Salvador Elizondo Pani, productor, gerente de C.L.A.S.A, y su hijo (XI)

Paulina Lavista

Produce don Salvador ambiciosas películas, algunas, muy bien logradas y otras no tanto, a pesar de lo cual, se nota el esfuerzo de llevar al cine a buenos escritores

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Produce don Salvador ambiciosas películas, algunas, muy bien logradas y otras no tanto, a pesar de lo cual, se nota el esfuerzo de llevar al cine a buenos escritores. Foto: Archivo de Paulina Lavista.

Establecido en la Ciudad de México, don Salvador Elizondo Pani se dedica en cuerpo y alma a levantar los Estudios C.L.A.S.A. Alterna su tiempo en dirigir los flamantes estudios equipándolos con equipo y técnicos experimentados para que, a pesar de no ser los únicos, ser los mejores en los años cuarenta. Se convierte, a su vez, e invierte su tiempo y dinero, en productor de cine y coguionista en varios largometrajes. Su entusiasmo por el cine es evidente.

Uno sus mayores logros fue el lanzamiento en grande de María Félix en la película Doña Bárbara, basada en la novela del escritor venezolano Rómulo Gallegos, quien participó personalmente en el guión. El filme se rodó en Venezuela con actores y técnicos mexicanos y venezolanos. En principio, me contaba Salvador, su hijo, en las pláticas sobre nuestros padres cineastas, se pensó en Isabela Corona, una gran actriz, sin embargo la belleza y presencia escénica de María pesaron más y llevaron a mi suegro a optar por ella. Por esta película María de por vida llevó el sobrenombre de La Doña.

Produce don Salvador ambiciosas películas, algunas, muy bien logradas y otras no tanto, a pesar de lo cual se nota el esfuerzo de llevar al cine a buenos escritores, como es el caso de la película El monje blanco, dirigida por Julio Bracho, una película hablada en versos rimados que Xavier Villaurrutia escribe pero que resultan insoportables para el espectador pues los diálogos son muy densos en su lenguaje y difíciles de comprender para narrar la historia. Sin embargo la belleza de María Félix impera en dicha película.

Su hijo, el futuro escritor, quien asiste al Instituto México (escuela que aún prevalece en la calle de Mérida en la colonia Roma), destacando siempre, según los anuarios de la escuela, en el cuadro honor, con las mejores calificaciones, me contaba: “Cuando salía yo de la escuela, a diario, me recogía el chofer y nos íbamos por toda la Calzada de Tlalpan hasta los Estudios C.L.A.S.A.. Nos parábamos en el trayecto a comprar muchos bolillos en la panadería que eran para el capitán Candiani, mano derecha de mi padre, quien junto con su esposa regenteaban la cafetería de los Estudios C.L.A.S.A., luego iba yo a la oficina de mi padre para estar con él y jugar con su máquina de escribir hasta irnos juntos a casa para reunirnos con mi madre para comer. Mi padre al llegar a casa siempre avisaba su llegada con un silbido”… (continuará)

 

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