Historia mínima del echeverrismo

Raudel Ávila

El sexenio del presidente Luis Echeverría estuvo marcado por la polarización propia de un entorno internacional de guerra fría. “El presidente Echeverría llegó con la espada desenvainada contra los empresarios” me decía Fausto Zapata, su vocero. “A la postre, esa actitud no benefició a México, pero tampoco al presidente ni a su gobierno” agregaba Zapata. El conflicto condujo a un choque con el grupo Monterrey, que desembocó en el secuestro y asesinato de don Eugenio Garza Sada.

En el plano internacional, el presidente Echeverría quiso jugar a posicionarse, en la terminología de la época, como “líder del tercer mundo”, una especie de coordinador de los gobiernos de países pobres “contra el imperialismo.” Para sustentar esa imagen, se codeaba tanto como le era posible con Fidel Castro y Salvador Allende. Lo cierto es que Echeverría no conocía nada de relaciones internacionales y se metió en un severo problema diplomático con el gobierno de Israel, ocasionando un muy perjudicial boicot contra México, documentado por Ariela Katz Guggenheim.

En realidad, Echeverría siempre se plegó a los designios del presidente Nixon. Los archivos liberados del Departamento de Estado y la transcripción de las conversaciones entre Nixon y Echeverría revelan que el presidente de México agachaba la cabeza frente al presidente más derechista de la historia estadounidense hasta ese momento. Echeverría ayudó a Nixon a perseguir a los latinoamericanos que le resultaban incómodos. Con una mano, el gobierno mexicano daba asilo a los chilenos acosados por la dictadura de Pinochet, pero con la otra reprimió a la izquierda mexicana que no se alineaba con el oficialismo, ya fueran sindicatos independientes o estudiantes (véase la matanza del jueves de Corpus). El gobierno de Echeverría contó con la colaboración estrecha de una serie de propagandistas dueños de alto reconocimiento público. A cambio de apariciones subsidiadas en la televisión y viajes al extranjero en el famoso “avión de redilas”, muchísimos intelectuales le besaron los pies al presidente. El servilismo de la intelectualidad mexicana quedó brutalmente retratado en el libro “El viaje” de Luis Spota. Carlos Fuentes y Fernando Benítez soltaron aquella frase de “Echeverría o el fascismo”, insinuando que toda forma de oposición era ilegítima y procedente de la extrema derecha. A Fuentes lo premiaron con la embajada en Paris, pero se pasó el resto de su vida justificando aquel error suyo.

El PAN, único partido de oposición real, se enfrascó en una disputa interna de lo más mezquina, exhibiendo la estatura miniaturizada de sus dirigentes, sus nulos alcances intelectuales y sus muy reducidas habilidades políticas. El PAN ni siquiera logró acordar un candidato presidencial, dejando el camino enteramente libre para el oficialismo. El resto de los partidos se decían de izquierda y representantes verdaderos de la revolución mexicana, es decir, en la práctica eran paleros. Echeverría, desesperado por su fracaso y nulos resultados, asestó un golpe mortal al periódico Excélsior, la única institución que se daba el lujo de ejercer cierta crítica y contrapeso al poder presidencial. Para sorpresa de nuestros ingenuos intelectuales, todo el discurso aperturista y democratizador de Echeverría fue una farsa, la sucesión resultó producto del dedazo más autoritario. Echeverría soñaba con su reelección, pero desde el mismo partido oficial se lo impidió Jesús Reyes Heroles. Al momento de la sucesión, todo el país pensaba que el destapado sería Mario Moya Palencia, secretario de gobernación. No obstante, Echeverría designó sucesor a su amigo José López Portillo. En el último tramo de su vida, Moya Palencia me decía con tristeza “yo no hubiera dejado al país tan endeudado y en bancarrota como terminó después de los sexenios de Echeverría y López Portillo…”

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