Hay ideas filosóficas que, lejos de quedarse en los anaqueles, regresan para interpelarnos desde la realidad. Friedrich Nietzsche planteó en La gaya ciencia la noción del eterno retorno: la posibilidad de que todo lo vivido esté condenado a repetirse infinitamente. Profundizó al respecto luego, en Así habló Zaratustra, al proponer aceptar esa idea como afirmación plena de la vida.

Mirar el mundo desde esa perspectiva resulta pertinente en este momento, cuando los acontecimientos en Venezuela traen de vuelta escenas que incluyen tensiones entre soberanía y hegemonía, entre proyectos nacionales y presiones externas, entre discursos de libertad y prácticas de poder.

La historia venezolana está marcada por esos ciclos. Juan Vicente Gómez gobernó, directa o indirectamente, de 1908 a 1935. Llegó al poder mediante un golpe provisional que se volvió permanente, alternando presidencias formales que funcionaban como comparsa de una voluntad centralizada.

Fue un patrón que América Latina conoció bien y que México también vivió con Porfirio Díaz: orden, modernización económica y debilitamiento democrático. Con el petróleo, en Venezuela las concesiones masivas a empresas extranjeras reemplazaron impuestos, distorsionaron la relación entre Estado y ciudadanía y consolidaron un Estado rico frente a una sociedad políticamente frágil.

Ese pacto petrolero marcó un parteaguas. La economía se modernizó, pero la democracia se adelgazó. Además, impulsó la creación de un ejército nacional profesional como instrumento de centralización del poder. De esas filas, paradójicamente, emergería décadas después Hugo Chávez.

Juan Vicente Gómez, además de personaje histórico, fue un patrón que se ha repetido en distintas latitudes donde los recursos estratégicos moldean regímenes políticos y relaciones internacionales. Por eso, lo que hoy ocurre en Venezuela no puede leerse como un episodio aislado. La acción de Donald Trump para llevar a Nicolás Maduro a territorio estadounidense se inscribe en una lógica geopolítica más amplia, que Simón Bolívar advirtió al afirmar que la Unión Americana parecía destinada por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad.

Se trata de una advertencia histórica sobre la distancia entre los principios proclamados y las prácticas concretas del poder. Recordemos que Estados Unidos (EU) se fundó bajo ideales de libertad y autogobierno. “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales”, afirmaba su Declaración de Independencia. Sin embargo, la política exterior de esa nación ha convivido, desde su origen, con la tentación de proyectar su poder más allá de sus fronteras.

Richard Nixon lo expresó en 1981, después de un atentado en Washington: “Cuando veas bajar tu popularidad porque la economía no funciona bien, tienes dos salidas para aumentarla: invadir un país o anunciar una baja de impuestos”. Y añado una tercera: salir a la calle, exponerte a un atentado y vivir para contarlo.

Las motivaciones que se esgrimieron en los recientes eventos mezclan seguridad, narcotráfico, terrorismo y defensa de la ley, aunque también existen intereses estratégicos innegables. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo y una de las más importantes de gas. A ello se suman minerales críticos —oro, litio, cobalto, tierras raras— fundamentales para cadenas tecnológicas y militares.

Su posición geográfica la convierte, además, en una pieza clave del Caribe y de Sudamérica, más aún tras su alineamiento con Rusia, China e Irán en la última década. El pulso político cruza fronteras: Venezuela ya no es solo un asunto regional, sino un eje del debate global sobre soberanía, petróleo y poder. Este escenario remite, inevitablemente, al eterno retorno. América Latina vuelve a ser espacio de disputa en un orden mundial en transición. Pero también es una región que ha construido, con esfuerzo, una identidad como zona de paz, basada en el respeto mutuo, la solución pacífica de controversias, el diálogo y la negociación.

En ese contexto, la postura de México resulta fundamental. Nuestra política exterior, anclada en la doctrina Estrada y en la Constitución, defiende la no intervención, la autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de los conflictos.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha sido clara: colaboración y coordinación con EU, sí; subordinación, no. Hay comunicación y entendimiento en temas de seguridad, al igual que una defensa firme del multilateralismo y del papel de organismos como la ONU para aminorar tensiones y facilitar el diálogo.

México se ha ofrecido responsablemente como mediador y acompañante de una salida pacífica. Y en un mundo donde prevalecen situaciones complejas como las de Ucrania, Palestina y ahora Venezuela, urge reevaluar el papel de las instituciones internacionales y apostar por liderazgos, como el de nuestra mandataria, que privilegien la razón sobre la fuerza.

El eterno retorno recuerda que la historia puede repetirse si no es comprendida. Nietzsche advertía que la pregunta decisiva no es si todo vuelve, sino qué hacemos ante esa posibilidad. Y hoy, frente al reacomodo global, América Latina tiene la oportunidad de romper el ciclo, no negando la historia, sino aprendiendo de ella.

Coordinador de los diputados de Morena

ricardomonreala@yahoo.com.mx

X: @RicardoMonrealA

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