Es un lugar común afirmar que la pandemia del coronavirus expuso la crisis de liderazgo político a escala internacional. The Guardian publicó un editorial de Gordon Brown, primer ministro del Reino Unido entre 2007 y 2010. Brown recuerda con nostalgia el impresionante esfuerzo de cooperación internacional del G20 para coordinarse frente a la crisis financiera de 2008, especialmente a partir de la presidencia de Obama. Hoy los gobiernos adoptan medidas unilateralmente y hasta en la Unión Europea donde se supone que el trabajo conjunto es la regla, cada país cerró sus fronteras.

Podemos analizar la crisis de liderazgo desde dos puntos de vista. Primero en términos de la personalidad del gobernante. Segundo, en función de situaciones estructurales. Por el lado de la personalidad, el ejemplo extremo fue la insólita declaración de Trump “no asumo responsabilidad en absoluto.” O bien la declaración de Boris Johnson advirtiendo al pueblo británico que se preparen para “perder a sus seres queridos antes de tiempo.” La intervención de Trump es ilustrativa de su concepción del poder. Le fascina cuando consiste en recibir caravanas y adulación, lo rechaza cuando se trata de asumir responsabilidades.
En cuanto a Johnson, sus palabras carecen de empatía, pero, sobre todo, son incapaces de infundir calma y esperanza, dos virtudes del liderazgo genuino. Trump y Johnson son ejemplos destacadísimos del ascenso del neopopulismo en el mundo, que llegó al poder descalificando el conocimiento técnico y sembrando teorías de la conspiración contra las instituciones. Hoy esas acciones actúan en contra de su propia credibilidad como gobernantes. Una lección para los electores antes de volver a confiar en los dirigentes populistas desdeñosos de la ciencia.

Hay temas estructurales muy serios. Por una parte, el cambio en la dirección de la geopolítica. Retomando el ejemplo del artículo de Gordon Brown, en la crisis financiera de 2008 y sus secuelas, era evidente el liderazgo internacional asumido por Estados Unidos para coordinar al resto de los países desarrollados.
Hoy Estados Unidos escoge una postura aislacionista. En la actualidad, el liderazgo internacional lo reclama un gobierno dictatorial como el chino, único interesado en apoyar a Italia en la crisis, frente a la indiferencia del resto de la Unión Europea. En segundo lugar, los economistas han estudiado exhaustivamente qué hacer en una crisis financiera. En cambio, no quedan claras las medidas de cooperación internacional para enfrentar un virus desconocido. ¿Bloquear aeropuertos funciona? En un ensayo de Yuval Noah Harari en la revista Time, recordaba cómo, mediante un esfuerzo internacional de vacunación, la humanidad erradicó la viruela en 1979. Es decir, el avance científico y la cooperación entre gobiernos sí da resultado.

El protagonismo del Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial resulta indiscutible durante las crisis financieras. ¿Cuál de los gobiernos está escuchando, ya no digamos cooperando, con la Organización Mundial de la Salud? En su libro The Future is Asian, el distinguido internacionalista Parag Khanna anticipó que en el siglo XXI las democracias occidentales se hundirían progresivamente como consecuencia del populismo y el nacionalismo. Sus poblaciones quedarían desprotegidas frente a las ocurrencias circenses y la irresponsabilidad de los demagogos en el poder. A la inversa, las naciones asiáticas desarrolladas desplegarían su liderazgo gracias a la consolidación de estructuras gubernamentales con elevada formación técnica y gran capacidad de planeación. Revisando la reacción de Corea del Sur y Singapur ante la pandemia, parece tener razón. En una crisis sanitaria ¿prefiere de líder a Donald Trump o a Lee Kuan Yew? Cuidado.

Analista

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