Lo que México le deja al 2020

Ricardo Monreal Ávila

Mientras los efectos de la pandemia aún se encuentran latentes y en evolución, la mayoría de los análisis coinciden en un punto fundamental: ningún país en el mundo estaba listo para hacerle frente a una crisis sanitaria y económica de esta magnitud.
Este consenso nos obliga a preguntarnos cuál fue el fallo generalizado de las instituciones a nivel mundial en las últimas décadas.

La respuesta a esta pregunta es muy amplia, pero si se tuviera que seleccionar una causa, tal y como gran número de las y los mandatarios de distintos países han señalado, ésta sería el debilitamiento de los sistemas de bienestar social, a causa del modelo económico neoliberal. Sin embargo, aunque esta aseveración se produjo durante los primeros meses de la pandemia, la gran mayoría de las naciones siguieron la ruta de rescate marcado por este mismo modelo. Es decir, en una lógica casi autodestructiva, quienes aceptaron las fallas que produjo el modelo económico han sido quienes en medio de la crisis lo siguen alimentando.

En este sentido, el caso de México deberá ser estudiado con detenimiento. No solamente el país entró a una etapa de transformación desde 2018, cuyos pilares incluyen la modificación del modelo económico, sino que ha sido una de las pocas naciones que no han recurrido a algún tipo de endeudamiento para enfrentar la crisis, e incluso ha beneficiado a su población más vulnerable; algo impensable bajo los cánones conservadores.

¿Tiene esto sentido? Por supuesto que sí. La pandemia ha exacerbado la pobreza en todo el mundo, pero no debemos olvidar que ya antes de su aparición en México, el 41.9 por ciento de la población vivía en condiciones de pobreza y el 7.4 por ciento en condiciones de pobreza extrema. Juntos suman 61.7 millones de personas que no contaban con la esperanza de un mejor futuro y mucho menos hubieran podido sobrevivir sin apoyo a una crisis de tales dimensiones.

Por eso, cuando resultó claro que la pandemia tocaría suelo mexicano, dos visiones se enfrentaron con mayor velocidad y energía. Por un lado, la de quienes encontraron en el surgimiento de una crisis mundial la oportunidad para detener los cambios al statu quo impulsados por el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, y por otro, la visión del mandatario de fortalecer el Estado de bienestar en México, la mejor vacuna para evitar que una pandemia vuelva a generar una crisis de esta magnitud.

¿Cuál visión era la correcta? En la inmediatez de los efectos de la pandemia, y si se considera lo que esta sucediendo alrededor del mundo, podemos decir que la seguida por México.

El ejemplo de Estados Unidos es muy significativo, porque refleja la fragilidad en la que se encontraba el Estado de bienestar en ese país, y muestra que inyectar recursos a través de grandes rescates, incluso cuando las intenciones son las correctas, no es suficiente para poder hacer frente a emergencias económicas y sanitarias como las que actualmente enfrenta el mundo. De hecho, si estas políticas hubieran sido eficientes y tenido un efecto directo en el bienestar de la población, el ahora expresidente Trump probablemente hubiera sido reelegido.

A este caso se suma el de Canadá, en donde para finales de septiembre se habían inyectado 253 mil millones de dólares. Sin embargo, algunos análisis estiman que estos apoyos generarán un agujero fiscal cercano a los 381 mil millones de dólares.

Del lado contrario, en medio de la pandemia, la transformación encabezada por el presidente López Obrador ha continuado, y no se acudió a ningún tipo de endeudamiento público para rescatar grandes negocios, pero además se transfirieron directamente los apoyos económicos a las personas más vulnerables. Estos esfuerzos, que podrían ser temporales, serán ahora permanentes gracias a los cambios legales enfocados a fortalecer el Estado de bienestar, que se han logrado desde el Congreso de la Unión y entre los que se puede destacar haber elevado a rango constitucional los programas sociales.

Esta visión es a su vez complementada con una gran responsabilidad en el gasto, siguiendo la política de austeridad que el Gobierno federal implementó desde el inicio de la administración. El año que entra, la adopción de estas políticas por parte de las entidades federativas será clave para que, ante un presupuesto restrictivo y necesidades crecientes, se pueda hacer frente a las secuelas de la crisis. El resultado es muy claro: a finales de año, la aceptación del presidente López Obrador es del 71 por ciento, y casi todas las encuestas sobre las próximas elecciones de 2021 vaticinan la continuidad del proyecto de la Cuarta Transformación.

Esto quiere decir que las sociedades son conscientes y están alerta sobre la manera en que sus autoridades actúan, prefiriendo aquellas que velan por su bienestar y no por el auge económico de unas cuantas empresas. El 2020, sin duda, pasará a la historia como un año de dificultades, pero también como aquel en que México le demostró al mundo que existe una forma más social, más justa y más equitativa de hacer política. 

 

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