Dice la evaluación de riesgos para 2026 de Eurasia Group que el primer riesgo global es la revolución estadounidense en curso. Después de lo sucedido en Venezuela el fin de semana, parece que el pronóstico de la consultora es certero. El cambio profundísimo que está experimentando su sistema político local, y la consecuente erosión de contrapesos al poder central, está disminuyendo la estatura norteamericana frente al resto de las democracias occidentales. Cada vez son más las voces que consideran a Estados Unidos despegado del orden internacional liberal que contribuyó a crear. Uno no sabe si los países europeos apenas se dieron cuenta, o solo en fechas recientes se atrevieron a decirlo en público. La mayor parte de las opiniones nada más insisten en señalar los lugares comunes que llevan años repitiéndose en distintos foros: es indispensable que Europa construya una política de defensa común y que construya, dicen los franceses, “autonomía estratégica”. Sabemos que nada de esto sucederá, pues no sucedió ni con la primera ni con la segunda invasión rusa de Ucrania en lo que va del siglo. En cambio, otras voces más inteligentes, como la de David Miliband, exministro de exteriores británico, empiezan a concebir rutas alternas para moverse en el nuevo desorden internacional. Con motivo de la Conferencia Isaiah Berlin 2025, que pronunció en noviembre pasado, Miliband invita al Reino Unido a concebir su política exterior no en contraposición con Estados Unidos, pero sí al margen de sus cambios de humor. Ya da por hecho que el orden liberal está muerto y no regresará, de modo que lo más conveniente es plantearse una nueva ruta en calidad de potencia media para navegar un horizonte de incertidumbre en el siglo XXI. Lógicamente, propone acercarse con países y gobiernos de mentalidad y objetivos similares a los del Reino Unido, pero, sobre todo, hacerlo dependiendo el tema. En otras palabras, diseñar una política de alianzas segmentadas: en algunas cuestiones alineada con Estados Unidos, en otras con países europeos y en algunas más, con China. Alianzas de cooperación, no de subordinación. La frase en México suena hueca por el vacío intelectual con el cual la pronuncian nuestros gobiernos cada cinco minutos, pero en Reino Unido, el margen de maniobra es mayor. Cierto que México no puede calcar la estrategia británica propuesta por Miliband, la diferencia de proporciones y recursos disponibles es inmensa. No obstante, cabe usarlo como referente para empezar a pensar fuera de la caja. Un punto de partida sería asumir plenamente la inviabilidad de organismos multilaterales caducos y estimar una ruta para construir otros ad hoc. México podría y debería hacerlo de la mano de Estados Unidos, pero siempre con la conciencia de un renovado realismo que mantenga los ojos abiertos a las pulsiones unilaterales de Estados Unidos. La retórica de que aquí no pasa nada, nos llevamos bien y todo marcha sobre ruedas en la relación bilateral ya no funciona ni como retórica. México necesita reconocer el nuevo escenario, analizarlo y plantearse su nuevo papel internacional. De otra manera, nos quedaremos esperando indefensos la próxima incursión estadounidense en nuestro territorio. Debiéramos anticiparnos. Es preciso recordar que 2 años antes del operativo de extracción de Maduro en Venezuela, Estados Unidos hizo lo propio con el Mayo Zambada en México, acusado, igual que Maduro, de narcotráfico. Quien no vea el patrón de conducta norteamericana compartido por ambos incidentes, sufrirá las consecuencias de un punto ciego muy significativo en el nuevo orden mundial.

