Éxito educativo en la pandemia

Raudel Ávila

Las noticias del sistema educativo mexicano son, como siempre, profundamente negativas, agudizadas por los devastadores efectos de la pandemia. Deserciones masivas, aprendizaje nulo, reducción de presupuestos, pésimos resultados académicos, docentes insuficientemente capacitados en el uso de nuevas tecnologías, fallas de los programas televisivos educativos. Las distintas autoridades de cada nivel acudirán al final de su gestión, como siempre también, al recurso de culpar a otros. Según las consignas ideológicas en turno, las autoridades se dirán víctimas de la burocracia, el entorno internacional, la pandemia, la incomprensión del público (en serio), los sindicatos, el neoliberalismo, la televisión, los padres de familia y en una de ésas, son capaces de responsabilizar a los niños. El coro de escandalizados hará oír su voz y luego pasaremos a un escándalo nuevo por otro de los tantos fracasos históricos del Estado mexicano: seguridad, salud, ambientalismo. Como cada sexenio, mucha transformación y más allá de la costosísima propaganda, ningún resultado institucional perdurable. Lo más dramático del sistema político mexicano no es, sin embargo, su incompetencia para reaccionar apropiadamente ante la pandemia, sino su incapacidad de aprendizaje. Lo peor no es fracasar, sino negar el fracaso y mostrarse indispuestos a extraer lecciones de éste. ¿Cuáles son las herencias institucionales duraderas para reaccionar mejor ante futuros confinamientos? En términos educativos, la primera herencia debería ser una más robusta infraestructura tecnológica para el aprendizaje a distancia. En México, desde el fiasco de Enciclomedia con Vicente Fox, todas las políticas tecnológico-educativas, sexenio tras sexenio, han fallado y ni siquiera tenemos un diagnóstico serio al respecto.

Ya oigo a los puristas. “Ninguna computadora puede sustituir a un buen profesor”, “los estudios internacionales demuestran, con evidencia concluyente, que el uso masivo de tecnología no necesariamente mejora el aprendizaje.” Cierto, pero también es verdad que, si enfrentaremos futuros confinamientos, resultará indispensable tener listas las herramientas digitales para servir con mayor decoro la educación pública, sin descuidar el espacio trascendental que ocupa el maestro. La semana pasada, la revista Der Spiegel dedicó un reportaje interesantísimo al sistema educativo uruguayo. No es uno de los países más ricos del planeta, ni siquiera uno de los que tienen mejores resultados educativos a escala mundial. Es uno de los que más rápido regresó a clases, con programas piloto de cuidado sanitario en las áreas rurales menos pobladas. Lo consiguieron en cuatro meses, sin ocasionar rebrotes de coronavirus. Más importante, es uno de los que menos interrumpió sus procesos de aprendizaje y mejor continuó con la enseñanza a distancia gracias al acompañamiento digital de su sistema educativo. Uruguay ya tenía la infraestructura tecnológica educativa antes de la pandemia, es un esfuerzo que se remonta muchos años atrás. Cosa de prioridades, en plena pandemia, el gobierno de Uruguay empezó por ofrecer 50 gigabytes de internet gratuito al mes para todas las familias con hijos en edad escolar. No se gastaron el presupuesto público en obras faraónicas, sino en garantizar que todos los niños, sobre todo en los hogares más pobres, tuvieran acceso a internet para comunicarse con sus maestros. Va el pretexto mexicano “es un país chiquito, así resulta muy fácil”. Excepto que no es verdad, ¿cuántos países centroamericanos, caribeños y africanos son pequeños, pero aún así fracasan en sus políticas públicas? No es cuestión de tamaño, sino de profesionalismo y voluntad política. Los expertos advierten que en los años venideros, debido a las futuras pandemias, los niños volverán a encerrarse. Eso es inevitable. Lo que sí podemos evitar es que se desperdicie su tiempo y no aprendan nada en los confinamientos. El ejemplo ahí está, para quien quiera verlo.

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