En estos días, la prensa mexicana se llena de artículos elogiosos, homenajes y entrevistas encomiásticas de la figura de Julio Scherer García. Todos esos textos y aplausos, sin duda muy merecidos por semejante personaje. No obstante, hay algo extraño en la unanimidad celebratoria. Los medios de comunicación más abyectos y serviles con el gobierno, los más entregados al elogio del poder, están celebrando a Scherer. Algo no cuadra. Me recuerda mucho aquellos encendidos discursos de los altos funcionarios priistas, dirigentes de partido, secretarios de estado, gobernadores y presidentes, el Día del Periodista, o aquellos donde celebraban apasionadamente la libertad de prensa. En un gesto mexicanísimo de hipocresía y cinismo, mientras más se sacralizaba al periodista, mientras más se exaltaba el recuerdo de Francisco Zarco, más cerca estaba uno de un político con aspiraciones de censor.

En otras palabras, el priismo exaltaba hasta el cielo la libertad de prensa precisamente porque no la permitía. Desde siempre, la prensa mexicana estuvo controlada, en principio desde la Secretaría de Gobernación, y a veces desde otras instancias. El control iniciaba desde el presupuesto, pues los periódicos no podían sobrevivir sin la compra de papel al gobierno. Después, cuando pudieron comprar libremente papel en el mercado, se dieron cuenta de que no había suficientes lectores ni anunciantes privados para sostener su publicación. Necesitaban sí o sí, el subsidio indirecto de los anuncios pagados por el gobierno, la inserción de comunicados, esquelas y todo tipo de publicidad oficialista. En otras palabras, más o menos igual que en el porfiriato, y hay que decirlo, más o menos igual que ahora. Para entender la invención de aquel esquema corruptor de la prensa por don Porfirio, no hay como la novela El cuarto poder de Emilio Rabasa.

En México no existen suficientes lectores para sostener publicaciones de calidad, de ahí que se requieran subsidios y mecenazgos públicos y privados. Y no existen suficientes lectores por lo mismo que no hay suficientes ciudadanos: llevamos dos siglos sin invertir seriamente en un sistema de educación pública de excelencia, capaz de formar ciudadanos y lectores. De ese tema, nadie habla. Por eso, la mayor parte de las publicaciones periódicas mexicanas venden su simpatía o su crítica al gobierno según convenga. La adulación es una mercancía muy rentable, pero a veces también lo es la crítica selectiva.

Se me ocurre que, a lo mejor, si de verdad quisiéramos honrar a Julio Scherer en la actualidad, el mecanismo sería pensar como sociedad nuevos esquemas de financiamiento para una prensa libre. Si Scherer destaca tanto, es precisamente por romper el molde y las prácticas comúnmente asociadas al periodismo mexicano. Por estar dispuesto a arriesgarse en términos financieros en aras de hablarle con la verdad al poder. Por apostarle a la profesionalización y formación de sus periodistas. Por creer en la creación de un mercado de lectores críticos. Es decir, todo eso que casi no hacemos en la prensa mexicana contemporánea.

Muy bonitos los homenajes y muy emotivos los elogios a Scherer. Seguramente él hubiera apreciado más el florecimiento de un periodismo libre, vital y ferozmente crítico del poder. El México del siglo XXI no necesita un nuevo Francisco Zarco ni un Julio Scherer. Sus figuras, por emblemáticas que fueran, resultaron excepciones en un medio cuyas distorsiones son evidentes. Lo que necesitamos, si quisiéramos rendirles un homenaje sincero, sería idear un ecosistema de medios libres, económicamente rentables y bastante críticos para construir una ciudadanía informada, exigente con la calidad de la información publicada. México ha tenido a lo largo de su historia grandes periodistas, entre quienes destaca Scherer, pero todavía hoy, dos siglos después, lo que no tenemos es un ecosistema periodístico de talla mundial. Esa es la tarea para los admiradores honestos de Julio Scherer.

Analista. @avila_raudel

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