“La Cenicienta”, otra verdad de Walt Disney (III)

Paulina Lavista

La fotografía fija era, para mí, el vehículo ideal paracapturar escenas directamente del teatro de la vida

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En general, todos los cuentos clásicos para niños son crueles o aterradores, como los de Perrault, Edmundo de Amicis, o los del Struwwelpeter del Dr. Hoffman, que cuentan moralejas para advertir a los niños que deben portarse bien, no desobedecer, no chuparse el dedo a escondidas porque si no vendrá el sastre y les cortará el dedo pulgar con sus grandes tijeras.

Walt Disney adaptó el cuento de la Cenicienta e hizo una melcocha con ratoncitos y un hada madrina que convierte, con su varita mágica, una calabaza en elegante carroza imperial, cosa que de niña no lo creí cuando vi la película, era imposible tal magia. Esta película dejó en mí un sentimiento, para siempre, de congoja, por la situación de la joven muchacha atrapada en una vida triste, privada de su juventud, sometida a ser la sirvienta de su madrastra y hermanastras.

La fotografía que publico en esta ocasión era inédita hasta hoy; no me atreví a publicarla o exhibirla antes por su excesivo “realismo” y por la tristeza que me produce la imagen de esa bella niña con su vestidito floreado, que camina descalza por la calle con su pobreza a cuestas, una niña-cenicienta que nació con un destino adverso del cual difícilmente podrá salir, igual que el de tantas mujeres que, desde niñas, son utilizadas como servidumbre humana (human bondage). 

La fotografía la tomé en un viaje a Manizales, Colombia (ciudad donde nació el escritor y poeta Álvaro Mutis), a finales de 1969, durante el primer viaje al extranjero que hice contratada ya como fotógrafa. Me había yo comprado, con el fruto de mi trabajo en la producción de cine, mi primera cámara Nikon, lo que me daba la libertad de expresarme a partir de la realidad instantánea que se cruzaba ante mis ojos. Había yo dejado el cine por lo complicado de la parafernalia (actores, maquillaje, escenógrafos, luces, vestuarios, micrófonos, editores, músicos, etc.) que se necesitaba para “recrear” escenas de la realidad, generalmente con pobres resultados, con excepciones, claro está. Me quedé con la fotografía instantánea como oficio y me congratulé de dejar mi trabajo en el cine. La fotografía fija era, para mí, el vehículo ideal para capturar escenas directamente del teatro de la vida.

La cenicienta es otra verdad a la que Walt Disney enfrenta a los niños en esa primera experiencia de ir al cine para que nos cuente un cuento: “Niños hay quienes nacen o caen en situaciones desventajosas a pesar de ser buenos”. 

Me pregunto, a 52 años de haber tomado la fotografía que acompaña este texto, si ha mejorado o empeorado la situación de las niñas-cenicientas en América Latina... (Continuará)

 

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