Carta a Luis Rubio

Raudel Ávila

Querido Luis, leí atentamente tu columna “No es casualidad” hace dos semanas. Permíteme citar tu texto para explicar, respetuosamente, la base de mi discrepancia. “Desde 2008 innumerables políticos, estudiosos y opinadores han asegurado que el capitalismo quedó moribundo; doce años después, la pandemia ha desatado una nueva ola de protestas y Casandras. Pero el capitalismo sigue y seguirá…”. De acuerdo. El capitalismo no está en peligro en el siglo XXI, lo que preocupa es la vulnerabilidad del liberalismo en nuestro tiempo. Rusia y China son, en grados variables, jugadores del sistema capitalista, pero tienen estructuras institucionales antiliberales. La apertura económica no los condujo a la democracia como pronosticaba el liberalismo. Los fundamentos liberales del sistema internacional y de las instituciones nacionales se resquebrajan a gran velocidad. Por todas partes asoma un mundo nuevo cada vez más nacionalista, anti secular, autoritario, crecientemente militarista y de notoria hostilidad contra la ciencia. El liberalismo dominó el panorama político los últimos 30 años ¿no tiene responsabilidad alguna por el crecimiento de estas tendencias? El único camino para revertirlas es la autocrítica del liberalismo y el reconocimiento de sus errores.

El liberalismo debería ser ese gran paraguas que auspicia la convivencia de la mayor diversidad posible. De ahí el carácter pionero de autores como John Locke y Voltaire, autores de textos indispensables sobre la tolerancia, valor esencial del liberalismo. Dices en tu texto “La paradoja es que el liberalismo, que históricamente ha sido complemento inexorable del capitalismo, es flexible y adaptable…”. Esto fue cierto a lo largo de los siglos, pero ahora sucede lo contrario. El liberalismo contemporáneo asumió una rigidez que le ha impedido enfrentar exitosamente varios problemas. Por poner un solo ejemplo, dos grandes preocupaciones de las nuevas generaciones, la desigualdad y el cambio climático, han encontrado respuestas limitadísimas e insuficientes en el liberalismo. La indiferencia liberal frente a esos temas fortalece ofertas electorales abierta y radicalmente antiliberales. Los teóricos liberales ni siquiera han reconocido su responsabilidad al heredarnos estos problemas. La desregulación todo terreno de las últimas décadas, propuesta distintiva del liberalismo económico, fue el factor detonante de la desigualdad. De igual manera, sus omisiones contribuyeron decisivamente al agravamiento de los problemas ambientales.

El liberalismo fue la propuesta con mayor flexibilidad. En contraste, la autocrítica no fue representativa del marxismo-leninismo que seguía defendiendo el socialismo realmente existente después de su fracaso. Sí. Lamentablemente, el liberalismo parece hoy un reflejo adocenado con recetas empolvadas. En vista de la perturbadora irrupción de las democracias antiliberales o iliberales como les llamó Fareed Zakaria en Venezuela, Turquía, Hungría, etcétera, entristece leer en escritores tan inteligentes como Vargas Llosa la repetición de los mismos lugares comunes. ¿Dónde quedó la innovación, otrora emblema liberal? A escala internacional ocurre algo semejante. Desde hace treinta años la familia Clinton ocupa un lugar privilegiado en la convención del partido demócrata. ¿Y la renovación generacional? ¡Joe Biden, la esperanza liberal frente a Trump tiene 77 años! Difícilmente representa un síntoma de vitalidad ideológica del liberalismo. La democracia liberal es la única que permite el florecimiento de todas las ideas y la convivencia de los credos más diversos. Las sociedades comunistas, populistas o de cualquier otra adscripción no liberal, llevan en su vocación asfixiar la diversidad. Si el liberalismo no se apresura a ofrecer respuestas a las grandes poblaciones sin sistemas de salud ni agua, en Iztapalapa o Bombay, las sociedades propiciarán sistemas políticos autocráticos que imposibilitarán el diálogo y la libertad tan valorados por nosotros. El futuro no es prometedor, pero tampoco inalterable. Hay que cambiarlo.

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