A principios de 1966, al llegar yo a mi casa después de una jornada de trabajo, cuando contaba yo con 21 años de edad, mi madre emocionada me dijo que mi padre había tenido un grato encuentro con su sobrino Mario Lavista, a quien no había visto desde que era un niño, esto sucedió durante un concierto en que coincidieron. “Yo lo reconocí por sus manos al pasar junto a él en la butaca del auditorio, son idénticas a las de tu papá”, me dijo mi madre y continuó: “Es increíble, fíjate que es compositor de música, muy inteligente y simpático, de inmediato tu padre lo invitó a la casa y se entendieron de maravilla”.
Este encuentro trajo a mi padre una gran felicidad en sus últimos 14 años de vida, así como a toda la familia; el entusiasmo de ambos era manifiesto, hablaban el mismo lenguaje musical, Mario tenía ahora a su disposición la discoteca de Raúl Lavista y mi padre al perfecto escucha de lo que más amaba, que era la música grabada en su discoteca en esos discos de vinil que contenían las grandes grabaciones que se hacían en sonido estereofónico a finales de los años 60, las 14 bocinas del aparato reproductor de sonido de la discoteca de mi padre, a todo volumen, instalaba al escucha en medio de la orquesta, la gran música, la música de los grandes compositores, la voz humana, sonaban en una perfecta afinación, la música se metía en la piel, te erizaba los pelos en un éxtasis al oírla de esa manera.
Cuando me reencontré con Mario después de aquella niñez de los años 50, en los que jugué con él y su hermana, mis primos hermanos gemelos y que ocasionalmente me preguntaba yo qué habría sido de ellos, se disipó la incógnita y yo también quedé fascinada con la grata sorpresa de que mi primo hermano era un amigo de juventud ideal porque entonces ya mi padre y su grupo de escuchas habituales a las tertulias musicales, amigos suyos de toda la vida, me habían seducido y era yo una melómana irredenta, por esos años acabábamos mis padres y yo de regresar de un viaje musical a Bayreuth, Alemania para asistir al Festival de Wagner, que anualmente se llevaba cabo en el teatro de esta ciudad, estuvimos las dos semana que dura el Festival y habíamos escuchado siete de las mejores óperas del gran maestro, ya era yo una wagneriana absoluta. Además, en París, asistimos al otro polo de las preferencias musicales de mi padre; ahí vimos la puesta en escena de la ópera Pelléas et Melisande de Claude Debussy, otra de las adoraciones musicales de él.
Mario se integró al grupo de escuchas que lo aceptaron de inmediato; la juventud de Mario, que tenía apenas 23 años, mi padre 53 y yo 21, se conjugó para reunirnos a verdaderos maratones musicales; planeaban Mario y mi padre el repertorio, nos ilustraban con sus sendos conocimientos, ellos, o sea mi padre y Mario, con la partitura en mano, sentados juntos, siguiendo la escritura musical, nota a nota de, por ejemplo, la Walkiria (completa) de Wagner. (Continuará...)
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