Biden y el regreso del centrismo

Raudel Ávila

La prensa ya lo llama “the comeback King” (el rey del regreso) desplegando un optimismo desbordado y una arrogancia excesiva. El buen papel de Joe Biden en el llamado supermartes nos infundió ánimos a todos quienes creemos en una política de la sensatez y la moderación. Son varios los elementos para suponer que Biden podrá quedarse con la candidatura demócrata, pero nada está decidido. Mucho menos existe la certeza de que vencería a Trump. En política sale muy caro confundir nuestros deseos con los hechos. Ya lo vivió el partido demócrata en 2016.

Una disputa por la presidencia del país más poderoso de la Tierra entre dos radicales, Trump y Sanders, únicamente alegraba a quienes pasan por alto la responsabilidad de conciliación de todo gobernante. A quienes ven la política como un espectáculo de lucha libre y se entretienen con la falta de seriedad. Cada cierto tiempo, todas las sociedades le ponen una sacudida a sus elites por insensibles y soberbias. Con todo, las sacudidas tienen un costo. En el caso de sociedades subdesarrolladas, uno muy alto. En Cuba, Venezuela o Rusia antes de la Revolución de octubre, las sacudidas supusieron la cristiana sepultura de las libertades políticas y/o del derecho al voto.

En el caso de las democracias consolidadas, las sacudidas pueden constituir un saludable jalón de orejas para introducir reformas urgentes, como ocurría cada generación en Estados Unidos, Francia o Inglaterra. En todos los casos, lo importante no es la sacudida en sí misma, sino la lección que extraen de ella (o no) las elites y los simpatizantes de la moderación. Por eso el caso Biden es tan importante. Puede suponer un punto de inflexión para reinventar el partido demócrata y las responsabilidades sociales del gobierno estadounidense, atendiendo las demandas incumplidas por Clinton y Obama. O bien, puede seguir la inercia y darse por satisfecho con la misma moderación gris que llevó al electorado indignado a votar por Trump.

Una vez más, igual que en 2006, Estados Unidos se rehusó a ser gobernado por una mujer. Ni Klobuchar, ni Harris ni Warren serán candidatas presidenciales este año. Es penoso. Las demandas feministas siguen sin ser atendidas por el status quo. Ahí están las protestas internacionales del domingo para probarlo. El movimiento afroamericano Black Lives Matter sostiene sus reivindicaciones frente a la agresividad del racismo contemporáneo. Los movimientos de nuevas identidades étnicas, sexuales y de todas las minorías siguen esperando atención. Las demandas de prestaciones sociales de los millennials tampoco han tenido respuesta. Biden puede esforzarse por representarlos desde la selección de su acompañante en la fórmula para la vicepresidencia, o puede seguir apegado a una agenda liberal clásica que hoy se antoja francamente conservadora.

Chateaubriand cuenta en sus Memorias de Ultratumba cómo intentó convencer a los Borbones de aceptar una monarquía constitucional en Francia. Introduciendo ese cambio legal, la corona hubiera tenido posibilidades de sobrevivir. Lo ignoraron y ningunearon. La indisposición al cambio destruyó para siempre la monarquía francesa. Chateaubriand tenía razón, pero los poderosos no quisieron escucharlo. Dicen que cuando se produjo la restauración borbónica en Francia después de la caída de Napoleón, Talleyrand exclamó “no aprendieron nada, no olvidaron nada.” Las restauraciones nunca son tales. El reloj no retrocede ni para los individuos ni para las sociedades. Es preciso hacerse cargo de los cambios y atender los nuevos reclamos de quienes no fueron escuchados cuando se produjo la caída de los “restaurados.” Ojalá que después de la crisis de la democracia liberal, lo entiendan Biden y todos los políticos moderados del mundo.

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