Por décadas, el sistema electoral mexicano ha sido el resultado de reformas sucesivas orientadas a resolver problemas de legitimidad, competencia y confianza pública. Cada ajuste institucional ha respondido a tensiones políticas concretas: primero, la necesidad de abrir el sistema a la pluralidad política; después, la urgencia de garantizar elecciones auténticas y confiables; y, más recientemente, la discusión sobre costos, funcionamiento institucional y calidad de la representación democrática.

En este contexto, el pasado 4 de marzo fue presentada una iniciativa de reforma constitucional en materia electoral por la titular del Ejecutivo Federal, publicada en la Gaceta Parlamentaria de la Cámara de Diputados. De acuerdo con su exposición de motivos, la propuesta busca fortalecer la confianza ciudadana, mejorar la funcionalidad del sistema democrático y optimizar el uso de recursos públicos. Sin embargo, como suele ocurrir con reformas constitucionales complejas, sus efectos potenciales no son unívocos. La iniciativa contiene disposiciones que podrían corregir algunas distorsiones del sistema electoral mexicano, pero también introduce cambios que plantean interrogantes relevantes sobre sus consecuencias institucionales.

Entre los aspectos que merecen atención destaca la revisión del mecanismo de integración de la representación proporcional en la Cámara de Diputados. El modelo vigente ha sido criticado por permitir a las dirigencias partidistas un control considerable sobre las listas plurinominales, lo que en ocasiones ha favorecido procesos de designación interna poco transparentes. La propuesta de ordenar parte de estas diputaciones conforme al desempeño electoral de los partidos en los distritos podría incentivar una competencia más efectiva en el territorio y reducir el margen de discrecionalidad de las élites partidistas, reforzando la relación entre voto ciudadano y representación legislativa.

En la misma lógica, la iniciativa propone elevar a rango constitucional acciones afirmativas en favor de pueblos indígenas, comunidades afromexicanas y otros grupos históricamente subrepresentados. Durante los últimos años, estas medidas han sido impulsadas mediante criterios administrativos y jurisdiccionales; su constitucionalización podría dotarlas de mayor estabilidad normativa y legitimidad institucional, contribuyendo a un modelo de representación política más incluyente.

Otro elemento novedoso es la incorporación de reglas relacionadas con el uso de inteligencia artificial en propaganda electoral. En un contexto en el que las tecnologías digitales permiten la creación de contenidos manipulados o falsos con gran facilidad, exigir la identificación de materiales generados mediante inteligencia artificial representa un intento razonable de preservar condiciones mínimas de transparencia informativa para el electorado.

No obstante, junto a estos posibles avances, la iniciativa también contiene elementos que ameritan una reflexión más cautelosa. Uno de ellos es la reducción del gasto electoral en un veinticinco por ciento. El debate sobre el costo del sistema electoral es legítimo; sin embargo, conviene recordar que el modelo institucional vigente fue construido para garantizar altos niveles de certeza, profesionalización y autonomía electoral. Reducir recursos sin un rediseño integral de funciones podría debilitar capacidades técnicas clave, especialmente en ámbitos como la fiscalización de campañas o la organización de los procesos electorales.

Algo similar ocurre con la disminución de los tiempos oficiales en radio y televisión, un esquema que históricamente buscó garantizar condiciones equitativas de acceso a los medios de comunicación. Modificar este modelo exige evaluar cuidadosamente si el nuevo diseño mantendrá la equidad en la competencia política o si podría favorecer a quienes dispongan de mayores recursos para posicionarse en otros espacios, particularmente en plataformas digitales donde la regulación aún enfrenta importantes desafíos.

Otro punto relevante es la propuesta de eliminar la reelección inmediata de legisladores y autoridades municipales a partir de 2030. La reforma de 2014 introdujo esta figura con el objetivo de fortalecer la rendición de cuentas y profesionalizar el trabajo legislativo. Su eliminación podría implicar un retorno a un modelo de rotación política constante, históricamente asociado a un mayor control de las dirigencias partidistas sobre las carreras políticas.

En paralelo, la iniciativa plantea reducir el Senado de la República de 128 a 96 integrantes, eliminando las senadurías de representación proporcional. Aunque la medida puede resultar políticamente atractiva bajo la narrativa del “adelgazamiento” institucional, su impacto real en el tamaño del Congreso es limitado: la Cámara de Diputados permanecería con 500 integrantes, por lo que más que una reducción estructural del Poder Legislativo, se trata de una modificación en el modo de integración de una de sus cámaras.

Finalmente, conviene señalar que varios de los planteamientos técnicos formulados por el Instituto Nacional Electoral a la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral no parecen haber sido incorporados plenamente en la iniciativa. Entre ellos se encontraban propuestas para fortalecer los mecanismos de fiscalización, regular con mayor precisión el gasto político en plataformas digitales, revisar el régimen de sobrerrepresentación legislativa y consolidar una política permanente de educación cívica. Integrar estas recomendaciones podría enriquecer el debate legislativo desde una perspectiva técnica y operativa.

Las reformas electorales no sólo modifican normas jurídicas; reconfiguran equilibrios políticos que se han construido a lo largo del tiempo. Por ello, cualquier modificación constitucional en esta materia debe evaluarse no sólo por sus objetivos declarados, sino también por sus efectos en la arquitectura institucional del sistema democrático.

La iniciativa presentada contiene luces evidentes, pero también sombras que merecen un análisis cuidadoso. El desafío no radica únicamente en reformar las reglas, sino en hacerlo sin comprometer las condiciones de confianza, pluralidad y estabilidad que han permitido que las elecciones sigan siendo el principal mecanismo de resolución pacífica de las disputas políticas en México

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