Radicales libres, la novela de Rosa Beltrán

Raudel Ávila

En un lugar destacadísimo entre las mejores novelas de la literatura de habla hispana publicadas este año se cuenta Radicales libres. Su autora, la doctora Rosa Beltrán, miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, ha construido a lo largo de los años una fiel base de lectores que seguimos con interés, pero sobre todo con un gran placer, todas sus publicaciones. Desde su exitosísima novela La corte de los ilusos, sátira hilarante de la ridícula corte del emperador Agustín de Iturbide, Beltrán explora con los instrumentos literarios más elegantes propios del sentido del humor las múltiples facetas del poder, la historia, el sexo y la condición humana.

Radicales libres, la más reciente de sus novelas es un testimonio del inmenso talento narrativo de la escritora en tanto que se trata simultáneamente de su obra más divertida pero también la más dramática. Si uno tuviera que presentar una imagen del libro, yo pensaría en las dos máscaras del teatro, una que ríe y otra que llora. En tanto que gran escritora, Beltrán consigue arrancar sonrisas y al final quizá algunas lágrimas de sus lectores. Radicales libres ofrece una sucesión de retratos de época desde el México de 1968 hasta el de la pandemia. Sin ser una novela histórica y superando ampliamente esa etiqueta, el libro reconstruye atmósferas, costumbres, personajes, juegos, canciones, coqueteos, maneras de hablar y hasta de bailar. La protagonista es una mujer que sufre a temprana edad el abandono de su madre, quien se fuga con su amante, pero luego toma esa experiencia como ejemplo para edificar una vida libre de complejos.

Beltrán escribe y recrea la historia contemporánea de México y del mundo (la caída del muro de Berlín ocupa un lugar central en la novela) mediante un desfile de personajes a ratos simpáticos y a ratos trágicos con una serie de diálogos chistosos pero profundos. Mediante los ojos y la voz de la protagonista, uno ve y oye los cambios de la sociedad mexicana en las últimas décadas lo mismo en los aspectos políticos que en los de la vida familiar e íntima. La novela avanza al ritmo de la vida de la protagonista hasta el momento decisivo de su maternidad, cuando se vuelve claramente una carta de amor y preocupación por el destino de su hija.

México y particularmente la Ciudad de México se transforman de una comunidad cerrada en lo político, económico y social a una sociedad abierta al mundo y más libre en muchos sentidos (no en todos), igual que las costumbres de la protagonista. No obstante, el aspecto más perturbador del libro no son los cambios sino las permanencias. México no logra desplazar la brutalidad de su violencia machista, en todo caso empeora. El país se convierte en un gigantesco cementerio saturado de fosas comunes, donde la población vive aterrorizada por una inseguridad pública galopante que ningún gobierno es capaz de componer. El fracaso del estado mexicano para cumplir su principal responsabilidad orilla a las nuevas generaciones procedentes de todos los estratos sociales a largarse del país. México deja de ser una provincia asfixiantemente conservadora pero pacífica para volverse un territorio inhabitable por las condiciones de miedo que produce una ola de violencia incontenible. Con todo, la mayor virtud del libro es que no editorializa ni hace política con este drama, sino que simplemente lo refleja a cabalidad en las tragedias padecidas por algunos personajes secundarios al final de la novela. Si usted busca una gran novela para leer estas vacaciones, no se pierda Radicales Libres de Rosa Beltrán.

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