Otra vez el mito latinoamericanista 

Raudel Ávila

En alguno de los siete tomos de su monumental Historia del pensamiento socialista, obra en la que analiza todas las regiones del planeta, el pensador británico G. D. H. Cole apunta la insignificancia de las contribuciones latinoamericanas al pensamiento de la izquierda mundial. Ni un solo pensador original, ninguna teoría innovadora, puras repeticiones, refritos, adaptaciones y/o tropicalizaciones baratas del marxismo europeo, leído en malas traducciones, pues la izquierda latinoamericana siempre ha hecho gala de su desinterés por aprender otros idiomas. El pensamiento socialista en América Latina, insinúa Cole, simplemente fue otro pretexto para la victimización estéril de quienes culpan al pasado colonial de todas nuestras desgracias, a fin de no hacerse responsables de su fracaso en la conducción del presente. Pese a que su obra se publicó en la primera mitad del siglo XX, las opiniones del profesor Cole mantienen una vigencia poderosísima.  

Esta falta de originalidad y el acentuado provincianismo de los izquierdistas latinoamericanos se refleja, una y otra vez, en el mito latinoamericanista. Pese a tener un origen asombrosamente conservador, la autoproclamada izquierda insiste en rescatar un anhelo hispanista de integración latinoamericana. En el siglo XIX, el fundamento inicial de aquella propuesta de unidad de los pueblos latinoamericanos era nada menos que el temor a la supuesta perversión procedente del materialismo estadounidense. Se temía que la influencia del mundo de habla inglesa “contaminara” el idioma y las costumbres religiosas, pues el único lazo entre los latinoamericanos era y sigue siendo la lengua castellana y el catolicismo (éste último cada vez en menor medida). En otras palabras, el discurso latinoamericanista encubre xenofobia y racismo. Derivado de su incapacidad para incidir realmente en los grandes temas de la política mundial, el político latinoamericano se refugia en el deseo jamás cumplido de integración regional. Y jamás cumplido por razones muy concretas, pues hablamos de economías que producen lo mismo. El exportador colombiano no puede vender café a los chiapanecos o a los veracruzanos, ni México venderá petróleo a Venezuela. Se dice que el modelo sería la Unión Europea, pero nadie explica cómo establecer una sola moneda para que los chilenos se sujeten a los vaivenes de, por ejemplo, la farsa de política monetaria instrumentada por Cuba.  

El discurso presidencial del fin de semana vuelve a postular una unión latinoamericana destinada al fracaso, excepto en el único terreno al que, paradójicamente, no se le pone suficiente atención: las artes. El ámbito de cooperación, intercambio e integración latinoamericano que sí ha producido frutos es el artístico. Hubo grandes movimientos latinoamericanos, desde el modernismo de Rubén Darío hasta la literatura de la generación del boom. Es llegada la hora de desmitificar América Latina. La región no es modelo de nada, lleva dos siglos fracasando en su propósito de modernización económica y social. No ha logrado superar la pobreza ni reducir la desigualdad y está llena de estados fallidos y narcoestados. Transita continuamente del dictador populista al sanguinario militar represor. América Latina es una zona pletórica de abogados constitucionalistas, pero donde no existe un solo estado de derecho. Con notables excepciones encabezadas por la UNAM, las universidades latinoamericanas no suelen distinguirse a escala internacional. En términos de investigación científica, producción de conocimiento, patentes e innovación tecnológica, América Latina está a la zaga. No vamos a salir del subdesarrollo apelando a fórmulas autóctonas. Los especialistas coinciden, el siglo XXI pertenece a las naciones asiáticas. ¿Cómo lo consiguieron? No hay secreto: mercados abiertos y competitivos, educación de alto nivel, administración pública en manos de profesionales técnicos. Es decir, todo lo que falta en América Latina.  

Analista

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