En México los niños y niñas que nacen en la cárcel pueden permanecer con sus madres hasta los tres años, para muchas personas esto representa una locura, pues por qué tendrían que pagar por los actos cometidos por su madre pero, ¿qué pasa cuando su mejor opción es estar dentro de prisión ya que lo que les espera afuera puede ser peor?

De acuerdo con el Diagnóstico Nacional de Supervisión Penitenciaria 2019[1], realizado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos, en México en dicho año habían 362 niños y niñas viviendo con sus madres dentro de prisión.

Muchas veces pensamos en el castigo que representa para un niño/a vivir en la cárcel durante sus primeros tres años, en un lugar en donde las condiciones son inhumanas y no hay espacios adecuados para su desarrollo, educación y crecimiento, sin embargo, nunca nos detenemos a analizar las razones por las que la madre decidió mantenerlo/a con ella.

Existen muchos motivos, algunos que podrían parecer de lo más egoístas como por el simple hecho de no sentirse solas, sin embargo, en la mayoría de los casos es porque no tienen algún familiar que lo pueda recibir y cuidar fuera de prisión, lo que significa que al cumplir tres, tendrán que ser enviados a un orfanato a través del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF).

¿Se imaginan el daño tan grave que esta separación genera tanto para la madre como para los hijos/as?

El día de ayer, el Pleno de la Cámara de Diputados aprobó el Proyecto de Decreto por el que se reforman y adicionan diversas disposiciones de la Ley Nacional de Ejecución Penal a través de las cuales se comienza a dar mayor importancia a la protección del interés superior de los niños y niñas que viven en la cárcel.

Se señala que las autoridades deberán estar capacitadas para brindar atención psicopedagoga a los niños y niñas y que la separación de la madre e hijo/a al cumplir tres años debe ser sensible y gradual.

Lo anterior es un gran paso toda vez que es sumamente necesario brindar acompañamiento psicológico y emocional a ambos –madre e hijos/as-, antes, durante y después de la separación con el fin de minimizar cualquier afectación posible y de evitar que la misma sea devastadora.

También es de gran importancia garantizar un contacto cercano y frecuente entre la madre e hijo/a, fomentando las visitas periódicas con el fin de favorecer que se continúe con el vínculo familiar.

Esto ayudará a proteger a los niños y niñas que viven en prisión y que eventualmente tienen que salir para continuar con su educación y para seguir desarrollándose de la mejor manera posible.

Esta reforma es sin duda, un paso hacia delante para que las autoridades sean conscientes de los efectos tan negativos que tienen en las madres pero sobre todo en los niños y niñas las separaciones bruscas y radicales, y se haga una transición efectiva a realizarlas de manera sensible y gradual velando siempre por el interés superior del menor.

[1] https://www.cndh.org.mx/web/diagnostico-nacional-de-supervision-penitenciaria

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