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New York, ciudad por excelencia, enferma (III y último)

Paulina Lavista

Quinta Avenida

¡Mujeres que pasaís por la Quinta Avenida,

tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida!
 

José Juan Tablada, Nueva York, 1918

 

Nueva York, la ciudad por excelencia de la sofisticación, el glamour, lo “chic”, lo avant-garde, con su gran diversidad de ofertas para enriquecer la cultura del hombre moderno que aspira a grandes experiencias citadinas como la ópera en el Metropolitan Opera House, los teatros en Broadway, el Museo de Arte Moderno, su maravilloso Central Park, el Carnegie Hall, el Rockefeller Center con su pista de patinar, Wall Street para los financieros, la Quinta Avenida y los atractivos aparadores de sus tiendas y no se diga de los restaurantes como el O´Henry´s con sus T-bone stakes, o el famoso Rosa Mexicano atiborrados de clientes que tienen que reservar, con semanas de anticipación, lugar para una mesa; sus bares, el Jazz en su vida nocturna, hoteles lujoso como el Plaza y miles de lugares más que la conforman. Una ciudad que se sostiene gracias a los miles de trabajadores indocumentados o con green card, la mayoría mexicanos, que hacen el dirty work en hoteles, restaurantes, museos, parques, edificios, etc., para mantenerla a flote y quienes por ahora se encuentran desempleados, muchos contagiados y otros muertos por el Covid-19.

Hoy la gran urbe de hierro está enferma, herida de gravedad, paralizada en sus múltiples y fascinantes ofertas culturales, artísticas, monetarias y demás a causa de una nueva epidemia que ha debilitado el concepto de su creación, que es básicamente el de darle un valor muy alto al terreno y crecerlo con sus rascacielos para potenciarlo y explotarlo al máximo con edificios altísimos, herméticos, sin ventanas que se abran, es decir, sin aire puro, que asemejan peceras, en los que trabajan o viven miles de personas que al estar encerradas se contagian unas a otras no sólo del coronavirus sino de otras bacterias y virus. Para colmo, mientras escribo este texto, en plena cadena de contagios, Nueva York despierta del letargo y estalla, salen los confinados al encierro obligatorio a manifestarse en masa violentamente por el vil asesinato del fuerte y robusto joven afroamericano Floyd a manos de la policía en Minnesota.

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Mujer en la Quinta Avenida, Nueva York, 1990. Foto: CORTESÍA PAULINA LAVISTA
 

Nueva York había presentado síntomas preocupantes, a mi juicio, con dos grandes epidemias anteriores: a principios de los años 70 del siglo pasado se desarrolló una epidemia con 20 millones de infectados de herpes genital debido a las comunas de hippies que eran totalmente insalubres, los niños nacían enfermos o se morían contagiados de las madres infectadas del virus. En 1981, el primer caso de sida se dio en Nueva York y cundió rápidamente, luego pasó a la ciudad de San Francisco, donde causó estragos y muertes hasta propagarse por todo el mundo. Hasta hoy no existe una vacuna contra el sida, aunque ya hay tratamientos efectivos y ya no se mueren los enfermos del virus que se sigue propagando.

La importancia de la experiencia de ir a Nueva York fue, y lo ha sido siempre, fundamental para muchos de nuestros más grandes artistas: Diego Rivera, José Clemente Orozco, Frida Kahlo, Carlos Chávez, Octavio Paz vivieron temporadas ahí. El poeta José Juan Tablada se exilió 10 años en la Gran Manzana y escribió poemas inspirados en la ciudad. El escritor Salvador Elizondo, en mancuerna con el pintor Fernando García Ponce, obtuvieron una beca de la Fundación Ford para convivir un tiempo en NY, hospedados en el hotel Chelsea, con escritores y artistas norteamericanos.

Me pregunto a estas alturas, como muchos otros, ¿qué pasará con Nueva York y otras grandes ciudades después de esta y las otras pandemias que vendrán, según predicen los científicos?

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