Por Anaid Alcazar y Julia Gugerli

Frente a los ataques de Estados Unidos en Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro, surgen diversas posiciones: enojo y preocupación por la invasión estadounidense en América Latina, indignación con la obsolescencia de las Naciones Unidas, alivio o esperanza por un cambio del panorama político inmediato en Venezuela, discusiones sobre el imperialismo del siglo XXI, crítica al gobierno de Nicolás Maduro y la situación precaria de la población, llamados a la autodeterminación del pueblo venezolano, así como análisis minuciosos de lo que debiera o no ocurrir a continuación. Más allá de repetir aquí que la situación de la población venezolana hace mucho que no era sostenible y que el gobierno de Maduro había perdido en gran medida su legitimidad, o por el otro lado advertir que la intención de Donald Trump no es en ningún sentido ayudar a esta población, sino que por el contrario privatizar y generar ganancias de los recursos de Venezuela, hoy queremos enfocarnos en lo que significa esta coyuntura para los proyectos de izquierda en América Latina.

Lo cierto es que el panorama político actual de América Latina dista mucho de lo que hace más de 10 años emergía y parecía consolidarse: gobiernos populares de izquierda y pueblos que simpatizaban con ideas progresistas. Ahora nos toma por sorpresa el retorno de un proyecto imperialista, que regresa con otro rostro, agresividad y estrategia, pero que en el fondo es el mismo que sigue atentando contra la soberanía y dignidad de los pueblos del mundo. En realidad, este proyecto nunca se fue, sólo se fortaleció.

En este momento, cuando la coyuntura indica que el modelo de la democracia liberal en los distintos países ha fallado en cumplir sus promesas más básicas, que las organizaciones y las reglas internacionales están siendo obsoletas, y que los gobiernos progresistas no están haciendo eco en la población general, nos surge la pregunta: ¿qué tipo de gobierno quiere la izquierda? Parece ser que los proyectos que se ubican en la izquierda se han concentrado en construir maquinarias electorales fieles, asegurar la acumulación de poder y señalar cualquier crítica como oposición de derecha. Se propone, entonces, que deberíamos de buscar construir un proyecto de país que, en vez de concentrar el poder en unas cuantas figuras emblemáticas, democratice los espacios y las herramientas del poder y genere las condiciones para constituir un sentido común popular que pueda continuar su camino con o sin la silla presidencial.

La construcción de un sentido común ayudaría a que no se tomen decisiones contrarias al interés de la población. Las decisiones políticas no deben de depender de una sola persona o de un solo grupo de poder, sino de la construcción permanente de consensos comunes. Si se acuerda en conjunto la búsqueda de paz en el país, se entiende entonces que otorgarle mayor control y poder a las fuerzas armadas va en contra de este sentido común. Esta colectividad también permite tener proyectos revolucionarios a largo plazo que trasciendan generaciones.

La incursión militar de Estados Unidos en Venezuela no sólo es advertencia de la descarada violación del derecho internacional, del descontrol de uno de los países más poderosos, de la construcción de consenso de invasión, sino también de lo que pasa cuando un proyecto de izquierda deja de escuchar a su población, deja de construir en conjunto y se avoca a la concentración del poder absoluto. Lo podemos observar ahora en Venezuela, pero también con los proyectos de izquierda en Argentina, Chile y Colombia y las respuestas violentas que vienen desde la derecha organizada.

Para México esta advertencia es de especial interés. Por un lado, por lo que quiere construir el partido hegemónico en un futuro y cómo quiere asegurar la continuación de la democracia en el país, y por otro por la amenaza hecha explícita por Trump de una posible intervención estadounidense. No será difícil construir el consenso, cuando sobran las evidencias sobre el control que tiene el narcotráfico sobre la economía, la política y el territorio mexicano.

No nos queda más que reforzar el espíritu latinoamericanista, entendiendo que lo que pasa en un país, nos impacta a los demás.

@pormxhoy

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