Por primera vez la humanidad enfrenta una crisis verdaderamente global, que afecta concreta o potencialmente a toda nuestra especie y a la propia naturaleza de la que somos parte. Es ya un lugar común que la crisis económica desatada por la pandemia repercutirá en todas las facetas y colmenas de la vida a nivel mundial, nacional, local, familiar e individual. Decir que nuestro sufrimiento es pasajero es sólo ignorancia suicida.

Los augurios benévolos de los Idus de marzo se han apagado y revertidos por evidencias científicas que confirman la crueldad del mes de abril. Pareciera una nueva condena bíblica por los pecados cometidos. A los creyentes los consuela la resurrección cuyo aniversario es mañana. Corresponde a nosotros hacer lo imposible por aliviar la carga que heredarán las generaciones por venir.

Ocurren simultáneamente la tragedia y el drama: los sufrimos como una adversidad que nos llega desde arriba, que es también un conflicto entre los hombres. El presente está preñado de futuro. Adivinando el engendro que llegará, optamos por compendiarlo en metáforas, sin eludir la “palabra recta”. El Covid-19 regirá por tiempo indeterminado el desastre. Será por siempre su Corona. El Secretario General de las Naciones Unidas advierte que “ha llegado el momento de la verdad y la mayor prueba de la humanidad desde la caída del fascismo en 1945”.

Las guerras han creado nuevos órdenes, cualquiera que haya sido su resultante político. Ejemplo cercano es el Tratado de Versalles de 1919 al término de la Primera Guerra Mundial, cuna de la Sociedad de las Naciones, compuesta por 32 Estados independientes, garante de la paz y seguridad internacionales mediante la aprobación de sus decisiones por todos sus miembros. México se incorporó en 1931, donde el genio precursor de Lázaro Cárdenas libró en solitario batallas inolvidables contra el avance del nazi-fascismo, que a la postre enterró la organización ante la resignación de las grandes potencias europeas y la ausencia premonitoria de los Estados Unidos.

La formación de las Naciones Unidas, que arranca en 1945 con la Carta de San Francisco, es una hazaña del pensamiento y de la política, que la crisis actual ha nulificado pero no abrogado. Encarna la primacía del derecho internacional sobre los Estados y del paradigma de los derechos humanos —universales, inalienables y progresivos— proclamada en 1948. Su anticipo es la Carta del Atlántico de 1941 que ordena el abandono del uso de la fuerza y vuelve ilegítima toda conquista armada; busca la emancipación humana del temor y la necesidad y “postula la máxima colaboración entre las naciones en el campo económico”. Suscrita originalmente por los Estados Unidos y la Gran Bretaña y poco después por la URSS y los representantes de los países ocupados de Europa. Antídoto contra una posible Guerra Fría, que finalmente no pudo evitarse.

Ineludible recordar el acuerdo de Bretton Woods en 1944, origen del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, incorporados a la ONU aunque sistemáticamente hayan contrarrestado la búsqueda de la libertad y la igualdad humanas. También el lanzamiento del Plan Marshall por los Estados Unidos en 1948 para la reconstrucción de Europa Occidental: transferencia de 14 mil millones de dólares de aquella época, expresamente dirigido a la contención del comunismo. Su equivalente monetario actual sería suficiente para paliar nuestra catástrofe que cuenta ya con cien mil muertos y un millón y medio de infectados, que acusa un crecimiento exponencial sin límite. Puede extenderse a un ciclo prolongado o a un siglo corto.
No es un fenómeno que pueda terminar a fecha fija. Da comienzo a una nueva era para el género humano, sustancialmente diferente de las anteriores. Los habitantes de la Edad Media nunca pensaron que así la llamaríamos y nosotros ignoramos cómo calificará esta época la posteridad. Deciden su duración la velocidad de la ciencia y la estructura que armemos para sostenerla. Henry Kissinger afirma que la “pandemia alterará el orden mundial para siempre” y decreta que todas las instituciones han fallado. El “Monje Negro” del poder global, a sus 96 años, con optimismo contagioso imagina tal vez a que su longevidad séra mayor a la del virus. Admite que “ningún país puede superar la crisis en un esfuerzo puramente nacional”. Se refiere a la pérdida de referentes conocidos como la “atmósfera surrealista” que nos ofrece la pandemia.

Advierte que ni las emergentes maravillas estadísticas, ni el diagnostico a través de la inteligencia artificial nos induzcan a la complacencia. Postula un “Nuevo Orden Mundial”: un nuevo contrato social que restablezca el equilibrio entre el poder y la legitimidad y cuyo fracaso “podría incendiar el mundo”. No alude al que propusimos en 1975 a favor de otro equilibrio entre las potencias occidentales y los países en desarrollo, que naufragó por la negativa de las grandes potencias. Kissinger propone un programa de “colaboración global”, pero no alude a las Naciones Unidas sino como un antecedente remoto. Habla de un nuevo Contrato Social: la superioridad norteamericana condimentada con salsa de Rousseau.

Es tiempo de que el Consejo de Seguridad tome las riendas del caos. La bioseguridad es la clave de la paz mundial, más que el armamentismo o el peligro nuclear anulados por una fuerza superior que no crearon los hombres.


Diputado federal

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