Elecciones locales en España y Reino Unido

Raudel Ávila

La semana pasada tuvieron lugar procesos electorales en Madrid y en varias localidades del Reino Unido. En Madrid arrasó la candidata del Partido Popular, Isabel Díaz Ayuso, quien logró reelegirse como presidenta de la comunidad de Madrid. Sorprende el fundamento de su triunfo. Madrid, una ciudad más o menos progresista, gobernada en el pasado por socialistas de la talla de Enrique Tierno Galván, se inclinó masivamente a su favor debido a que ella se pronunció por abrir los centros nocturnos. La juventud se volcó a apoyarla para reanudar sus juergas en las noches. Con un discurso de libertades empresariales, rayando en lo que los especialistas llaman libertario, Ayuso rompió numerosos esquemas acartonados de la derecha tradicional de habla hispana. Por ejemplo, no es xenófoba. En su discurso de victoria, Ayuso celebró a los migrantes ecuatorianos y venezolanos en Madrid, insinuando los peligros de la deriva populista autoritaria que representa Unidas Podemos. De paso, alertó sobre los peligros del proyecto bolivariano en el mundo hispánico. Tampoco es una derecha enemiga de la seguridad social, pues presume haber construido dos hospitales públicos en dos años de gestión al frente de Madrid. Fue tal su éxito que Ayuso podrá gobernar sin apoyo de la extrema derecha de Vox y despedazó integral y definitivamente la carrera partidista de Pablo Iglesias, el capitán del chavismo español. Ayuso pasó de ser una completa desconocida hace dos años a convertirse en protagonista de los titulares en la prensa internacional, así como una fuente de esperanza del PP para recuperar el gobierno nacional de España.

Por su parte, en el Reino Unido, después de una caída en su popularidad por el desastroso manejo de la pandemia, el primer ministro Boris Johnson logró una serie de victorias impresionantes para el partido conservador británico. Gracias a una exitosísima campaña de vacunación, pero también a un carisma que asombrosamente conserva cierto atractivo, Johnson le arrebató Hartlepool al partido laborista. Es un área geográfica donde nunca habían ganado los conservadores. Algunos analistas atribuyen la cadena de victorias conservadoras a las pugnas internas de la izquierda británica, mas es una explicación insuficiente. Si bien es verdad que el partido laborista sufre una disputa durísima entre los sectores moderados y los demenciales trotskistas de Corbyn, también es verdad que el conservadurismo supo aprovechar otros factores. Frente al discurso cosmopolita y elitista del laborismo que le permitió conservar la alcaldía de Londres, el partido conservador enarboló una convocatoria a los valores más tradicionales de la familia, que son los de la clase trabajadora. Un analista del Washington Post, a la luz de los resultados británicos, decía que la clave para ganar elecciones en el mundo contemporáneo es proponer una visión de centro izquierda en lo económico, pero una de centro derecha en lo cultural. Es decir, favorecer la política social por parte del gobierno, a la vez que se muestra una oposición firme al discurso woke. A pesar de todo lo anterior, el triunfalismo de Boris Johnson está fuera de lugar. En Escocia el SNP, el partido nacionalista, volvió a ganar, y su líder Nicola Sturgeon ha regresado a impulsar la propuesta de un referéndum separatista. El afán polarizador de polemizar podría llevar a la ruptura del Reino Unido. En una fábula de Esopo, el dios griego Polemos (origen de la palabra polémica) no logra encontrar pareja por su necesidad patológica de pelear. Al final solamente lo aguantaba Hybris, la diosa que originó la palabra hubris, sinónimo de arrogancia y orgullo. Algo de esto puede servir para reflexiones electorales mexicanas si tenemos la curiosidad de revisarlo.

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