienestar. La separación y el aislamiento involuntarios fueron algo que les aquejó en una etapa en la que gran parte de su desarrollo requiere estar con amigos y adquirir un sentido de identidad y esperanza para el futuro. El bienestar es una parte esencial de la educación y de hacerse mayor. Un aprendizaje intelectualmente exigente y el bienestar de los estudiantes pueden y deben ir de la mano. El bienestar es tanto una responsabilidad social como un estilo de vida individual o una elección positiva para la salud. El bienestar involucra al individuo de forma holística, tanto en su dimensión individual como social, no se trata sólo de procurar el bienestar personal, sino de contribuir a la satisfacción de los demás miembros de la sociedad.

El bienestar también es una condición social que implica los conceptos de inclusión, pertenencia, paz y derechos humanos. Es difícil mantenerse sano si uno vive en una sociedad enferma. El informe Delors (elaborado por Jacques Delors para la UNESCO en la década de los noventa), que contiene los famosos cuatro pilares del aprendizaje (aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a vivir juntos), nos enseñó que el bienestar es algo más que sentirse sano, feliz, consciente o fuerte. Tampoco es sentir­se a salvo o protegido. No es un mero asunto psicológico.

Pero aprender a ser y aprender a vivir juntos no son sólo ideales abstractos. Se pueden lograr a través de programas y políticas reales que puedan ayudarnos a conectar nuestra propia salud a la del mundo. Aun así, las oportunidades para estar sano y bien no están repartidas de forma equitativa. El bienestar no significa lo mismo para todos, ni en todas las culturas.

Aunque debemos creer que podemos promover el bienestar de cualquier niño, sean cuales sean las circunstancias, no debemos renunciar a abordar la existencia y persistencia de la pobreza y otras causas de malestar fuera de la escuela. En Estados Unidos y en el Reino Unido, entre el 70% y el 80% de la explicación del rendimiento de los estudiantes se debe a las familias o a las sociedades, y no a las escuelas. No tiene sentido esperar que los educadores protejan y promuevan el bienestar de los niños por sí solos, cuando no se in­vierte lo suficiente en otros servicios públicos.

Los grandes problemas sociales y políticos no deberían reducirse a soluciones psicológicas individualistas (por ejemplo, concebir la pobreza como un asunto que tiene que ver sólo con el individuo a causa de su pereza o desinterés por mejorar sus condiciones materiales de vida). Las respuestas psicológicas a los problemas no deben reemplazar la lucha contra las graves injusticias sociales, políticas y educativas de nuestra época, como el racismo, la desigualdad extrema, las amenazas a la democracia o la devastación del planeta. Tales actos de injustica no deben hacer que educadores y estudiantes se sientan impotentes, por el contrario, pueden ser una oportunidad para que el pensamiento crítico, el empoderamiento político y la resiliencia sean utilizados para cambiar el mundo, no sólo para gestionarnos nosotros mismos. Es decir, pensar en cómo podemos contribuir al bienestar de la humanidad, no sólo a nuestra propia satisfacción.

Ahora que se alude con frecuencia a la “generación de cristal”, es importante considerar que los esfuerzos por promover el bienestar deben tratar a cada estudiante como único, pero no como alguien “especial”, con sus connotaciones de superioridad implícita. El enfoque del bienestar no debe orientarse únicamente a la búsqueda de la felicidad. Debe pre­servar su asociación con el esfuerzo, el sacrificio, la realización y el logro. Debemos ayudar a que los estudiantes descubran la dignidad que conlleva trabajar duro, contribuir a la sociedad y volverse más sabios y perspicaces. Finalmente, valorarán mucho más este enfoque que si sólo intentamos hacerles sentir felices y especiales en todo momento. De lo contrario, el bienestar se puede convertir en una forma de narcicismo autoindulgente que produce lo que en Singapur se ha llamado “generaciones fresa” de jóvenes a menudo mimados, que se lastiman fácilmente, que se muestran “necesitados, frágiles y letárgicos”.

El bienestar universal debe ser un imperativo ético. El éxito académico separado del bienestar debe convertirse en algo del pasado. El bienestar como el logro solitario de un individuo separado de la escuela y la sociedad no puede ser nuestra aspiración final.

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