En El general en su laberinto, Gabriel García Márquez describe a un Simón Bolívar cansado, enfermo y, sin embargo, lúcido. Ya no gobierna ejércitos ni naciones, pero comprende, quizá mejor que nadie, que la historia no avanza en línea recta.
Bolívar recorre su laberinto personal mientras América Latina empieza a tomar rumbos que él ya no podrá conducir. Esa sensación de fin de ciclo, de tránsito forzoso hacia algo que aún no está del todo definido resulta profundamente actual.
El Bolívar del autor colombiano intuye que los órdenes políticos no mueren de un día para otro, sino que se erosionan de a poco cuando se vuelven incapaces de responder a nuevas realidades. El laberinto es físico, biográfico e histórico. Es la metáfora de un mundo que deja atrás una arquitectura conocida y se adentra en una reconfiguración inevitable.
Hoy, el orden mundial pasa por un momento similar. No se trata de un derrumbe súbito, sino de un reacomodo profundo de fuerzas, intereses y alianzas. Las potencias tradicionales perciben que ya no controlan del todo el rumbo, y las naciones emergentes avanzan entre pasillos estrechos, tanteando nuevas posibilidades.
Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, el mundo se ordenó bajo una lógica bipolar, marcada por la tensión permanente entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética. Con la caída del Muro de Berlín, aquella estructura también colapsó y dio paso a una etapa unipolar, en la que la Unión Americana consolidó una hegemonía económica, militar y financiera.
Sin embargo, esa etapa también fue transitoria: el ascenso sostenido de China, India y otras economías asiáticas, junto con el peso estructural de la Unión Europea y países industrializados, como Alemania y Japón, ha ido configurando un escenario claramente multipolar.
La pandemia de Covid-19 aceleró dicho proceso. Expuso vulnerabilidades, rompió cadenas de suministro y obligó a los Estados a replantear su dependencia económica y tecnológica. La composición del PIB mundial ya no refleja una supremacía indiscutible, sino una correlación de fuerzas más compleja y disputada.
En este contexto, los movimientos en América Latina, particularmente lo ocurrido en Venezuela en días pasados, deben leerse menos como episodios aislados y más como síntomas de esta reconfiguración global.
Venezuela sigue siendo un nodo estratégico por sus recursos energéticos y por su ubicación geopolítica, en un momento en el que la energía y las llamadas tierras raras se han convertido en activos centrales para la competencia tecnológica y productiva del siglo XXI.
La búsqueda de seguridad energética y de control sobre insumos estratégicos explica muchas de las tensiones actuales. No se trata únicamente de ideología, sino de intereses estructurales en un mundo donde la transición energética, la digitalización y la inteligencia artificial redefinen el poder. En este escenario, América no es un territorio secundario, sino una región clave.
En paralelo, Canadá decidió reducir aranceles a los autos eléctricos chinos, a cambio de un alivio significativo en los gravámenes que China imponía a productos agrícolas canadienses, como la canola. Este giro refleja la decisión de un aliado histórico de EU de diversificar sus relaciones comerciales y reducir su dependencia de un solo socio.
Este acercamiento, después de años de distanciamiento, revela que incluso las economías más integradas al mercado estadounidense están buscando márgenes de autonomía en un comercio global cada vez más fragmentado. No es una ruptura ideológica, se trata de una decisión pragmática frente a un entorno internacional que se torna más incierto y competitivo.
Ante este panorama, la postura de México adquiere especial relevancia. La presidenta Claudia Sheinbaum ha optado por una política exterior prudente, firme y anclada en principios históricos: la defensa de la soberanía, el respeto al derecho internacional y la apuesta por el multilateralismo. En tiempos de polarización global, esa moderación no es debilidad, sino una estrategia inteligente para proteger los intereses nacionales sin cerrar puertas.
México, por su ubicación geográfica y su peso económico, está llamado a jugar un papel de equilibrio. El T-MEC sigue siendo un pilar fundamental, pero el mundo multipolar exige diversificación, diálogo con múltiples actores y una lectura fina de las transformaciones en curso y de esta reconfiguración global.
En el nuevo orden que presenciamos, la Organización de las Naciones Unidas enfrenta el reto de actualizar su papel como árbitro y garante de la paz internacional. Si no logra adaptarse a la nueva correlación de fuerzas, el riesgo es que el derecho internacional sea desplazado por la lógica de la fuerza, con consecuencias imprevisibles para la humanidad.
Como el Bolívar de García Márquez, el mundo avanza hoy por un laberinto. No hay mapas claros ni salidas evidentes. Pero hay algo que sí sabemos: aferrarse a un orden que ya no existe es la forma más segura de perderse. La reconfiguración es un hecho. Nuestra tarea como generación consiste en transitarla con inteligencia, responsabilidad y sentido histórico.
Coordinador de los diputados de Morena
X: @RicardoMonrealA

