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Trump: la inconsciencia de la política

Raquel Saed

A pesar de todos los consejos y advertencias, el pasado sábado Donald Trump realizó su primer rally desde que se declaró el confinamiento por Covid-19, el cual se llevó a cabo en Tulsa, Oklahoma. Pero también lo hizo en la mitad de una crisis de protestas frente al racismo y el abuso policíaco contra los afroamericanos, las cuales son producto de las escenas del asesinato de George Floyd bajo la rodilla de un policía, que el mundo entero pudo constatar.

Los primeros cuestionamientos serían ¿por qué la premura para realizar este evento? y ¿qué significa este rally para Trump? Podemos entender que sería el verdadero arranque de su campaña electoral y que el tiempo apremia. En sentido estricto, él ha estado haciendo proselitismo desde que tomó posesión en enero de 2017 con este tipo de eventos, y hace un año, en junio de 2019 lanzó oficialmente su campaña para la reelección. Sin embargo, estamos a menos de cinco meses de las elecciones y estos rallies son para él, como el aire que respira.

Lo importante y controversial de este rally no es la narrativa que pudiera haber manejado, ya que siempre elabora las mismas construcciones, con acusaciones contra los que no lo apoyan y sus enemigos como los medios de comunicación o los demócratas. No, lo importante es su obstinación para realizarlo, cuando el país está hundido en una pandemia que el gobierno no sabe manejar y cuando las manifestaciones sociales están ocurriendo en todos los estados.

Este rally es en primer término, de manera práctica, la forma de generar material publicitario para su campaña. De ahí saldrán las imágenes de la gente aclamándolo y repitiendo sus slogans, portando toda la parafernalia de identidad propagandística, como si representaran a la mayoría de la población estadounidense. Lo importante de estas escenas, es que casi nadie está llevando cubrebocas y que no hay distanciamiento social por ningún lado. Para efectos de publicidad política, lo que seguramente los spots tratarán de ocultar, es que la arena en Tulsa estuvo a menos del cuarenta por ciento de su capacidad, que no es lo que su campaña esperaba.

En segunda instancia, es un ensayo para la convención republicana que se va a realizar en agosto en Jacksonville, Florida, que es cuando se nombra oficialmente al candidato. Es un evento magno que dura tres días, donde aparecen diferentes oradores y en el que los asistentes comparten de manera muy cercana. El ensayo de Tulsa servirá como experimento para saber cuáles serán las secuelas de las confluencias masivas en un lugar cerrado. Por cierto, que la convención estaba programada desde hace varios meses para llevarse a cabo en Charlotte, Carolina del Norte y como el gobernador exigía que se aplicara la norma de distanciamiento social, Trump decidió cambiarla a Jacksonville.

Por último, un tercer significado del rally es el de servir como respuesta a las manifestaciones sociales contra el racismo, pero principalmente las que se dieron afuera de la Casa Blanca, donde incluso pintaron las calles con letreros monumentales que decían “Black Lives Matter”, los cuales se pueden ver desde cualquier punto, especialmente desde un helicóptero, medio que utiliza el presidente para transportarse en Washington. Con este rally, Trump está tratando de mostrar otro lado de la opinión pública, la que lo beneficia a él, donde estarán sus seguidores y se verán como un gran carro ganador, que en realidad no son representativos de toda la población.

Y es que es precisamente en el parque Lafayette, afuera de la Casa Blanca, donde con el pretexto de salir a tomarse una foto de oportunidad en el portal de una iglesia y con una biblia en la mano, Trump mandó dispersar violentamente una manifestación pacífica que protestaba contra la brutalidad policiaca. Todas estas protestas han sido consideradas por él y por muchos, como afrenta personal, que son respuestas al contenido racista de sus discursos. Lo inesperado fue que este acto de fuerza fue condenado por varios grupos que al parecer lo apoyan, incluyendo algunas congregaciones evangélicas.

Para tener una gran aglomeración en su evento, fueron transportados sus seguidores desde estados aledaños y muchos de ellos acamparon por una noche en las inmediaciones de la arena. Las normas establecidas por los expertos de la administración Trump fueron quebrantadas en aras de mantener su programación al máximo. Y, a pesar de ello, el espacio no se llenó y, como siempre, Trump culpó a varios de sus enemigos construidos, principalmente a los medios de comunicación, pero ahora incluyó a los manifestantes que, dijo, bloqueaban la entrada a la arena. De lo que no habló es que tal vez algunos de sus seguidores estaban preocupados de contagiarse y que seis colaboradores de la campaña habían resultado positivos de Covid-19.

En esta ocasión su discurso estuvo a la defensiva. Se refirió al virus con una expresión racista y todo el tiempo buscó el aplauso a las nimiedades más vanas. Habló por durante once minutos de cómo los medios lo mostraron incapaz de bajar una rampa extendida o la forma en que toma agua, ya que esas imágenes lo retratan como un perdedor y, ser perdedor, es su mayor pesadilla. Y, a pesar de esa preocupación, al final del día se le vio llegar a la Casa Blanca descendiendo del helicóptero, con la apariencia de enojo y decaimiento. La imagen habla por sí sola.

En Estados Unidos ha bajado tanto el nivel de la política que, al parecer, está más enfocada en proteger la imagen del presidente que en elaborar un discurso de unidad nacional ante tantas circunstancias adversas. Y es el propio presidente el que se perjudica a sí mismo al elaborar argumentos que no tienen nada que ver con la política y que al mismo tiempo pretende politizar. Por ejemplo, en su discurso del sábado alegaba que para evitar el aumento en números de infectados sería mejor no hacer tantas pruebas de Covid-19. Otro ejemplo más es cuando dice que la utilización de máscaras cubrebocas es símbolo de debilidad y que son impuestas por los demócratas.

Hay muchos temas en la mesa de debate público que rodean a Trump y que él parece evadir. Lo más evidente son los números de infectados y muertes que tiene Estados Unidos, siendo el país más devastado por la pandemia. A su vez, ante nuestros ojos están las manifestaciones que buscan establecer una discusión sobre el racismo y los estereotipos construidos en torno a la población afroamericana, así como el derribo de monumentos y símbolos que no corresponden con los derechos civiles, ni la sociedad actual.

Y, en temas de economía, de los cuales se siente muy orgulloso, la sociedad norteamericana tiene el mayor porcentaje de desempleo en décadas, ya que el gobierno no controló la pandemia a tiempo y tuvo que cerrar. Además, la economía en su totalidad no podrá abrir en los próximos meses, por lo que seguirá el impedimento para su recuperación inmediata. Muy probablemente la bolsa de valores se esté recuperando, pero la economía de las familias todavía estará sufriendo por algún tiempo.

Por otro lado, no podemos olvidar que Trump es un presidente destituido por la Cámara de Representantes y que carga con ese estigma que va a ser difícil de eludir, a pesar de sus esfuerzos atacando a Nancy Pelosi y Adam Schiff, figuras centrales en el proceso de destitución. Seguramente será un tema medular al momento de los debates políticos que tendrá con Joe Biden, quien será su contrincante demócrata en las elecciones de noviembre.

En temas inmediatos, una vez más un excolaborador de su administración, el ultraconservador John Bolton, acaba de publicar un libro donde relata todo lo que vio en la Casa Blanca cuando era Asesor de Seguridad Nacional, al cual Trump ha estado amenazando con meterlo a la cárcel. Otro tema más es que ahora está enfrentando cuestionamientos porque Bill Barr, su Procurador General, despidió a un fiscal de Nueva York que lo estaba investigando a él y a sus allegados. Y como tema adicional, la Suprema Corte falló dos veces en su contra al rechazar dos instancias de ley, la primera se refiere a los derechos de la comunidad trans y la segunda a los derechos de los “dreamers”.

Algunos grupos de republicanos están preocupados por su comportamiento ante la pandemia, el racismo y la economía. Incluso ya hay dos grupos que se han formado como frentes para evitar su reelección, tanto porque les afecta a ellos políticamente, como porque sienten que Trump ha derrumbado la filosofía del partido republicano que se enarbolaba como el partido de Lincoln, de la libertad y de las ideas. Obviamente Trump también está atacando a estos grupos y los llama enemigos.

Su rally, al cual denominó The Great American Comeback, fue una producción con un discurso vacío, que buscaba acaparar la atención pública y desviarla de esos temas, para enfocarse en su personalidad como figura aspiracional, benefactor de las clases trabajadoras blancas. Las encuestas en general, lo muestran con algunos puntos por debajo de Biden, lo cual también es una preocupación suya y de los republicanos que sí lo apoyan.

Es difícil saber qué puede pasar de aquí a noviembre, cuáles estrategias de campaña serán más efectivas y si habrá otro elemento del azar que intervenga al momento de las elecciones. Por ahora, Trump está en proceso electoral en la mitad de una crisis múltiple que comprende la urgencia de abrir la economía, la pandemia, el aumento de casos en estados clave, las protestas por el racismo, su discurso divisorio, la incertidumbre económica, el descenso de su popularidad, diversas derrotas y por supuesto, el impeachment. Y si todo esto se pudiera considerar hacer política, habría que darse cuenta de su inconsciencia.

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