Una aventura policiaca con don Salvador Elizondo Pani (XVIII)

Paulina Lavista

Nos lanzamos yo al volante, Salvador y el corpulento guarura a Cuernavaca al rescate de don Salvador Elizondo Pani

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A principios de los años 70 solíamos, Salvador y yo, ir a comer esporádicamente a elegantes restaurantes de élite, con mi suegro (quien pagaba las cuentas), sus nietas y la esposa de don Salvador, Ana Thoens. Yo, como nuera de don Salvador y madrastra de Mariana y Pía, las pequeñas hijas del escritor, mantenía una actitud discreta y callada. Mi suegro tenía una personalidad fuerte, que imponía. Se dirigía a su hijo con sarcasmos e ironías y a veces lo regañaba por no cortarse el pelo, usar barba o andar de pantalones de mezclilla acampanados, cosa que le repateaba al escritor divorciado con dos hijas. Lo que era indudable es el cariño que mi suegro sentía por su hijo y nietas.

Resultó que un día sonó el teléfono temprano en la mañana. Era mi suegro que nos llamaba, desde la ciudad de Cuernavaca, para pedirle a su hijo que lo rescatara, pues estaba herido porque había recibido una puñalada y su vida corría peligro.

Salvador, el escritor, se puso muy nervioso y no sabía qué hacer. De pronto se le prendió el foco y le habló por teléfono a su exnovia, la guapísima María Rodríguez, casada con el arquitecto Manuel Reyero, para pedirle consejo. Ella muy amablemente le recomendó que hablara con un guardaespaldas profesional de su confianza. Salvador estaba aterrado y sacado de sus casillas exclamaba: “¡¡¡¿Qué sé yo de guaruras o policías? Carajo!!!”

Yo intervine para ayudar. Lo calmé y tomé el asunto en mis manos: Me comuniqué a una escuela de guaruras que estaba por la calle de Balderas y hablé con el conocido de doña María Rodríguez de Reyero, el comandante Guerrero, quien me citó de inmediato (Salvador no se atrevió a ir) a dicha institución.

Llegué a un lugar que nunca pensé conocer, en donde, como en las películas del entonces célebre James Bond, en fila muchos hombres disparaban al blanco portando orejeras y gruesos petos antibalas. Hablé, en medio del estruendo de los disparos, con el comandante Guerrero, le expliqué que teníamos que ir a rescatar a mi suegro, pactamos el precio, determinamos la hora de partida a Cuernavaca y en mi poderoso “bocho negro” nos lanzamos yo al volante, Salvador y el corpulento guarura armado con una pistola escuadra de 45 a Cuernavaca al rescate de don Salvador Elizondo Pani. Llegamos a unas “suites” resindenciales donde encontramos a mi suegro vendado con un brazo en cabestrillo. Como sardinas enlatadas en el Volkswagen regresamos los cuatro a la Ciudad de México y sano y salvo dejamos a mi suegro en la puerta de su domicilio sin enterarnos exactamente qué fue lo que le pasó: ¡Misión cumplida! (Continuará)

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