El novelista del soldado y la lealtad

Raudel Ávila

Las mejores novelas de la revolución mexicana sean de Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela o Rafael F. Muñoz, dejaron un testimonio histórico y literario de que los movimientos sociales encabezados por un caudillo siempre desembocan en dictaduras y cacicazgos iguales o peores que los que buscaban destronar. Entre los muchos autores que incursionaron en el género, destaca Francisco L. Urquizo, conocido como el novelista del soldado. Urquizo fue integrante de la Guardia Presidencial de Francisco I. Madero, Secretario de Guerra y Marina (1919-1920) y Secretario de la Defensa Nacional (1945-1946).

Los libros de Urquizo constituyen una exploración personalísima sobre las andanzas de las tropas revolucionarias, pero su novela más conocida, Tropa vieja, se ocupa del bando contrario. Ahí refiere cómo la leva obligaba a campesinos muy pobres a integrarse al ejército porfirista. Por instrucciones del alto mando, se imponía autoritaria y verticalmente una preferencia política favorable a la dictadura entre los soldados. Espiridión Sifuentes, protagonista de la novela, se ve obligado a pelear de parte del porfirismo, a pesar de que su predilección estaba con el maderismo.

En otro libro autobiográfico pero poco conocido, Tres de Diana, Urquizo cuenta su trabajo como Subsecretario y posteriormente Secretario de Defensa del Presidente Manuel Ávila Camacho. Narra la formación y suerte del Escuadrón 201, así como las relaciones entre los ejércitos mexicano y estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. De igual manera, describe la transición “pacífica” del gobierno militar del general Ávila Camacho a una presidencia civil encabezada por el licenciado Miguel Alemán Valdés.

Aquel tránsito de los militares a los civiles no fue tan apacible como suele decirse. Se trató de un servicio importantísimo que el general Ávila Camacho, el llamado presidente caballero, prestó con discreción al pueblo de México. En vísperas de las elecciones presidenciales de 1946, el general Ávila Camacho le encargó a Francisco L. Urquizo la responsabilidad de “calmar y persuadir” a los militares de que había llegado la hora de los gobiernos civiles. Urquizo menciona que, desde luego, había resistencias significativas en la cúpula militar de la época. Nadie conquista el poder para cederlo. Numerosos generales se sentían merecedores de ocupar la Presidencia de la República y las gubernaturas de los estados. Es posible que el propio Urquizo haya soñado con un cargo político, pero puso por delante su lealtad a México. Sin convocar a ruedas de prensa, el general Urquizo visitó una por una las zonas militares del país. Aquellos militares opuestos a la llegada al poder de los civiles y dispuestos a amenazar el orden constitucional “desistieron o desaparecieron”, según la muy parca pero elocuentísima expresión de Urquizo. No ofreció más detalles…

Políticos, historiadores, analistas, diplomáticos, todos coinciden en señalar que la gran diferencia positiva entre México, España y el resto de América Latina en el siglo XX fue que aquí no hubo golpes de estado a partir de la llegada al poder de los civiles en 1946. El ejército mexicano ha sido históricamente leal no a una administración, una facción política o candidato, sino a la constitución. Rescata mexicanos de ciclones o sismos, se juega la vida en defensa de otros, llevando vacunas o libros a poblaciones remotas. Por eso es una de las instituciones más respetadas por la población. Urquizo terminó su vida escribiendo artículos para El Universal, sin lujos ni contratos millonarios, pero obtuvo la medalla Belisario Domínguez y el reconocimiento unánime de su honor entre sus pares. Sus restos descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres. ¿Qué vale más para un militar? De la respuesta dependerá la configuración del sistema político mexicano en el siglo XXI.

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