El linchamiento contra la Presidenta de nuestra Corte Suprema es una de las peores infamias que hemos vivido en la política mexicana en varias décadas. Son dos cosas: que se origina en un odio vengativo e irracional y que procede de las alturas de un poder ejecutivo presidencial omnímodo que ya controla al poder legislativo y al que solo faltaba el judicial para gobernar con autoritarismo total y a un paso de la dictadura.

Por eso, la elección de Norma Piña desató toda la furia de Andrés Manuel López Obrador: primero, porque no salió su favorita Yasmín Esquivel —triplemente plagiaria— y en cambio resultó ungida a quien él considera su opositora y adversaria por no haber apoyado algunas de sus propuestas, que han sido cuestionadas por diversos sectores sociales y por la opinión pública.

A ver: ella se llama así “Norma”, por su padre, abogado, que la nombró como sinónimo de “Ley”. No es una arribista ni privilegiada; se recibió primero como maestra de primaria y luego obtuvo la Licenciatura en Derecho y estudios de posgrado en México y España. Con 25 años de trayectoria como jurista es, sin embargo, una mujer discreta y entregada a su trabajo; alejada de cámaras y micrófonos —yo jamás la he entrevistado— ni siquiera tiene cuenta de twitter, ni ha aparecido en Tik Tok como solía hacer su antecesor el ministro Zaldívar. Es, en resumen, una mujer progresista quien, desde la Corte, se ha pronunciado a favor de temas espinosos como los derechos de la comunidad LGBT, el aborto y el uso recreativo de la mariguana.

No es pues una mujer débil. En el marco del 106 Aniversario de la Constitución y frente al propio presidente López Obrador, defendió la autonomía de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y estableció que “la independencia del Poder Judicial es un pilar de la democracia y de la aplicación de la Constitución. No es un privilegio de los jueces, es la garantía de imparcialidad en beneficio de la sociedad mexicana; la Constitución es un manto protector de certeza, confianza y seguridad, pero sobre todo un factor de unidad entre los mexicanos”, puntualizó en esa ocasión. Y hace poco en un encuentro con magistrados, jueces y juezas fue más allá: “pese a los tiempos difíciles para los juzgadores, debemos actuar de manera independiente y con dignidad. Si actuamos con responsabilidad y prudencia, sin que se confunda con cobardía, todos saldremos adelante”.

En cambio, López Obrador ha sido particularmente rudo con la ministra: “La señora presidenta de la Corte, para hablar en plata, está por mí de presidenta”, dijo en un exabrupto absurdo e injusto. Luego vino un grave señalamiento de que con la llegada de Piña se ha desatado una ola de resoluciones a favor de presuntos delincuentes. El colmo han sido las amenazas de muerte contra la ministra en redes sociales. Pero lo vergonzante ocurrió este 18 de marzo en el mitin convocado por AMLO en el Zócalo, cuando las huestes obradoristas golpearon y quemaron una piñata con la efigie de Norma Piña. Algo aberrante, que apenas mereció una tibia “condena” por parte del presidente de este país, quien acaba de decir que no tiene la menor intención de reunirse con la presidenta de la Corte. No. No son anécdotas. En México, el equilibrio entre poderes está roto.


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