Por JULI GUGERLI LAZOS

Toda conversación comienza con una apuesta: escuchar y ser escuchado. Para que esta apuesta sencilla se cumpla, no se puede hablar desde dos universos paralelos que no se encuentran, sino que debe de haber un mundo en común en disputa. En muchos sentidos es la apuesta fundamental de la política. No se trata necesariamente de llegar a objetivos concretos, sino de mantener viva la posibilidad de llegar a acuerdos y consensos, de compartirnos en nuestra pluralidad.

Pero ¿qué pasa cuando el diálogo se vuelve imposible? ¿Cómo podemos dialogar con personas que niegan nuestra existencia? ¿Debemos intentarlo?

Hace un mes, Ana Alcázar nos hacía reflexionar sobre la importancia de pasar de los encuentros de diálogo a ejes programáticos. Pero ¿qué sucede cuando ni si quiera el diálogo es posible?

En México, el diálogo político ha sido rendido infértil a través del sistema electoral. La lógica de competencia entre partidos y políticos convierte a cualquier intercambio en un juego de suma cero. Esto es especialmente peligroso para la construcción de un mundo en común, porque impide la autocrítica y el mejoramiento del propio proyecto político. Las críticas a la ajolotización de la Ciudad de México, aunque muchas de ellas muy válidas, llegan envueltas en un manto de clasismo que las desvirtúa. Mientras, la respuesta del oficialismo reproduce el mismo vicio al identificar al crítico como enemigo y cerrar filas entorno a sus líderes. Cuando el debate público sólo se trata de aferrarse a las propias posiciones, apaga cualquier diálogo antes de que comience.

En este caso, el diálogo se vuelve casi imposible por la falta de apertura a reconocer las propias críticas. Pero hay otras instancias en donde el diálogo es negado de forma absoluta: cuando está mediado por violencias estructurales como lo es el colonialismo. En el caso palestino, sería cínico e ingenuo seguir pidiendo diálogo entre el ente colonizador sionista y la resistencia palestina. Las propuestas de diálogo humanizan las personas, pero a nivel macro, no es posible entablar diálogo con una ideología que busca negar la existencia y asegurar la destrucción de un pueblo entero.

La resistencia palestina frente al genocidio, el despojo y la colonización, es la única forma de respuesta política ante un ente que roba la voz y la existencia. Exigirle diálogo a quien resiste no es democrático, es volverse cómplice de su propia eliminación. El límite del diálogo no lo traza la voluntad de las partes, sino la estructura de la relación entre ellas. Donde esa estructura es de exterminio, la resistencia precede y hace posible cualquier conversación futura.

Entendiendo a las violencias ejercidas en Palestina como parte de un continuum de violencia, debemos comprendernos en México dentro de esas mismas estructuras violentas. Frente al crimen organizado, la amenaza de invasión estadounidense, el abandono del campo y de las clases trabajadoras, y el saqueo de las trasnacionales de los recursos naturales de nuestro país, la izquierda en México se debe de organizar entorno a un piso mínimo de acuerdos.

Reconozco que existen muchos límites, desacuerdos y frustraciones entre las distintas corrientes que se identifican como de izquierda. Se necesita un trabajo profundo de reconocimiento en las distintas luchas, de enemigos y objetivos comunes. Ahí les tenemos que aprender a la pedagogía política de los zapatistas. No se trata de adherirnos a todas las luchas, sino de articularnos para poder caminar hacia un horizonte común.

Enfrentarnos a estos límites no debería paralizarnos. Al contrario, nos obliga a aprovechar la oportunidad enorme de la posibilidad de diálogo. A pesar de la incomodidad profunda que genere. Y de ahí nos lleva a pensar con más precisión en qué condiciones se hace del diálogo algo más que un gesto simbólico. En este sentido, la reflexión de Alcázar sobre la IV reunión de Democracia Siempre en Barcelona apunta en la dirección correcta: los progresismos latinoamericanos tienen ante sí la tarea urgente de pasar de lo simbólico a lo programático que trascienda a las elecciones.

Eso es, precisamente, construir pisos mínimos. No son acuerdos totales ni identidades fusionadas, sino compromisos concretos desde los cuales el diálogo tenga algo a qué asirse. Porque sin ese suelo compartido, el diálogo flota y la política se agota en el espectáculo.

Integrante de @pormxhoy y Co-coordinadora de Lab Incide

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios