200 años de vida independiente

Pedro Isnardo de la Cruz y Juan Carlos Reyes

México es una de las naciones con un profundo pasado civilizatorio, precolombino -con un gran virreinato como el del Perú-, más allá de la conquista española de inicios de la segunda década del siglo XVI. 

En su momento deberá valorarse aspectos clave del proceso hispanoamericano de independencia y lo propio de la construcción insurgente de la nación mexicana de 1810. 

Veamos un hilo. Las reformas borbónicas, contribuyeron mucho a los territorios coloniales de España y al de los países independientes: en tanto el liberalismo hispanoamericano se remonta a la política de la Ilustración española en América, cuyas reformas fiscales, económicas y administrativas impactaron positivamente en el desarrollo político y social de Hispanoamérica. 

Pero desde mediados del siglo XVIII a principios del siglo XIX con la consolidación de los vales reales, las reformas borbónicas dividieron mucho, separando más que a los peninsulares y a los criollos, a los peninsulares entre sí. 

Aquí debe recuperarse en la audiencia de México, quienes fueron los peninsulares que se oponían a las reformas, férreos opositores de las reformas por razones comerciales y políticas, frente a sus partidarios de Veracruz y Guadalajara. 

En los años previos a la insurgencia revolucionaria del siglo XIX, no deberá olvidarse también la oposición del consulado de México a las reformas borbónicas. 

Un segundo hilo fue recuperado por el “Mundo en México” desde el IMER en la voz de Juan María Alponte. El 13 de diciembre de 1810, Miguel Hidalgo Generalísimo de América e Ignacio Allende, Capitán General de América como testigo del escrito, firmaron el nombramiento de Pascasio Ortíz de Letona, joven intelectual botánico originario de Guatemala para que fuera el primer representante del México independiente ante EUA. 

Ortíz de Letona recibió el documento y dinero para el viaje, en el camino a Veracruz fue apresado por el Justicia de Molango en la Huasteca, al encontrar pruebas en la silla de su caballo de que era un agente revolucionario, por lo que sería juzgado por las juntas de seguridad y autoridades españolas en la Ciudad de México. 

El primer embajador del México independiente ante Estados Unidos -no llegó a ser conocido por James Madison, quien presidía la nación vecina-, no pudo ser presentado ante los jueces: decidió suicidarse y no prestarse -impidiendo por temor o por tortura, a que le fueran sacados sus palabras y secretos que él consideraba de honor, evitando delatar al movimiento insurgente. 

La Ciudad más grande del mundo, nos recuerda Alponte, no guarda memoria de tan noble ser humano ni su nombre en alguna de sus calles. 

Nuestro tercer hilo histórico político nos lleva a Hidalgo y a Morelos. 

Los estudios del historiador británico Brian Hamnett han documentado que los líderes insurgentes más que raíces tenían sentimientos hacia la gente ordinaria, dado que México había entrado en una crisis económica y social profunda: una dislocación en la producción minera, crisis en las haciendas, alza de precios, escasez de comestibles básicos. 

Los sacerdotes de parroquia insurgentes tenían plena consciencia de ello a pesar de sus propósitos políticos mayores. 

Hidalgo, insiste Hamnett, abolió la esclavitud en Guadalajara, aunque México no era un país de esclavos, por lo que podía abolirla sin demasiados problemas. Morelos en Tierra Caliente (Aguacatillo), en los meses finales de 1810, abolió las diferencias de castas preservadas en el sistema jurídico y legal de la colonia española. 

Sí, la independencia tuvo como punto de partida el grito de Hidalgo en la campana de Dolores, pero el proceso revolucionario de independencia tuvo insospechados impactos. 

El legado insurgente demolió el edificio jurídico de la colonia española, negó la distinción oficial de castas, etnias, razas, cuerpos, corporaciones, las diferencias entre repúblicas y el resto de la población.  

Ello implicó, negativamente y durante el resto del siglo XIX, destruir la protección corporativa de las repúblicas de indios exponiendo a la población indígena, a las comunidades y las etnias, a la desprotección legal para sus tierras, en las que tenían ingresos y propósitos religiosos. 

Esta dimensión social fue notoria cuando la rebelión se volvió insurgencia sin dirección coordinada, bajo jefes y bandas locales que antes eran bandidos, contrabandistas o ladrones de caminos, pero también campesinos, jornaleros y trabajadores del campo. 

El fracaso en la dirección política de la insurgencia pudo resolverse hasta que Iturbide y el ejército realista en tanto no podían sostener su lucha, fueron obligados por Vicente Guerrero en Tierra Caliente a asumir un acuerdo en 1821. 

Hasta la caída del iturbidismo en 1823, México se encaminó a la cuerda tensa histórica -parafraseando a don Enrique González Pedrero-, del republicanismo, el federalismo y el centralismo. 

Hoy no debemos buscar indemnización ni resarcimiento histórico, la deuda social de nuestro proceso de emancipación es con nosotros mismos. 

Nosotros no le hemos dado su lugar al mundo indígena, quienes siguen esperando respeto, educación, salud, tierra y bienestar: ¿acaso los españoles de hoy nos piden resarcimiento por los 350 españoles que fusilara sin juicio el cura Hidalgo en Guadalajara, incluso con la desaprobación de Allende?. 

Dejemos de negar la lección histórica de México como nación independiente y demos fin a la lógica de repúblicas internas que perpetúan nuestras divisiones, racismo, egoísmos y violencias sociales. 

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