Estados Unidos puede ganar

Raudel Ávila

En los últimos meses, la prensa y las principales revistas políticas occidentales, señaladamente las estadounidenses, han publicado una infinidad de artículos escritos por múltiples expertos lamentando una presunta decadencia de Estados Unidos y una inexorable victoria china en la disputa por la hegemonía planetaria. El diagnóstico se agravó por las nocivas consecuencias del trumpismo y el ataque al Capitolio sobre la reputación estadounidense. Hay una cascada de estadísticas que se repiten para ilustrar el declive norteamericano y el ascenso chino. De acuerdo con los más pesimistas, la tendencia es irreversible y Estados Unidos solamente puede aspirar a un papel de acomodo frente a la nueva realidad. Otros, excesivamente optimistas, consideran que Washington puede y debe influir sobre un cambio de liderazgo en Pekín para revertir todas las tendencias contrarias a su interés, con el fin de mantener a China restringida en sus alcances.

Entre nosotros, quienes han dado un seguimiento más inteligente al tema han sido Luis Rubio y Javier Treviño. A ambos les preocupa y con razón, que México no aproveche las ventajas de esta rivalidad para situarse en una posición más favorable como socio comercial estadounidense. Ninguno se ha pronunciado (no tendrían por qué hacerlo) sobre el pronóstico final de estos desencuentros chino-estadounidenses. La historia no está escrita y mucho dependerá de lo que los dos países puedan lograr en el ámbito interior y exterior. Las alianzas internacionales de ambos bandos desempeñarán, como siempre, un papel decisivo en la configuración de las nuevas realidades geopolíticas, pero igualmente importante resultará la capacidad de ambos países para apuntalar con una legitimidad renovada sus sistemas políticos.

Este último factor me lleva a sostener que se equivocan quienes afirman que Estados Unidos será derrotado. Si bien es muy fácil detectar en la actualidad la fragilidad y división del sistema político estadounidense, también es dable observar indicios de recuperación. Joseph S. Nye, Jr. publicó un artículo excepcional a ese respecto. Reconoce el imparable crecimiento económico chino y el incremento de su peso como socio comercial e inversionista en más países que Estados Unidos, pero Nye sostiene que la superioridad militar, energética, tecnológica y hasta demográfica (en términos de juventud) de Estados Unidos se prolongará. Hay otra cosa de la que Nye no habla mucho, no obstante que él inventó el concepto: el poder blando. La influencia estadounidense en la cultura popular y los más avanzados centros de investigación sigue sin conocer rival.

En las memorias del filósofo francés Raymond Aron, lo más sorprendente son las conclusiones. Digo sorprendente porque todas estaban equivocadas. El mejor analista político del siglo, como lo calificó The Economist, cierra su libro, publicado en 1983, con un tono apocalíptico. Aron estaba convencido y deprimido por la supuesta inminencia de la victoria de la URSS en la guerra fría. Desesperaba de la presunta inutilidad de la alianza atlántica por las limitadísimas capacidades militares europeas, la llegada al poder en Francia de quien él consideraba un peligroso simpatizante del marxismo (Mitterrand) y el marasmo económico británico. Aron pensaba que Estados Unidos atravesaba una decadencia irreversible por una sucesión de fracasos: la guerra en Vietnam, el escándalo de Watergate, la salida de Nixon y finalmente la incapacidad americana para rescatar a los rehenes en Irán. Menos de una década después de la muerte de Raymond Aron, Estados Unidos había ganado la guerra fría y la URSS no existía. El libro de Aron debería suponer una invitación a la cautela, sobre todo para quienes, en México, creen que Estados Unidos ya está vencido y pueden oponerse a sus objetivos estratégicos sin enfrentar consecuencias.

 

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