Autobiografía de Fidel Castro

Raudel Ávila

Una de las novelas más llamativas que leí este año fue la voluminosa Autobiografía de Fidel Castro, del escritor cubano Norberto Fuentes. Fuentes fue, durante años, un intelectual consentido de la dictadura cubana. Contribuyó a la construcción y enaltecimiento de sus mitos y procuró cultivar una relación personal con Fidel Castro. Logró convivir con él y escuchar en voz del propio Castro numerosas narraciones sobre su propia vida. En algún punto, el régimen castrista no toleró una posición crítica de Fuentes y éste, auxiliado por Gabriel García Márquez, huyó del país. La novela es un gigantesco monólogo donde el personaje literario de Castro expone detalladamente su pensamiento político. Ahí están sus años de estudiante, sus lecturas, su preparación como guerrillero, la toma del poder, su manera de gobernar y entender las relaciones con Estados Unidos y la Unión Soviética.

Lo más interesante son sus reflexiones sobre los intelectuales de la izquierda, primero la cubana y luego la internacional. El Fidel de la novela no deja de humillar a los escritores y artistas que le rinden culto a su persona. Se quedan absortos ante cualquier reliquia fetichista que supuestamente le perteneció a Castro. Se muestran extasiados cuando les muestra las armas con las que combatió (en realidad son réplicas baratas que Castro mandó diseñar para regalar a los extranjeros). García Márquez se sume en un trance durante horas cuando conoce la casa donde Castro nació. Una finca, que aunque el Gabo no lo sabe, dice Fuentes que también es falsa y fue construida para sacarle dinero a los turistas. Alejo Carpentier se llena de vanidad cuando Castro le dice que ha leído su novela La consagración de la primavera, a pesar de que lo llama pretencioso y ridiculiza el título. Castro lo desprecia por barroco, pero dice, hay que tratarlo bien, pues Carpentier es uno de mis mejores propagandistas. Durante un discurso ante la plaza pública rebosante de una multitud enardecida, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir le confiesan a Castro que han alcanzado un orgasmo al experimentar la comunión entre éste y su pueblo. Cuando regresen a Paris, dice Fidel, presumirán a otros escritores las cajas de puros que les enviaré continuamente.

El Castro de la novela explota la desmesurada ingenuidad (¿estupidez?) política de los intelectuales. Los utiliza desde un inicio para hacerle creer al mundo que no es un comunista, sino un progresista moderado. Los coloca en posiciones burocráticas, pero sin concederles ningún poder para que la opinión pública crea que gobernará con moderación. Los usa para que hablen bien de él en la prensa internacional, apaciguar las preocupaciones de los inversionistas y pintarle un rostro amigable a su dictadura. Lo asombroso no es que convenzan a los extranjeros, sino que los mismos intelectuales terminan por creerse los cuentos que se inventan para justificar al gobierno. “En realidad es un demócrata, pero no puede celebrar elecciones todavía”, “no está reprimiendo a nadie, es que sus allegados no le informan la verdad”, “no habrá expropiaciones permanentes, son medidas transitorias” “el caso cubano es único y no puede compararse con otros países”, “no está militarizando, defiende la revolución”, “el Comandante quiere dar resultados económicos, pero la coyuntura internacional se lo impide”, “la culpa no es suya sino de su equipo.” No quieren confesarse la verdad para no admitir que se equivocaron y les vieron la cara. “Fidel no es un radical, lo que pasa es que las circunstancias lo obligaron” terminan diciendo ya perseguidos por él y exiliados Miami, mientras Castro se ríe de ellos. “Yo no les mentí” concluye, “ellos querían imaginar cosas que nunca existieron.”

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