Implosión policial en Norteamérica

Pedro Isnardo de la Cruz y Juan Carlos Reyes

Toda organización social al irse dando soluciones históricas y reinventándose eficazmente como sociedad, construye instituciones.

El ordenamiento legal es producto de reflexiones profundas, debates y consensos.

La élite gobernante está obligada a cumplir y hacer cumplir el mandato derivado de esos ordenamientos jurídicos centrales, por ello el rito ceremonial del juramento.

Ahí se simboliza el compromiso hacia el respeto y el cumplimiento del orden constitucional.
Max Weber ha explicado con claridad el axioma de que el gobernante tiene la obligación de utilizar legítimamente la fuerza pública para resguardar el orden institucional, máxime si el mandato proviene de procesos democráticos.
 
 El aparato coactivo del Estado está dispuesto para hacer cumplir la ley. Las disposiciones jurídicas emanan de procesos legislativos regulados, públicos y casi siempre transparentes.

Sin embargo, al decantar el ejercicio legítimo de esa facultad reglada, surgen acciones inconvenientes, sucesos que cuestionan todo el andamiaje institucional, porque detrás de esas acciones de resguardo de la propiedad privada, cumplimentación de órdenes de presentación o de conservación del orden público y la estabilidad política y social,subyacen conductas, visiones personales y construcciones medievales irracionales.
 
El racismo es un expresión medieval que debe desterrarse para siempre en el orden social mundial.
No puede ser una equivocada apreciación de los mandos policiacos y castrenses en el mundo.
 
No se debe tolerar en los Estados Unidos el uso brutal de la acción policial contra negros y latinos.
 
“Nunca podremos estar satisfechos mientras el negro sea víctima de los horrores indescriptibles de la brutalidad policial”
 
Fue un fragmento discursivo de Martin Luther King que gravita como nunca en la actualidad de Norteamérica.
 
“Desde la década de los setenta en EE.UU.  innumerables iniciativas y medidas han tratado de reducir la violencia policial y mejorar las relaciones entre la policía y las comunidades; sin embargo, los asesinatos continúan y los hombres de color son las víctimas desproporcionadas. Hasta ahora, la herramienta más potente parecer ser un testigo civil con un teléfono inteligente” [Gelb, Adam (2020). Police and Communities: Council Perspectives. Council of Criminal Justice, Atlanta, Georgia].
 
“Demasiados canadienses sienten miedo y ansiedad al ver a los agentes de la ley” ha afirmado el Primer Ministro de Canadá Justin Trudeau, después de arrodillarse ocho minutos y cuarenta y seis segundos que duró la agonía del afroamericano George Floyd, acto simbólico frente al Parlamento de su país en solidaridad con manifestantes estadounidenses.
 
Tampoco debe tolerarse en México abusos contra personas indígenas, pobres y mestizas.
 
“En la época colonial una serie de grupos estratificados de la organización social entablaron vínculos jerárquicos a partir de un criterio racial; estos vínculos eran expresión de lo que se consideraba una desigualdad natural (...) a pesar de que ello se fue erosionando con el aumento del mestizaje en el siglo XVII y XVIII, no desapareció la referencia racial como elemento de definición de las relaciones sociales” [Entrevista a Urías, Beatríz (2014). El racismo y el clasismo: dos formas de discriminación en el México contemporáneo. Eutopía, núm. 20, enero-junio].
 
El álbum histórico de prácticas arrogantes, corruptas, racistas e impunes de las fuerzas policiacas se reedita, se evidencia en la estela de impunidad y la violencia estructural institucionalizada, con hilo de voz y twitter pirotécnicos, en el caso estadounidense, subrayando la hostilidad política presidencial ante los disturbios sociales que implicó incendios y saqueos en diversas ciudades de EE.UU. y el disparo de gases lacrimógenos y balas de goma contra los manifestantes.
 
Sociedades como la mexicana y la estadounidense a pesar de sus políticas y jurisprudencias de acción afirmativa(en el caso estadounidense) y de la retórica de la igualdad ante la ley y la multiculturalidad (en el caso mexicano), siguen ocultando la negación del racismo y de la racialización como fenómenos sociales, históricos y cotidianos arraigados.
 
Peor aún, el color y tono de la piel y la pertenencia étnico-racial se vuelven cada vez más relevantes para evidenciar la actuación de las instituciones policiales, la ausencia de garantías de justicia social e incluso para combatir la pobreza y/o vulnerabilidad socioeconómica (un compromiso que el Presidente AMLO parece empeñado en hacer valer respecto al mundo indígena, desafío cotidiano y estructural cuando las instituciones y la propia sociedad parecen ir en contrasentido).
 
Como ha planteado Enrique Valiente Noailles “la concesión de derechos especiales - concebidos por raza, género o edad-, supone un acto de desprecio hacia aquello que se pretende proteger, es un mensaje subrepticio de disvalor. Nadie que vale necesita esta forma de la condescendencia. Conceder algo que debe obtenerse por mérito es el mejor modo de no reconocer a alguien como un par. (...) Para no discriminar, simplemente no hay que clasificar con esos criterios, porque si la discriminación negativa lleva a la tragedia, la discriminación "positiva" fortalece secretamente aquello que combate.
 
La reforma, profesionalización y formación de una nueva generación policial sigue pendiente y no puede ser un vacío estructural en el proyecto de la 4T. Por otro lado, la creación y puesta en marcha de la Guardia Nacional como institución policial militar de la República, supone avanzar en su formación ética doctrinal para que contribuyan realmente al complejo desafío de la pacificación nacional.
 
Debe sumarse a los hechos trágicos de violencia policial el desdén de las autoridades a minorías nacionales que afrontan la pandemia en condiciones de desigualdad económica, laboral y política frente a su sistema de salud,condición que pega a las comunidades afroestadounidenses, latinas y migrantes.
 
Estamos ante una implosión policial que exige mesura, reinvención y poder cohesionador en los liderazgos presidenciales y en la actuación gubernamental e institucional; que las autoridades no sean presa del lenguaje de la estigmatización y la conducta racial y discriminante, criminalizando la tez y el ser joven o la resistencia ciudadana a la arbitrariedad policial.
 
El otro, el diferente, al que se teme por ser diferente: por ser extranjero y en tanto no es igual, proviene del mal. Estas reminiscencias raciales medievales también llevan de camino a un Estado de derecho más frágil y dependiente de la ira, crueldad y ceguera propias de la segregación racial y el desmán anárquico. 
 
El peso histórico de los hechos sigue mostrando que la violencia contra los afroamericanos sigue recurrente una y otra vez a pesar de que la mayoría de la población rechaza tales actos; asimismo, “los prejuicios de los estadounidenses blancos se encuentran con los estereotipos interiorizados de los negros” (Ulrich Gumbrecht).
 
Vincent Mosseau, un trabajador social y organizador comunitario de Montreal señaló a la alcaldesa Valerie Plante “que las palabras vacías de los líderes no son suficientes ante la violencia, el racismo y la discriminación sistémica”.
 
Las medidas culturales e institucionales anti raciales (como la contratación de agentes de policía negros para ayudar a cambiar la cultura racista o el hecho de feminizar o militarizar las jerarquías), se tornan insuficientes e ineficaces si los contextos de desigualdad existencial (Goran Therborn) se deterioran, si no se formulan tácticas de contención y desmovilización más efectivas combinadas con formación intercultural y ética de paz interiorizadas en los efectivos y mandos (quienes se ven obligados a improvisar y a recibir entrenamiento fugaz) y peor aún, si desde el manto del poder, se promueve el supremacismo étnico político y la indiferencia ante la violencia racial.
 
A la complejidad de estos factores suceden las protestas y movilizaciones pacíficas y radicales por el comportamiento anti racial policial, anudando voces juveniles y emociones colectivas que trascienden la geografía de las comunidades negras y pobres, exigiendo que la respuesta no se postergue ni se simulen las soluciones.

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