El dilema final del PRI

Raudel Ávila

No existe la inmortalidad institucional. Las organizaciones políticas más duraderas pueden comenzar una erosión que las conduce a la muerte. El mismísimo imperio romano, tan poderoso como fue, terminó por extinguirse. El partido liberal británico, hogar político de estadistas de la talla de William Gladstone o David Lloyd George tuvo un período de esplendor en el siglo XIX y principios del siglo XX. A mediados del decenio de 1920 ya había sido remplazado por el partido laborista como la principal fuerza opositora al partido conservador. El partido liberal británico hoy es una fuerza local en algunas regiones, pero un aliado político menor en el paisaje nacional fundamentalmente bipartidista habitado por laboristas y conservadores. El Partido Socialista de Francia, institución formativa de François Mitterrand quedó reducido a la insignificancia en las elecciones presidenciales de 2017, cuando obtuvo únicamente 6.36% de los votos como consecuencia de la brutal impopularidad del presidente saliente François Hollande.

En México el PRI, entre cuyos militantes estuvieron figuras como Jesús Reyes Heroles, Martín Luis Guzmán, Jaime Torres Bodet, Agustín Yáñez y Griselda Álvarez hoy es objeto de un desprecio generalizado a escala nacional. Los pocos analistas a quienes todavía interesa su porvenir solamente quieren saber con cuáles partidos establecerá alianzas en 2021. Nadie sabe cuáles causas, programas o grupos representa. Ya no es el gran partido con presencia nacional, pues hay entidades como Baja California o la Ciudad de México donde prácticamente no existe. No obstante, sigue siendo el partido que más estados de la República gobierna. Sus bancadas legislativas, aunque minoritarias, mantienen cierto peso capaz de equilibrar las votaciones parlamentarias en un sentido u otro. ¿Para qué usará esa fuerza el año entrante? Puede hacer un último esfuerzo de autocrítica y reinvención como organización opositora o confirmar el papel adoptado esta legislatura de palero satelital del gobierno en turno.

La historia no está escrita y dependerá de cuáles grupos se impongan en su interior. Hay corrientes interesadas en forjarse un futuro como opositores y aspirantes a cargos más altos de elección popular. Suelen ser más jóvenes, inexperimentados pero audaces y muy ambicioso(a)s. No tienen dinero, pero sí energía. Hay otros deseosos de replegarse, envejecidos e inexplicablemente enriquecidos, temerosos por su silenciosa o participativa complicidad con la corrupción del sexenio pasado. Es un grupo tembloroso cada vez que revive el expediente de Emilio Lozoya. Algunos huyeron del país o se escondieron y ansían el regalo de plurinominales el próximo año a cambio de entregar sus votos legislativos a la actual administración. Hay gobernadores en ambos bandos.

Si pierden la batalla los jóvenes reformadores, el PRI no desaparecerá. El primer interesado en su sobrevivencia es el gobierno actual. En el peor de los mundos para el priismo, el gobierno lo necesita para fingir cierta capacidad negociadora con una oposición leal. Una fórmula probada exitosamente en la Ciudad de México por la mal llamada izquierda mexicana. Desde 1997 el PRI local ha transitado hacia la competitividad electoral nula a cambio de un puñado de diputaciones plurinominales en la legislatura local para repartir a satisfacción de sus dirigentes. Si el PRI no va con todo y por todo en 2021, adoptará permanentemente el sello de satélite a escala nacional. Nacional es un decir, pues cada vez se vuelve más una fuerza regional de algunas entidades. El fin de semana reapareció Manlio Fabio Beltrones, levantando simultáneamente expectación y dudas en distintos grupos. “Si hay una curva que se debe aplanar es la de la polarización” dijo Beltrones. ¿De qué lado buscará inclinar a su partido? Y sin embargo, se mueve…

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