El momento que atraviesa nuestro país es complicado y preocupa por el rumbo que hemos tomado. Ante las difíciles circunstancias que vivimos, México necesita algo muy simple: un destino claro. Porque cuando no tienes destino, cualquier rumbo “sirve” y te dejas llevar por el viento, por las promesas fáciles y los pretextos. Pero cuando sí tienes un destino, entonces evalúas la ruta, ajustas las velas y navegas con intención y con liderazgo.
Quiero proponer un destino nacional que, francamente, debería ser obvio para cualquiera que ame este país: paz y prosperidad. Un México con seguridad donde puedas salir a la calle sin miedo, donde puedas trabajar sin que te cobren “derecho de piso”, en el que puedas emprender sin que te extorsionen.
Un país donde puedas forjar un patrimonio sin sentir que en cualquier momento te lo van a arrebatar. Y, al mismo tiempo, un México donde la gente tenga oportunidades reales de crecer, donde el progreso sea resultado del esfuerzo y donde el talento y el trabajo se premien.
Paz y prosperidad. ¿Quién puede estar en contra de eso? Sin embargo, la pregunta importante es otra: ¿qué tenemos que hacer para llegar ahí?
Basta de la cultura del pretexto y el victimismo
Durante mucho tiempo, nos hemos creído una narrativa cómoda, pero perniciosa: la del mexicano como víctima permanente. Víctima de la historia, víctima del sistema, víctima de los gobiernos anteriores, víctima de todo… menos de sus decisiones. Esa visión sólo ha servido para justificar la mediocridad y la corrupción.
Cuando te asumes como víctima, lo siguiente es normalizar lo inaceptable, porque “me la deben”, porque “ya me toca”, porque “me lo merezco” o porque “si me lo llevo no pasa nada”.
La corrupción como sistema
La corrupción no es solo “un político que roba”. Es un ecosistema: el funcionario que pide mordida, el contratista que se “arregla” para tener el contrato, el ciudadano que “se brinca la fila”, el que se justifica diciendo “no importa, todos lo hacen”. Al final, eso se convierte en impunidad, lo cual es muy peligroso porque donde hay impunidad, hay crimen. Y donde hay crimen, no hay paz y mucho menos prosperidad. Así de simple.
Por eso, si de verdad queremos un destino distinto como país, no basta con quejarnos. Hay que cambiar la cultura que permite la trampa y normaliza la mentira.
La batalla cultural
Mucha gente cree que en la democracia todo se resuelve con una elección, que cambiando los nombres de los aspirantes en las boletas mágicamente cambia el país. Ojalá fuera tan fácil.
Lo que urgentemente necesita el país es más profundo y requiere que todos nos involucremos: una transformación cultural, cambiar nuestra forma de pensar. Y esa batalla se debe dar en la casa, en la escuela, en la oficina, en la calle, en redes sociales y en la conversación diaria.
En esta batalla cultural debemos decidir qué valores son los que verdaderamente importan: si admiramos al que construye o al que destruye; si celebramos el esfuerzo o si premiamos el robo y la corrupción; si exigimos resultados o si aplaudimos los pretextos.
Ser, hacer y tener
Aquí es donde entra un modelo que parece sencillo, pero que explica casi todo: ser, hacer y tener.
La gente suele empezar al revés: “quiero tener” dinero, seguridad, oportunidades, estabilidad. Y sí, todos queremos tener cosas buenas. Pero el orden importa.
Primero hay que ser de cierta manera: con valores, con disciplina, con respeto, con responsabilidad.
Luego hay que hacer: estudiar, trabajar, emprender, crear, innovar, esforzarse.
Y entonces llega el tener: un patrimonio, bienestar, prosperidad.
No es filosofía barata, es la lógica de la realidad. Lo que un país “tiene” es consecuencia de lo que su gente “hace”, y lo que su gente “hace” depende de lo que su gente “es”.
Si queremos tener paz y prosperidad, tenemos que cambiar lo que somos en lo cotidiano. Para impulsar este cambio, debemos regresar a lo elemental, a lo que cualquier civilización entiende como base mínima de convivencia: no matar, no robar, no mentir.
- No matar: respetar la vida y entender el valor de cada persona. No glorificar la violencia, no normalizarla.
- No robar: dejar de justificar el abuso, el “no pasa nada” y respetar la propiedad resultado del trabajo, del ahorro y del esfuerzo.
- No mentir: porque una sociedad que acepta la mentira como herramienta cotidiana destruye su confianza interna. Y sin confianza no hay contratos, no hay inversión, no hay cooperación y no hay futuro.
Un México seguro y próspero no debe ser un sueño, sino un proyecto. No se necesita que todos piensen igual, se necesita respeto por los valores básicos. Y para ello hay que dar la batalla cultural.
El destino es claro. Si lo tomamos en serio, el cambio puede ser posible.
Presidente y Fundador de Grupo Salinas
Sitio: https://www.ricardosalinas.com/
Twitter: @RicardoBSalinas

