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El fracaso estadounidense en Oriente Medio

Raudel Ávila

Philip H. Gordon fue Asistente de la Secretaria de Estado Hillary Clinton para Asuntos Europeos y Eurasiáticos entre 2009 y 2013, así como Coordinador de Asuntos de Medio Oriente en la Casa Blanca entre 2013 y 2015 con el presidente Barack Obama. Analista y autor de numerosos libros, acaba de publicar Losing The Long Game: The False Promise of Regime Change In The Middle East, una notable revisión de todos los fracasos de la política exterior estadounidense en Irán, Irak, Afganistán, Egipto, Libia y Siria. Los capítulos referentes a Irán y Afganistán son especialmente reveladores de cuán contraproducente ha sido la intervención militar estadounidense para los propios intereses estadounidenses. Pocos exfuncionarios públicos se atreven a hablar con la verdad, reconocer errores en público y ejercer la autocrítica. No es un libro de memorias y autoelogios, sino un análisis histórico de las políticas estadounidenses fallidas en una región conflictiva.

Su propósito es que los futuros tomadores de decisiones no vuelvan a cometer los mismos errores. El mensaje de Gordon es simple: Estados Unidos y sus aliados occidentales pueden y deben mantener una política activa en Oriente Medio, pero deben renunciar a la idea de un cambio de régimen para forzar la instalación de sistemas democráticos donde no existen condiciones, instituciones ni voluntades para ello. Oriente Medio seguirá siendo, en el mejor de los casos, una colección de autocracias, monarquías corruptas, dictaduras militares y/o gobiernos encabezados por fundamentalistas. En el peor, una congregación de estados fallidos con reservas petroleras. Región tristemente similar a América Latina en su disfuncionalidad institucional y oligarquías desconectadas de las necesidades de su población.

Gordon confiesa cómo él mismo fue un entusiasta de la “promoción democrática”. Los años le enseñaron que, si bien las intervenciones militares estadounidenses iniciaron supuestamente con las mejores intenciones, todas terminaron en el más rotundo fracaso respecto de las metas originales. Además, condujeron a consecuencias catastróficas en pérdidas humanas y costos financieros. El desglose del estratosférico gasto militar estadounidense en cada país, presentado por Gordon, es una evidencia más del desperdicio de recursos que pudieron invertirse en infraestructura estadounidense o en una diplomacia más inteligente y constructiva para la región. Por una parte, ninguno de los países con alguna forma de intervención militar estadounidense logró construir una democracia. Por otra, en todos se intensificó la represión contra la reducida disidencia liberal y la persecución de las minorías étnicas, religiosas y sexuales. Finalmente, se alimentó el odio contra Estados Unidos y sus aliados, dando lugar al respaldo político y muchas veces financiero de organizaciones terroristas antioccidentales desde las más altas instancias de los gobiernos regionales. Lo máximo que ha conseguido Estados Unidos es cambiar un dictador por otro.

Gordon se burla de quienes pretenden establecer equivalencias entre la invasión militar de Estados Unidos a Japón y Alemania, que dio lugar a la democracia en esos países, con la posibilidad de reproducir esa experiencia en Oriente Medio. La evidencia es muy otra. Numerosos presidentes (incluidos Obama y el mismísimo Donald Trump) hicieron campaña prometiendo retirar tropas estadounidenses de la región, pero todos terminaron por enviar más soldados. No es un problema de incongruencia, sino que, una vez invadido un país, a Estados Unidos le resulta más costoso salir de ahí, pues llegue quien llegue al poder, se instalará un nuevo gobierno antiamericano, forzando a su vez, una nueva invasión estadounidense. De ahí la famosa frase de Trump “pensé que sería más fácil… esta posición exige más trabajo que mi vida anterior (la de empresario).” En efecto, para comprobarlo, le recomiendo leer en sus vacaciones el libro de Philip H. Gordon.

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