Antes de continuar con la narración de mi tía política María Luisa Camacho sobre los primeros pasos de su hijo, el compositor de música Mario Lavista, en su aprendizaje musical, me subo en la máquina del tiempo para recordar a Mario y María Luisa Lavista, mis primos hermanos gemelos, quienes eran un año y ocho meses mayores que yo.

La mamá de Mario nunca rompió el vínculo y la amistad que tenía con mis padres a pesar de haberse divorciado del hermano de mi papá, así es que ocasionalmente iba a las tertulias musicales de los domingos en mi casa a oír música, como la devota melómana que siempre, hasta el día de hoy, ha sido.

Mi padre, Raúl Lavista, hacia 1952, la fecha aproximada de mi primer recuerdo de saber de la existencia de primos hermanos, era un célebre compositor de música para cine, además de ser director de orquesta que presentaba semanalmente conciertos con la orquesta completa de 80 filarmónicos en la incipiente televisión de esos años en el programa titulado La hora General Motors, transmitida por Televicentro S.A. (hoy Televisa) a la hora estelar de las 9 de la noche los miércoles, un programa televisivo y transmitido en vivo muy costoso, pues los grandes intérpretes que cantaban o daban recitales en el Palacio de Bellas, por el convenio del contrato de venir a México, se incluía presentarse en la televisión bajo la batuta de mi padre; realmente el programa era muy ambicioso culturalmente hablando, pues aparecieron figuras como Elizabeth Swarkoff, Gussepi di Stefano, Oralia Domínguez, Henri Shering, entre otros grandes intérpretes de música para concierto. Mi padre seleccionaba las obras musicales, hacía los arreglos de los fragmentos de las óperas, conciertos para piano y demás que los solistas cantarían o tocarían en su concierto, era el año de 1952 y yo tendría siete años de edad. Recuerdo la emoción que me causaba ver salir a padre vestido de frack de casa y luego verlo en la televisión dirigiendo, sin entender, aún, debido a mi corta edad, el desempeño musical de mi padre en aquellos lejanos años…

Conocer a mis primos hermanos Mario y María Luisa me produjo una verdadera felicidad y euforia, llegaron a mi casa una tarde, mi tía entró al salón de música que albergaba la gran discoteca de mi padre y se incorporó con los demás escuchas y nosotros los niños salimos a jugar al gran jardín de la exclusiva privada en que vivíamos; me encanté con mis primos hermanos y sin ser muchas las veces, recuerdo nuestros juegos traviesos. Mario desde niño tenía un gran carisma y personalidad, a nuestros juegos se agregaba otro niño, Héctor Delgado, hijo de Emilio Delgado, amigo entrañable de mi padre y asiduo asistente a la tertulias musicales, los cuatro niños jugábamos en libertad mientras los adultos se deleitaban oyendo a los grandes compositores.

Después de estos recuerdos mis primos dejaron de venir y nos ausentamos, sin embargo, por muchos años me preguntaba qué habría sido ellos, a qué se iban a dedicar, cómo serían de jóvenes y de adultos… (Continuará)

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