El tema de la sucesión presidencial hoy es fundamental, pues alrededor de eso está girando la agenda pública desde que el presidente “destapó sus corcholatas”.

Al momento no vemos un candidato fuerte en la oposición y más aún, con una coalición PAN, PRI y PRD emproblemada por el caso Alito.

Sin embargo, en Morena los demonios andan sueltos. Por un lado los candidatos que representan “la lealtad”, -o sea Claudia Sheinbaum y el secretario Adán Augusto López-, no se perciben muy competitivos frente a la experiencia política de Marcelo Ebrard y Ricardo Monreal, que pretenden imponerse como la mejor opción para refrendar la presidencia para MORENA, a pesar de los deseos del presidente, que tiene su voluntad puesta en Claudia y Adán.

La pura lealtad de Claudia y Adán no es garantía suficiente para desbancar en la contienda interna a Marcelo y Ricardo, pues a diferencia de estos dos precandidatos obradoristas, que tienen como único capital político la voluntad del presidente, los otros dos traen una infraestructura de apoyo forjada a lo largo de los años de trabajo político.

Mientras Claudia y Adán le deben su carrera política total y absolutamente al presidente, Marcelo y Ricardo han sido sus aliados y ambos, -brillando con luz propia-, han sido fundamentales para que el presidente López Obrador llegase a la presidencia.

El problema para el presidente es que estos dos últimos seguramente no le garantizan la continuidad de su proyecto personal, en ninguno de los dos casos.

Seguramente el presidente tiene muy claro el significado de la seducción del poder absoluto cuando alguien llega a la silla presidencial y ello le remite a la larga tradición de rupturas entre el presidente entrante y el anterior a lo largo de la historia política del siglo XX.

Echeverría y Díaz Ordaz, López Portillo y Echeverría y todos los que siguieron hasta Zedillo, quien rompió con su exjefe Carlos Salinas de Gortari y metió en la cárcel a su hermano Raúl. Desde que el presidente Lázaro Cárdenas exilió al caudillo Plutarco Elías Calles, quedó asentado que el expresidente que deja el cargo, -si no asume su retiro de facto-, corre riesgos.

Consideremos también que Marcelo y Ricardo podrían conciliar con la oposición si no surge de aquí a los tiempos electorales un candidato altamente competitivo, surgido de las filas de los otros partidos.

Parece ser una posibilidad que el presidente, -considerando la probabilidad de que sus dos corcholatas personales, -Claudia y Adán-, se queden en el camino y los candidatos terminasen siendo Marcelo o Ricardo, esté blindando sus proyectos personales para que no haya forma de revertirlos, -como él sí lo hizo con el aeropuerto de Texcoco-, iniciado por la administración del presidente Peña Nieto.

Bien sabe el presidente lo difícil que sería influir en las decisiones de ellos cuando estuviesen acomodados ya en la silla presidencial.

Por ello no sería descabellado suponer que por desconfianza esté blindando sus propios proyectos de forma irreversible, asignándolos a la Sedena y la Semar.

Por tanto, el factor militar, -no sólo construyendo obra pública-, sino administrando recursos estratégicos como son el aeropuerto Felipe Ángeles y el de la Ciudad de México, así como los puertos mercantes de todo el país, aduanas, la seguridad a través de la Guardia Nacional y lo que el presidente pueda ir transfiriendo mientras tenga poder e influencia legislativa.

La militarización no sólo la representa la seguridad pública, -ya totalmente en manos del ejército a través de la GN, no obstante que fue un proyecto creado como institución totalmente civil-, sino el manejo de áreas estratégicas, -por los recursos económicos que les respaldan-, así como por el control de la operación.

No debiese sorprendernos si Pemex y CFE, -así como el litio-, terminasen en manos de los militares, como una forma de heredar la visión personal del presidente López Obrador del modelo de generación de energía que pretende imponer.

Un poder como el militar, -controlando recursos y áreas estratégicas-, debilitaría al próximo presidente, -sea quien fuere-, pues se le dificultaría relevarlos de esta encomienda.

Es difícil controlar a los poderes fácticos. Recordemos simplemente el respeto que varios presidentes como López Mateos, Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo y De La Madrid expresaban al líder del sindicato de Pemex, -Joaquín Hernández Galicia-, apodado La Quina, quien con soberbia los llegó a retar, amenazando con quitarles el control financiero de esta paraestatal si pretendiesen restarle influencia y poder dentro de Pemex.

Recordemos que antes de la transformación de México en potencia industrial y económica el gobierno dependía del petróleo, llegando a considerarse la “caja chica” del gobierno federal. No fue sino hasta que, -debido a un conflicto personal entre ellos-, Salinas de Gortari decidió meterlo en la cárcel e imponer a Carlos Romero Deschamps como su relevo.

Por tanto… ¿Quién se atrevería a relevar de sus funciones civiles al poder militar, quitándole de esas actividades?

La presencia militar significaría, -en los hechos-, un poder compartido con el presidente, -que constitucionalmente es su superior y comandante supremo-, pero que funcionalmente les deja actuar con independencia, siguiendo la tradición política de este país.

Incluso, las finanzas de las dos secretarías que conforman las fuerzas armadas desde siempre han sido manejadas con entera libertad, lo cual en el contexto de hoy significa opacidad, -o sea-, no son transparentes ante la sociedad.

Por eso quizá el secretario de la Sedena, -general Cresencio Sandoval-, con su actitud refleja la magnitud de la responsabilidad de esa encomienda y por ello, en la ceremonia de conmemoración del sacrificio de los “Niños Héroes” envió un mensaje a quienes critican la participación del ejército en actividades del ámbito civil. Con ello dejó claro que no dejarán que se les retiren estas asignaciones que han estado recibiendo del presidente López Obrador.

La realidad es que son más preocupantes todas las otras comisiones asignadas a la Secretaría de la Defensa Nacional y a la Secretaría de Marina, que la sola transferencia de la Guardia Nacional, con todo y su millonario presupuesto. Esto representará una camisa de fuerza que frenará la autonomía del próximo presidente.

Parece ser que el presidente López Obrador se está preparando para asegurar a través de las fuerzas armadas su presencia en las grandes decisiones del país, blindando el proyecto de la Cuarta Transformación durante los próximos años, aún sin estar gobernando.

Ahí es donde está realmente la trascendencia de la militarización, incidiendo en la economía y en las actividades estratégicas de México, generando un poder paralelo que influirá en el alcance de las decisiones del próximo presidente de la república.

¿A usted qué le parece?

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