Hay una labor que una Presidencia moderna no puede desdeñar.

Es su capacidad de mantener a raya el miedo, la hipocresía y la intolerancia desde “un gobierno de, por y para el pueblo”, como profesaba Lincoln hace más de una centuria y media.

Es una nueva lección histórico-política que ha llegado a nosotros a través del texto del historiador Harold Holzer intitulado “Brought Forth on this Continent: Abraham Lincoln and American Immigration” (Penguin Random House, 2024).

Holzer refiere en uno de sus hallazgos que en 1858, en su candidatura por el partido republicano al Senado estadounidense, Lincoln pronunció un discurso ante una multitud fundamentalmente de alemanes, describiendolos como “la sangre de la sangre” de los fundadores de Estados Unidos.

Los inmigrantes alemanes serían relevantes para conformar la coalición gobernante que permitió a Lincoln avanzar su agenda anti esclavista.

Aunque en privado -insiste Holzer-, esta convicción liberal entrañaba también la preocupación de Lincoln por los inmigrantes irlandeses dada su propensión a votar por el Partido Demócrata, contra su gobierno y su política anti esclavista, en público, Lincoln siempre asumió una posición a favor del acceso, las fronteras y la inmigración abiertas.

“Se trata de hombres que han venido de Europa, o cuyos antepasados han venido aquí y se han establecido aquí, encontrándose como nuestros iguales en todas las cosas. Si miran hacia atrás en esta historia para rastrear su conexión con aquellos días por la sangre, descubrirán que no la tienen, no pueden retroceder a esa época gloriosa y sentirse parte de nosotros, pero cuando miran a través de esa vieja Declaración de Independencia, descubren que esos ancianos dicen que ‘consideramos que estas verdades son evidentes por sí mismas, que todos los hombres son creados iguales’, y luego sienten que el sentimiento moral enseñado en esa época evidencia su vinculación, padre de todo principio moral en ellos, y que tienen derecho a reclamarlo como si fueran sangre de la sangre y carne de la carne de los hombres que escribieron esa Declaración, y así ellos lo son”.

Nuevamente tenemos ahí la benevolencia y la elocuencia insuperable del Lincoln candidato presidencial y el Lincoln Presidente estadounidense, al defender a los migrantes de acusaciones de deslealtad, pereza y envenenamiento de la sangre estadounidense:

“La Declaración de Independencia es el cable eléctrico que une los corazones de los hombres patrióticos y amantes de la libertad y unirá esos corazones patrióticos, mientras el amor a la libertad exista en las mentes de los hombres de todo el mundo.”

La cosmovisión y la inteligencia política está anudada en el pragmatismo de Lincoln al prevenir la inminencia de la guerra civil.

Por ello la importancia de reclutar regimientos con alemanes, irlandeses y de otras nacionalidades y defender al país de la rebelión en pro de la secesión.

Lincoln logró conformar un ejército federal con más de 20% de sus efectivos que hablaban acentos extranjeros, con irlandeses y alemanes luchando en las batallas de Gettysburg y Chancellorsville, inmigrantes heroicos insiste Holzer “en las derrotas y en las victorias”.

En una época en la que sólo a los ministros protestantes se les permitía ser capellanes en el Ejército, Lincoln permitió que el regimiento de inmigrantes eligiera a sus propios capellanes, incluyendo sacerdotes católicos, rabinos y “libre pensadores” alemanes, que no creían que existiera Dios. Ascendió a oficiales inmigrantes no obstante pertenecían al Partido Demócrata.

La guerra civil no sólo provocó la tragedia de miles de vidas perdidas, sino también en una reducción drástica de miles de trabajadoras y trabajadores en las minas, fábricas y en la agricultura, enfáticamente de mano de obra del Norte del país, de sangre inmigrante.

Se atravesó el magnicidio de Lincoln, hecho que impidió que la Ley pro Inmigración que promulgó Lincoln en 1865 la pudiese llegar a firmar.

Ahora como nunca la fuerza y relevancia de la cosmovisión y la lección presidencialista de Lincoln está presente.

Sobre todo cuando la postura del ex Presidente Donald Trump ha sido inalterablemente ofensiva y xenófoba.

En diciembre de 2023, en un mitin en New Hampshire, declaró que los inmigrantes indocumentados de África, Asia y Sudamérica “están envenenando la sangre de nuestro país”.

Donald Trump desciende de abuelos inmigrantes paternos y maternos de Escocia y Alemania. Joe Biden, lo propio, pero de Irlanda.

Hay inconfesa inquina preñada a la retórica anti inmigrante, hipocresía política, porque el pragmatismo paga bien a las ambiciones.

En el guión ideológico electoral extremista de Trump, los inmigrantes no son una comunidad, no forman parte de quienes forjaron la historia de su patria, es peor, empañan lo que para él es la sangre pura de la nación.

Lincoln era un as que quiso contribuir desde su Presidencia a evitar la casa dividida de la nación, promover incluso la inmigración con políticas y reformas radicales.

Biden parece haber escuchado estos ecos de la historia.

Pero sólo los ecos de las lecciones de Lincoln. No ha sido escuchado por sus sucesores en el poder presidencial.

El pragmatismo del presidente del partido demócrata y la importancia de la migración en la elección 2024, lo ha llevado a querer radicalizarse más que Trump contra la inmigración, dado que se mantienen las deportaciones masivas a pesar de que en efecto se logró suspender la política trumpiana de separación de familias, sigue avante la ausencia de un sistema de protección de familias inmigrantes y una postura más radical en pro de los derechos ciudadanos de inmigrantes.

Pero en el discurso, Biden aparece siempre como un benefactor, un seductor político que respeta las vidas de las familias migrantes y su aporte a la economía y la historia de los Estados Unidos.

Regresemos a Lincoln hace más de 160 años: abogó porque el Congreso Federal propicie financiamiento a la entrada de migrantes a los Estados Unidos y se les proporcionen centros de recepción para que pudieran asentarse en suelo estadounidense y se les dotase de oportunidades de trabajo digno.

El martes pasado, en su Discurso Anual sobre el Estado de la Nación, Biden llamó a los inmigrantes “ilegales”.

Ahora su equipo de gobierno reclama se comprendan y no se descontextualicen sus declaraciones.

En ese discurso anual Biden llamó a financiar la seguridad fronteriza, el presidente de EEUU: “No demonizaré a los inmigrantes” como, según dijo, viene haciendo su predecesor (D. Trump)”.

Biden exigió al Congreso la aprobación del proyecto de ley bipartidista que posibilitará la contratación de miles de agentes fronterizos y cientos de jueces de inmigración, así como la adquisición de máquinas de alta tecnología para reforzar el control de la frontera sur del país.

El Presidente Biden asume que dicho proyecto de ley dará una “nueva autoridad” al gobierno federal para cerrar temporalmente la frontera cuando el número de migrantes “sea abrumador”.

Parece que a pesar del legado Lincoln, como en diversos momentos del sistema político estadounidense, en la era de las campañas y la ex Presidencia de Trump y ante su posible regreso, y ahora con la Presidencia de Biden, el resentimiento con la gente que llega o quiere llegar a Estados Unidos, se mantiene intacto.

Peor aún, para mantenerse o reconquistar la Presidencia, pervive el escenario electoral en firme para recrear la doctrina de la destrucción de los migrantes, como enemigos de la raza pura y noble estadounidense.

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