En los años 70, cuando llegábamos a casa después de alguna cena, Salvador solía recordar, con ironía, la observación de un filósofo, del cual no recuerdo su nombre, que proponía que el mundo básicamente se dividía en dos:

“Los que tienen mucha hambre y pocas cenas y los que tienen muchas cenas y poca hambre, nosotros, naturalmente, ya pertenecemos a los segundos”, me decía.

En una de esas muchas cenas a las que asistimos, con poca hambre, coincidimos con Ulalume y Teodoro González de León en casa de la escritora Elena Urrutia. Sentados alrededor de una elegante mesa habíamos varias parejas de intelectuales y amigos; de pronto apareció un insecto negro que caminaba por las flores del centro de mesa, todos nos quedamos en silencio sorprendidos sin saber qué decir por tan inusual invitado, sin embargo, Ulalume gritó, con su acento urugüayo: “¡¿Qué hace un coleóptero en medio de esta mesa?!”

Salvador y yo nos reíamos al recordar la escena por lo preciso y propio que en cualquier circunstancia Ulalume utilizaba el lenguaje. El insecto era precisamente un coleóptero y punto.

También muy seguido, con poca hambre, íbamos a cenar a casa de los González de León en la calle de Galeana, en San Ángel. Una vez nos invitaron para conocer al padre de Ulalume, el poeta Roberto Ibáñez, quién vino a México, ya viudo, a visitar a su hija. Resultó que don Roberto era un hombre sumamente agradable y simpático. Luego luego hizo migas con Salvador, y no recuerdo por qué razón en la conversación salió a colación el asunto del box. A don Roberto le gustaba el box y se entusiasmó cuando Salvador le dijo que, a veces, nosotros íbamos a las funciones de box en la Arena Coliseo y que si le gustaría ir nosotros organizaríamos la cuestión de los boletos. Ulalume, horrorizada, se negaba rotundamente a tal barbaridad, pero ante el entusiasmo de don Roberto y de Teodoro de tener la experiencia, aceptó ir. Salvador y yo nos quisimos lucir y compramos boletos en la segunda fila del “ring side” para tan especiales invitados.

Entonces realmente había un ambiente extraordinario en el box, era más auténtico, no había, como ahora, tantos anuncios que hasta las cuerdas del cuadrilátero tapan con publicidad; era otra cosa, se sentía el orgullo tepiteño y había seguridad para poder caminar tranquilos por las noches en el ex DF.

Ulalume González de León y Salvador Elizondo, entre la poesía y el box, III y último
Ulalume González de León y Salvador Elizondo, entre la poesía y el box, III y último

Realmente fue toda una experiencia para la exquisita poeta, Ulaume, a la que sacamos de contexto y valientemente aguantó el reto.

En 1972, Salvador Elizondo escribió un breve texto experimental verdaderamente audaz que tituló “El grafógrafo” y que dedicó a Octavio Paz. Cuando terminó de escribirlo después de haberlo trabajado mucho, depurarlo y comprimirlo, me dijo con una sonrisa : “… Acabo de terminar un texto el cual me impide ir más allá, un experimento de escritura pura…”.

El texto de Elizondo dice:

El grafógrafo

a Octavio Paz

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que había escrito que me imaginaria escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.

A nuestra admirada Ulalume el texto de “El grafógrafo” le gustó mucho y previa cita llegó a visitar a Salvador para entregarle el dibujo que hoy ilustra mi escrito y sorprenderlo con otra faceta de ella que no conocíamos, lo que nos llevó a reconocer que Ulalume era una artista en todo lo que tocaba.

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