Leo con interés y mucho morbo Reconciliación, las memorias del rey Juan Carlos de España. Hasta donde tengo noticia, son las primeras memorias publicadas por un monarca español. Como sucede siempre en la tradición latina de libros políticos autobiográficos, esta obra busca autoabsolver al autor de todos sus delitos, tomar venganza contra sus enemigos y reivindicar sus logros. El texto está bien escrito sin ser una maravilla, pero es muy revelador de la psique del jefe de Estado español. De acuerdo con su propio testimonio, el rey no incurrió en ninguna conducta condenable, sino que todo ha sido fruto de un malentendido propiciado por conspiradores. Lo que pasa es que, dice él, Su Majestad tiene una mentalidad de otra época, donde ciertas cosas no se veían mal. Nuestro tiempo es demasiado exigente en términos morales, insinúa el pobre rey. Es cierto que recibió 1000 millones de dólares en su cuenta personal como regalo de un monarca árabe, pero es un simple detalle de afecto que nadie debió malinterpretar. Adicionalmente, rechazar el regalo hubiera sido un insulto al emir, y él, Juan Carlos, es un hombre educado. ¡Además, la justicia española desechó todas las acusaciones en su contra! Todos los ataques obedecen a las malas intenciones de la izquierda y la derecha. No debe interpretarse como corrupción, a decir del rey. Todo estuvo hecho con las mejores intenciones, simplemente se trataba de obtener el contrato para construir un tren español... Juan Carlos es tan insistente y patético en sus quejas que uno se siente tentado a creerle. Lloriquea públicamente con una falta de dignidad impropia de un jefe de Estado y nos informa que se siente injustamente solo en su destierro. ¡Lo separaron de su familia a él, que siempre los convocó a cenar juntos los domingos! Él siempre quiso lo mejor para España ¿cómo pudieron pagarle así al campeón mundial de vela? La insidia de los políticos no tiene límites, dice Juan Carlos, pues se metieron con su vida personal. Si él quería irse de cacería al África con su amante, usando fondos públicos españoles ¿cuál es el problema? No sabe uno si alabar su cinismo o despreciar su candor.

En el fondo, hombre evidentemente astuto, aunque intente pasar por ingenuo, su justificación es cínica. Yo soy el padre de la democracia constitucional española, por tanto, merecía todos los premios. Y ahí es donde el libro cobra pertinencia para México. Es muy provechoso para entender la mentalidad de los actores de la transición democrática mexicana, solo que aquí nadie se ha atrevido a expresarlo con esa desfachatez. Tanto ellos como el rey están tan orgullosos de sus logros en la transición que están ciegos a todos sus defectos. La soberbia es el pecado compartido por intelectuales y políticos en México que vieron una transición democrática perfecta donde sobraba corrupción, caciquismo, violencia del crimen organizado, crecimiento económico mediocre, falta de oportunidades, movilidad social estancada, ingobernabilidad. Nada de eso les importa, nos dicen una y otra vez, como el rey Juan Carlos a los lectores, lo que pasa es que las nuevas generaciones no saben apreciar su magna obra. Obra sin solidez ni cimientos, que se desmoronó sola y no resistió los embates de un caudillo de aldea, pero que nuestros ingenuos intelectuales y políticos vieron como una pieza magistral de arquitectura política. El libro del rey sirve para entender por qué los intelectuales mexicanos no vieron mal su propia complicidad con el poder político, y también por qué a los políticos no les resulta escandalosa la fortuna que acumularon indebidamente. Lo dice entre líneas y a veces explícitamente Juan Carlos ¿acaso no lo merecíamos como premio por nuestra entrega a la Patria? Estábamos incorporando el país a la modernidad, consecuentemente, se valía obtener recompensas, aunque no estuvieran previstas en la ley. No obstante, la soberbia encuentra su castigo en sí misma, o como suele decirse, en el pecado llevan la penitencia. Los arquitectos de la transición española y de la muy mediocre transición mexicana, viven y vivirán lo suficiente para ver su obra no solo cuestionada, sino definitivamente colapsada. La incapacidad de ser autocríticos entre quienes se dicen liberales resulta penosa, pero la vida misma los castigó. Si hubieran tenido un poco más de humildad y de modestia en la evaluación de sus propias acciones, quizá sus países no estarían en la ruta de polarización y retroceso democrático en la que se encuentran sumidos. Una lección para la nueva generación de la élite mexicana, lástima que nadie escarmiente en cabeza ajena.

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