¿Llegó para AMLO la hora de negociar?

Raúl Rodríguez Cortés

Por la nueva conformación del Congreso, es preciso negociar, operar políticamente

La salida de doña Olga Sánchez Cordero de la Secretaría de Gobernación y su regreso al Senado hizo una carambola de muchas bandas. Hay que decir primero, antes de referirlas, que los Presidentes —al menos desde Salinas de Gortari— usualmente hacen cambios de sus encargados de la política interior. CSG tuvo tres secretarios de Gobernación, Ernesto Zedillo cuatro, Vicente Fox dos y Felipe Calderón cinco, sin perder de vista que dos tuvieron trágicas muertes. Solo Peña Nieto conservó al mismo titular de Gobernación durante todo su sexenio. Pero esa fue la excepción de una regla no escrita con la que se planta cara al natural desgaste de ese importante cargo y se da cauce a los necesarios ajustes en la conducción política del país.  

Lo importante, en este caso, es que la remoción de la ministra de la Corte en retiro puede leerse como el reconocimiento de AMLO de que es momento de la negociación política, de que exactamente a la mitad de su gobierno no puede ni debe mantenerse en el conflicto político permanente como estrategia para llevar a buen puerto su pretendido proyecto transformador. 

La confrontación con diversos actores de la vida nacional, un día sí y otro también, ha llevado al país a niveles de polarización ya insostenibles y riesgosos. Es preciso negociar, operar políticamente, más obligado ahora por la nueva conformación del Congreso que al recomponer sus fuerzas ya se deja ver como un dique a las reformas legislativas que la 4T se ha planteado para el segundo tramo del sexenio. 

¿Echaron a doña Olga o ella decidió irse? Aunque parezca contradictorio puede verse desde ambos ángulos. Su gestión no fue protagónica ni determinante en la operación política. La hicieron a un lado el propio Presidente y su poderoso consejero jurídico, Julio Scherer, con quien siempre disputó la interlocución con las fuerzas políticas representadas en el Congreso y con el Poder Judicial, afín éste último a su conocimiento y buena relación por haber sido ministra de la Corte. Perdió, entonces, esa batalla y dejó de serle funcional al Presidente. 

Por otro lado, sin embargo, no era desconocido su desacuerdo con algunos puntos centrales de la reforma del Poder Judicial, sobre todo con el artículo transitorio que plantea alargar la gestión del ministro Arturo Zaldívar como presidente de la Corte. Algunos de sus cercanos y aliados políticos afirman que ella planteó al Presidente su deseo de dejar el cargo. ¿Una desencantada más? 

En cualquier caso, el objetivo del cambio es poner en Gobernación a un operador político fuerte —un poco la mano dura de los secretarios de antaño, pero conciliadora, confiable y leal, hasta donde las ambiciones sucesorias lo permitan— función que venían desempeñando el propio Scherer y Marcelo Ebrard

Pero el personaje escogido para llegar al Palacio de Covián fue el gobernador de Tabasco, Adán Augusto López, a quien López Obrador ya había sugerido que incorporaría al gabinete. Hace poco más de un mes se refirió a él como “un cuadro, un profesional, un buen gobernante, una buena persona, un hombre íntegro, una gente honesta”. Tal es la percepción presidencial, aunque el bajo perfil del mandatario tabasqueño no ha dejado ver con claridad sus capacidades de operador político. 

Lo que parece indudable es que Adán Augusto López ha mostrado una lealtad a toda prueba (condición que López Obrador reclama como dogma a sus colaboradores), fundada en una sólida amistad que es prolongación de la que sostuvo con su padre, el ya extinto notario público Payambé López Falconi, uno de los pocos tabasqueños que desde 1980 mostró su apoyo al hoy Presidente. 

El vínculo, incluso, involucra a la hija de Payambé y hermana de Adán Augusto, Rosalinda, a la sazón esposa del gobernador de Chiapas, Rutilio Escandón y nombrada por AMLO Administradora General de Auditoría Fiscal del SAT
 
El hielo que había congelado la relación de AMLO con Ricardo Monreal tras los resultados en la Ciudad de México de las elecciones del pasado 6 de junio, parece que ayer empezó a derretirse. El líder parlamentario del Senado y presidente de la Junta de Coordinación Política recibió una llamada telefónica tempranera en la que AMLO le notificó que Sánchez Cordero se reincorporaba a su escaño senatorial, pero no como una más, sino como una propuesta para encabezar la mesa directiva del primer año de la LXV Legislatura. 

Monreal acusó recibo de la instrucción y empezó a operar. Por su oficina desfilaron los coordinadores parlamentarios de la oposición y horas más tarde le dio la bienvenida a la ya en ese momento exsecretaria de Gobernación. 
 
Pasado el mediodía, habló con las senadoras de Morena que habían hecho pública su aspiración de presidir al Senado: Ana Lilia Rivera, Freyda Marybel Villegas, Imelda Castro y Berta Caraveo. Las cuatro —aseguran fuentes de la cámara alta— mostraron su institucionalidad y unidad en torno al proyecto de la 4T. Avalaron que doña Olga sea inscrita por la fracción mayoritaria de Morena como aspirante a presidir la mesa directiva, donde estimaron haría un gran papel por su experiencia y conocimiento de las leyes en su reconocida trayectoria como ministra de la Corte.

Pero eso lo definirán hoy los senadores morenistas y si transita una negociación aparentemente ya amarrada, pasado mañana domingo se votará en la plenaria de la nueva Legislatura. 

La coyuntura le vino a Monreal como “anillo al dedo”, por citar al clásico, ya que no solo reactivó su comunicación con el Presidente, sino que aprovechó la coyuntura para ratificar el respaldo de la mayoría de los senadores de su partido para seguir siendo su líder y continuar al frente de la Junta de Coordinación Política.

Y aquí es donde se vislumbra otra lectura que cruza por el adelantadísimo proceso de sucesión presidencial al que por razones políticamente naturales (la cartera de Segob), pero también de lealtad y amistad, se ha incorporado Adán Augusto López.  

AMLO ha mostrado con toda claridad su respaldo a la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum y hasta ayer, muchos analistas políticos veían al exrector de la UNAM y hoy embajador de México en la ONU, Juan Ramón de la Fuente, como el plan B del Presidente. Esa ecuación, al igual que las que tienen que ver con Marcelo Ebrard y Esteban Moctezuma, se alteraron con el nombramiento en Gobernación de Adán Augusto López. ¿Será él el verdadero plan B de López Obrador? 

Sus cercanos aseguran que Adán Augusto sí ha hecho cálculos de carácter sucesorio y, como siempre en política, llega con adversarios y partidarios. En un primer vistazo dentro del gabinete tiene en su paisano Octavio Romero, director de Pemex y muy amigo también de AMLO, a un histórico adversario. Por el contrario, de acuerdo con su círculo interno, mantiene una relación fluida con las Fuerzas Armadas, dada su gran relación con el general en retiro Audomaro Martínez Zapata, director del Centro Nacional de Inteligencia. 

Por eso le digo que este cambio en el gabinete es una carambola de muchas bandas. Y en Palacio Nacional aseguran que vienen otros.  

 

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