Enrique González Pedrero

Raudel Ávila

El doctor Enrique González Pedrero fue uno de los últimos intelectuales públicos mexicanos en lograr un tránsito verdaderamente exitoso de la academia a la política militante y de regreso. Ya sea en los monumentales tomos de su biografía de Santa Anna, como director de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en la UNAM, como embajador de México en España o como reformador de Tabasco durante su gubernatura, González Pedrero dejó huella duradera en todas partes. “Yo inicié las transmisiones deportivas del tenis en la televisión mexicana cuando dirigí el Canal 13 (en ese tiempo televisora pública), pero también transmití por primera vez en México la adaptación televisiva de Guerra y Paz” presumía sonriente en una de las numerosas entrevistas que tuvimos hace más de una década. González Pedrero estaba rodeado de un cierto aire de leyenda en su impresionante casona de San Ángel, con aquel hermoso jardín tropical donde su brillante esposa, la escritora Julieta Campos logró trasplantar varios árboles tabasqueños.

González Pedrero destilaba cultura por los cuatro costados. Lo busqué inicialmente para entrevistarlo sobre su paso como secretario general del PRI durante la dirigencia de Jesús Reyes Heroles, pero él empezó nuestra conversación aludiendo a la historia del arte. “Estoy viendo la serie El poder del arte, que Simon Schama grabó para la BBC. Véala, el conductor es muy pedante, pero sabe de lo que habla” añadió. Acto seguido reconocía la inmensa calidad de los discursos de Jesús Reyes Heroles. “No se les ha valorado suficiente, son aún mejores que sus libros sobre El liberalismo mexicano y él estaba justificadamente orgulloso de ellos.” Durante los meses del movimiento de 1968, Reyes Heroles era director de Pemex y representaba el ala gubernamental dispuesta al diálogo con los estudiantes. “Yo como profesor le informaba periódicamente de la agitación en las aulas, esperando que se impusiera en el gobierno su disposición dialogante, pero ganaron los duros y se produjo la represión” recordaba con pesar González Pedrero. Fue ahí donde se ganó la confianza de Reyes Heroles para acompañarlo posteriormente al frente del PRI.

Formado en Paris bajo la égida del gran politólogo Maurice Duverger, González Pedrero tradujo al español su obra clásica Los partidos políticos. También escribió una notable introducción a La democracia en América de Alexis de Tocqueville. Recorrer su imponente biblioteca y las fotografías en los muros, representaba un viaje por la historia de México y del mundo. “Aquí estoy con el presidente Cárdenas”, “en ésta, acompaño al presidente Charles de Gaulle durante su visita a nuestro país”, “ésta otra es una cena en Italia con Pablo Neruda” explicaba. Elegancia impecable, caballerosidad extrema, cultísimo, ataviado con suéteres finísimos, de andar acompasado, me parece que lo escucho revivir otro tiempo al hilo de su conversación. “Introduje el ajedrez en la escuela de cuadros del PRI. Es un método para que los políticos aprendan estrategia” decía.

Se fue Enrique González Pedrero y con él una época que entendía la vida pública como prolongación del esfuerzo educativo. Director del Fondo de Cultura Económica que publicó a los más importantes pensadores de su tiempo. Hombre de izquierda ilustrada, quien demostró con su ejemplo que la televisión pública puede formar la sensibilidad y la conciencia, en lugar de difundir propaganda gubernamental. Gobernador progresista, constructor y no destructor de instituciones, que nunca necesitó atizar el odio y la polarización para beneficiar genuinamente a las mayorías desposeídas. Intelectual público en tanto autor de libros trascendentales, no como tuitero acomplejado y resentido. Político de peso completo, a diferencia de los oportunistas intelectualmente insignificantes que pueblan nuestros partidos en la actualidad. Murió el lunes, merece un homenaje.

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