Bielorrusia y la parálisis de las potencias occidentales

Raudel Ávila

El presidente bielorruso Aleksandr Lukashenko es conocido a escala internacional como “el último dictador europeo.” Gobierna su país desde 1994. El 9 de agosto se celebraron elecciones presidenciales en Bielorrusia. A resultas de las numerosísimas irregularidades, se desató una ola de protestas contra el gobierno. La carismática candidata de oposición Svetlana Tijanóvskaya, quien se decidió a competir después del encarcelamiento de su esposo, obtuvo solamente 10% de los votos según los cuestionables datos oficiales. Como consecuencia del hostigamiento contra ella y sus seguidores, Tijanóvskaya se refugió en Lituania, pero convocó a la comunidad internacional a respaldar la celebración de nuevas elecciones. Las protestas se intensificaron. Lukashenko es un aliado político del presidente Vladimir Putin. No por afinidades personales, sino por la importancia estratégica de Bielorrusia para Putin. El presidente ruso teme un gobierno prooccidental en su frontera, mas no desea intervenir militarmente después del desprestigio internacional de su incursión imperialista en Ucrania. No será necesario. Le bastará con apoyar la represión policíaca y el espionaje contra la oposición hasta disponer de un remplazo de Lukashenko que, a diferencia de Svetlana Tijanóvskaya, se someta al Kremlin.

La intensificación de las protestas no le ganó a los manifestantes bielorrusos ningún apoyo concreto de las potencias occidentales. Habida cuenta de la escandalosa cercanía entre Donald Trump y Vladimir Putin, no es concebible ninguna sanción estadounidense contra Rusia. Además, no existe tal cosa como una política compartida de la Unión Europea frente a Bielorrusia. Para efectos de Realpolitik, la Unión Europea eran tres países, de los cuales ya solamente quedan dos. El presidente Macron ansía devolverle protagonismo internacional a Francia, pero lo cierto es que sin el respaldo de Alemania no puede hacer casi nada. Retórica aparte, Francia tampoco estaría dispuesta a arriesgar un choque diplomático con una potencia nuclear como Rusia por los problemas de Bielorrusia. Macron lleva años contemporizando con Putin en busca de mayor acercamiento institucional entre Francia y Rusia, de modo que Bielorrusia es un tema menor para los franceses.

En Alemania, la canciller Merkel está saturada de problemas. No solamente tiene que enfrentar la pandemia en su país, sino aportar el dinero para el rescate financiero (otra vez) de los países eternamente problemáticos de la Unión Europea como España e Italia. También debe definir si continuará la construcción del gasoducto Nordstream 2 con Rusia, o si lo cancelará como sanción al gobierno de Putin por el envenenamiento del líder opositor Alekséi Navalny. Los requerimientos energéticos de Alemania probablemente pesarán más que las simpatías ideológicas de Merkel. Bielorrusia no está en la agenda. Finalmente, en Reino Unido siguen ocupados con su interminable brexit, ahora mediante un precedente funesto de violación al derecho internacional. Los británicos no enfrentarán a Rusia debido a la gran cantidad de dinero ruso en su sistema financiero.

Emociona el entusiasmo de los bielorrusos peleando por la democracia liberal, supuestamente defendida por Occidente. Desafortunadamente, esos demócratas bielorrusos sucumbirán ante la represión de Lukashenko y Putin. Se quedarán esperando apoyos occidentales que no llegarán, como le sucedió recientemente a la juventud manifestante de Hong Kong, o a los manifestantes húngaros en 1956 y a los checos en 1968 durante la Guerra Fría. Ya se anunció un préstamo de Rusia a Bielorrusia por 1.5 mil millones de dólares, que harán toda la diferencia para sostener el gobierno de Lukashenko. El mundo repartido otra vez en esferas de influencia entre las grandes potencias, indiferentes al destino de los pueblos en países periféricos. Como en la Guerra Fría. Como siempre.

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