Como sociedad nos enorgullece escuchar que detuvieron a alguien, pensamos que por fin el gobierno no se quedó con los brazos cruzados, imploramos por que se acabe la impunidad. Sin embargo, nunca nos preguntamos qué pasará con esas personas una vez que ingresan a prisión, y peor aún, una vez que recuperen su libertad. La realidad es que poco importa si son culpables o no, una vez que una persona entra a la cárcel es condenada socialmente.

Las personas privadas de la libertad son tan estigmatizadas que lejos de analizar las causas que llevaron a la persona a delinquir -contextos de suma violencia, pobreza, maltrato y abandono-, y buscar atacar el problema de raíz, fomentamos que al salir de prisión carezcan de oportunidades y esto los lleve a reincidir.

Nos preocupamos porque el gobierno los mantenga encerrados, porque aumenten las penas, les impongan castigos más fuertes, pero nunca por generar oportunidades de cambio que les permitan modificar su estilo de vida y salir adelante.

No nos damos cuenta que la falta de políticas efectivas de reinserción social es un problema que nos afecta a todos como sociedad, pues si no se cuenta con las mismas, las personas privadas de la libertad eventualmente van a regresar a las calles y van a volver a delinquir, generando un círculo vicioso que nunca acaba.

Seguimos sin entender que cada vez que una persona reincide no es más que el sinónimo de que el Estado ha reprobado, pues se traduce en que el sistema penitenciario no logró su objetivo final: la reinserción social.

Es momento de transformar esta mentalidad, dejar de condenarlos sin condena, empezar a ver a la persona y no al crimen, comenzar a generar un cambio, iniciando por nosotros y exigiendo a quienes encabezan el sistema penitenciario mayores programas efectivos de reinserción social, en los que se brinden oportunidades que realmente contribuyan a generar un crecimiento tanto personal como profesional en la vida de las personas privadas de la libertad, para que así puedan tener un nuevo proyecto de vida.

Lo anterior, claro que se puede pero se necesita la voluntad de todos, desde La Cana, organización que busca eliminar los estigmas y brindar oportunidades de cambio a las personas privadas de la libertad mediante la capacitación laboral, el empleo, la salud mental y un programa de seguimiento en libertad, hemos comprobado que con las herramientas necesarias los internos e internas al salir eligen un camino lejos de la delincuencia.

Por poner un ejemplo, en un estudio que realizó la Subsecretaría del Sistema Penitenciario de la Ciudad de México a 5,000 registros durante un periodo de 4 años, los resultados arrojaron una disminución de los niveles de reincidencia entre la población privada de la libertad que participó en los programas de capacitación y trabajo, registrándose solo un 4% en este sector, en comparación al 37% presentado en la población total, lo que equivale a una disminución del 90%. Es decir, en el primer caso únicamente 4 de cada 100 personas reincidieron en contraste con las 40 de cada 100 entre la población total.

Esto nos dice que en la medida en que generemos programas de capacitación laboral y empleo para las personas privadas de la libertad, existe una alta probabilidad de que al salir no vuelvan a delinquir, aumentando los índices de seguridad y rompiendo así con el círculo vicioso de la reincidencia.

Acabemos con la criminalización y transformemos nuestras prisiones en lugares de oportunidad y no de castigo.

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