Día de Muertos

Ricardo Monreal Ávila

Mantener las tradiciones fomenta la identidad nacional, impulsa el turismo religioso y la integración comunitaria

 

En 2008, el Día de Muertos se declaró como Patrimonio Cultural Inmaterial de la humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). En esta celebración se combinan elementos prehispánicos, como los altares y las ofrendas, con cristianos, como los rezos y las misas. Este sincretismo da como resultado una tradición que entrelaza un culto ancestral hacia la muerte abstracta y el inframundo, y el recuerdo de familiares y amistades que ya han fallecido.

No obstante, una de las principales distinciones sobre la relación de la humanidad con la muerte entre los pueblos prehispánicos y los occidentales reside en la comprensión de que el mismo universo llegaría a su fin, por lo que la pérdida de la vida individual también se asumía como un sacrificio para dar continuidad al Quinto Sol. Esta idea encuentra su máxima expresión en las guerras floridas, durante épocas de carestía, en las que, previo acuerdo, el pueblo mexica y otras ciudades se enfrentaban en batalla, con la finalidad de capturar prisioneros destinados al sacrificio.

En la cosmogonía mexica existía la creencia de un inframundo dispuesto en nueve regiones —algo similar a los nueve círculos del infierno de la Divina comedia de Dante Alighieri—, donde reinaban Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, el señor y la señora de la muerte. Quien moría debía cruzar el río Apanohuacalhuia con ayuda de un perro xoloitzcuintle para llegar al inframundo, por lo que en ocasiones los enterramientos incluían uno de estos animales domésticos; ello tiene su símil en la cultura europea con el río Aqueronte, el cual era atravesado por la persona fallecida con ayuda del barquero Caronte, a quien le pagaba con las monedas colocadas en el sepulcro.

Otro elemento que enriquece estas fechas son las calaveras literarias, que datan del siglo XIX, cuando en el virreinato eran escritas como sátira, y cuyo antecedente podría ser la danza macabra, que se desarrollaba en Europa durante la Edad Media. En la Nueva España, la referencia más antigua de una publicación de este tipo es un texto que se encuentra en el periódico El Socialista, que circuló por Guadalajara en 1849.

Una más de las coincidencias entre el mundo prehispánico y Europa respecto de esta celebración son las flores como elemento ornamental, que en México están representadas por el cempasúchil, cuyo uso ceremonial quedó registrado mediante el análisis químico de los restos encontrados en el Templo Mayor de la Ciudad de México, y que en la poesía anahuaca simbolizaba tanto la fugacidad de la vida, por ser de temporada, como la trascendencia, por la sutileza de su aroma.

Queda de relieve que el Día de Muertos tiene un elemento ceremonioso y solemne, pero también mucha algarabía. Actualmente, no podríamos imaginar esta celebración sin los decorados de la tradicional catrina, originalmente creada mediante la técnica de grabado y titulada La Calavera Garbancera por su autor José Guadalupe Posada, como sátira política y crítica de la opulencia de las personas adineradas y de su falta de conciencia de clase respecto a las pertenecientes a los estratos más bajos, que aspiraban a los mismos lujos. Más tarde, el muralista Diego Rivera la rebautizaría como catrina, y la popularizaría al incluirla en su obra Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central.

En el imaginario mexicano existe la creencia de que durante estas fechas se establece un vínculo entre el mundo de las personas vivas y el de las muertas, por lo que es una oportunidad para elaborar los alimentos que en vida nuestros fieles difuntos disfrutaban, para ir a los cementerios y ataviar las lápidas con velas, pétalos, fotografías, prendas y otros ornamentos que guíen este camino de ida y vuelta.

Esta semana, en el Senado de la República inauguramos nuestra ofrenda con motivo del Día de Muertos, la cual se dedicó a Elvia Carrillo Puerto, líder feminista conocida como la Monja Roja del Mayab; a Belisario Domínguez, mártir de la democracia, y a quienes colaboraban en la Cámara Alta y fallecieron a causa de la COVID-19, como nuestras compañeras y compañeros senadores Angélica García, del estado de Hidalgo; Joel Molina, de Tlaxcala; Radamés Salazar, de Morelos, y Rafael Moreno, de Puebla. Sus ausencias, pese a la digna labor de sus respectivos suplentes, son insustituibles. A sus deudos les refrendamos nuestro más sentido pésame.

Mantener vivas nuestras tradiciones fomenta la identidad nacional, impulsa actividades como el turismo religioso y la integración comunitaria, y nos ofrece una alternativa para lidiar con la pérdida de nuestros seres queridos. Por eso, aprovechemos la ocasión para celebrar la vida, para honrar la memoria de quienes se adelantaron en el camino al otro mundo y para jugarle bromas blancas a la calaca tilica y flaca, como una manera de perderle el miedo a ese viaje definitivo que todas y todos emprenderemos tarde o temprano.
 

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