El cine como espejo de la transformación

Regina Solórzano

Decir que nos encontramos en constante cambio es una reiteración obvia pero necesaria. Somos seres que no sólo se encuentran en una disputa interna que persiste con el paso del tiempo, sino que constantemente deben de ajustarse a un entorno inestable, movedizo, y en ocasiones, hostil.

Crecer, mutar, tanto interna como externamente, además de inevitable, también se ha convertido en un acto de resistencia. Esta resistencia, representada en el cambio tanto de la psique y del cuerpo como del entorno, ha sido una constante en el arte.
Para retratar el crecimiento, el cine reimagina el cambio físico de una persona y de su entorno utilizando símbolos y alegorías como elementos narrativos. En los últimos años, el subgénero coming of age ha cobrado una popularidad importante en las tendencias de una audiencia general y en el público más especializado.

En los Premios de la Academia del año 2018, dos películas juveniles sobre la agonía de crecer y el autodescubrimiento de sus personajes principales, fueron nominadas a la categoría de Mejor Película.

La cinta de Greta Gerwig, Lady Bird, que narraba la agridulce relación de una adolescente con su madre mientras trataba de encontrar su lugar en el mundo, y el largometraje de Luca Guadangino, Call Me By Your Name, en donde un verano en Italia es el escenario idóneo para el descubrimiento emocional y sexual de un joven, se convirtieron en hitos que plasman la evolución psicológica, física y moral de los seres humanos ante la adversidad de crecer en un mundo tan abrumador como el que compartimos. La más reciente producción de Pixar, Turning Red, de Domee Shi, metaforiza sobre la agobiante experiencia de presenciar el cambio de tu propio cuerpo y no poder ajustarse a él.

Paralelamente en 2021, la ganadora de la Palma de Oro del 2021, Titane, de Julia Ducournau, presentó una tesis similar en forma de drama de horror corporal: la sensación de habitar un cuerpo que no se siente propio, que duele, que no se ajusta a los cánones socialmente preestablecidos y la modificación de dicho cuerpo en búsqueda de un sentido de pertenencia.

En todas estas películas, el dolor que provoca el cambio está retratado de forma magistral, al igual que la luz que emana en todos nosotros después de que este suceda.

No sólo los seres humanos que retrata el cine cambian, el mismo cine ha experimentado periódicos cambios en su forma y en su contenido. La vorágine en la que las tendencias y las nuevas propuestas se mueven han obligado al cine a sobrevivir gracias a su propia adaptabilidad.

Para el cine, el crecimiento también implica una resiliencia magistral a la transformación, una adaptación de formato, de maneras de narrar, del tipo de historias que contar. Es en el cambio, en la mutación, donde el cine resiste. ¿Acaso, no también nosotros?

Aunque pueda causarnos terror, abrazar este proceso de metamorfosis ha hecho que el cine tenga su propia revolución. Quizás lo que las historias sobre crecimiento reflejan es un cine que funge como espejo de sus mismos espectadores y del entorno que intentan navegar un día a la vez, tratando de buscarle un significado a aquello que sólo se puede explicar viviéndolo.

Paradójicamente, abrazar el cambio es tan natural como negarse a él. Aunque duela, el cambio es necesario, más ahora que esa resistencia a cambiar parece orillarnos a repetir viejos errores y reabrir viejas heridas. Lo vemos cada día cuando leemos las noticias.

En un mundo en donde todo evoluciona, desde la forma de relacionarnos y comunicarnos, hasta la manera en que reaccionamos a los eventos que nos rodean, al conflicto, a la guerra, a los nuevos códigos de expresión y diálogo, la versatilidad y la acción de mutar se han convertido irremediablemente en aliados clave para entender el mundo que nos rodea y poder actuar en consecuencia. En eso, el cine tiene mucho que enseñarnos.

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