El contagio de AMLO: los rumores, las noticias falsas y lo que se necesita

Raúl Rodríguez Cortés

¿Por qué no nos descargan de rumores publicando la prueba que confirma la enfermedad y nos dejan ver con algún video que está aislado, pero bien?

Dolor y rabia, por la pérdida de familiares y seres queridos; miedo a contagiarte o a morir si lo estás; temor de no encontrar un espacio hospitalario donde ser atendido; y creciente desconfianza en la gestión gubernamental de la pandemia, conforme aumenta su propagación y letales consecuencias.

Profundo cansancio de una vida restringida, pánico de perder trabajo, patrimonio o medios para subsistir, desaliento por los daños infligidos a la economía del país; y un irreprimible enojo al ver a miles que, por ignorancia o idiotez, desafían un peligro evidente y comprometen su salud y la de los demás, en festejos y actividades de toda índole que solo atizan el contagio.

Desesperación, en una palabra, estado de ánimo que no es el mejor consejero para abrirle la puerta al razonado optimismo que traen consigo las vacunas y para colocar, en su justa dimensión, el contagio de AMLO y las innegables implicaciones políticas de ese hecho.

La gestión gubernamental de la pandemia no ha sido la mejor, pero tampoco la peor. Ha tenido contradicciones y muchos errores de comunicación política. Señales contraproducentes como la de AMLO al desestimar la utilidad de los cubre bocas o la reticencia de Salud a aplicar más pruebas diagnósticas. Las mediciones de casos y muertes dejaron dudas que se confirman ahora que el INEGI concluyó en su investigación sobre exceso de mortalidad, que de enero a agosto del año pasado hubo 44% más fallecimientos que los registrados por la Secretaría de Salud. Pero, también hay que decirlo, la capacidad hospitalaria a nivel nacional no ha sido rebasada.

Sobre las vacunas y la capacidad del gobierno para llevar a buen término el plan de su aplicación masiva, se ha inoculado mucha desconfianza. No hay evidencia, como algunos afirman, que las que han llegado sean donaciones. Los más incrédulos exigen que se hagan públicos los contratos y se niegan a aceptar que, si no se ha hecho, es por las cláusulas de confidencialidad exigidas por las propias farmacéuticas por razones de propiedad intelectual.

Metió mucho ruido que Pfizer-BioNTech pospusiera hasta el 15 de febrero las entregas que ya habían iniciado. Las autoridades que gestionaron su compra y la de AstraZeneca, o la de las pendientes de aprobación sanitaria CanSino (china-canadiense) y Sputnik V (rusa) o las que llegarán mediante el mecanismo Covax de la OMS (cuyo abastecimiento hoy se detallará), afirman que el país tiene asegurada la compra para este año de 198.3 millones de dosis. Ya se confirmará con su paulatina llegada y aplicación. ¿Por qué de entrada no creerlo?

Es preciso, a no dudarlo, que Rusia publique en los medios científicos tradicionales, los resultados de las pruebas clínicas masivas de su vacuna antes de que la Cofepris otorgue el permiso de uso de emergencia, no obstante que las autoridades de Salud aseguran que la agencia sanitaria ya recibió todos los estudios de eficacia y seguridad. Pero de ahí a asegurar que es “patito” por ser más barata (¿?), parece un exceso. La propia embajada rusa en México informó que su antígeno ya se administró a un millón y medio de personas en el mundo, que cincuenta países han asegurado mil 200 millones de dosis y que ha sido reconocida por la OMS como una de las diez principales.

El contagio de AMLO también ha sido inoculado por otros dos virus que nos enferman como sociedad: el de la incredulidad y el del odio. Sobre este último baste ver expresiones en redes sociales como las de un par de médicos que recomiendan tratamientos que le provoquen al presidente una trombosis y “librarnos, así, de algunos años de mañaneras”. Sobre el de la incredulidad, la sintomatología empezó desde el momento mismo en que se puso en duda su contagio, y ha continuado, también en redes, con estrambóticas versiones de que no tiene COVID19 sino un “derrame cerebral”. Sería inmoral y grave error político que fuera deliberadamente ocultado.

Toca a los periodistas ser escépticos y preguntar. Fuentes de Palacio Nacional desmintieron tal versión a esta columna, al igual que lo hizo Hugo López Gatell quien además declaró que el presidente es prácticamente asintomático. El vocero Jesús Ramírez aseguró por su parte que el Presidente “recupera poco a poco salud y vigor”.  

Si ya es de por sí pesado lidiar con la pandemia con el descrito ánimo de desesperación, por qué no nos descargan de rumores y noticias falsas, publicando la prueba que confirma la enfermedad del presidente y nos dejan ver con algún video o fotografías que está aislado y cuidado, pero bien y atendiendo los asuntos del país.

¿Cuándo los mexicanos confiaremos en nosotros mismos?    

 

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