EL ranchito de don Salvador Elizondo Pani (XX)

Paulina Lavista

Felices con su anuencia alquilamos un taxi y nos dirigimos hacia Yautepec con maletas, pluma fuente, cuadernos de escritura, yo con mi cámara portátil y muchos rollos...

Del cambio radical de vida de mi suegro, don Salvador Elizondo Pani, después de que lo rescatamos de un atentado contra su vida, como ya narré a ustedes, lo más notable que hizo fue la adquisición de un ranchito porcino en Yautepec, Morelos, al que iba los fines de semana. Entre semana trabajaba en la gerencia de relaciones internacionales de Bancomer, en las oficinas ubicadas en la plazoleta de “la rana”, en la calle de Bolívar. Solía Salvador, el escritor, comer con su papá en el centro de la ciudad una vez a la semana. En esa época (principios de los años 70) tuvimos un mayor acercamiento con mi suegro.

También por esas fechas nos robaron nuestro Volkswagen (que pagábamos en abonos), mismo con en el que llevamos a cabo el rescate de don Salvador unos meses antes. Ante tal situación, impedidos de viajar en coche, ir yo a trabajar con mis cámaras fotográficas, en espera de encontrar el coche o esperar lo que el seguro nos pudiera reponer para comprar otro, decidimos que era un buen momento para intentar un cambio e incursionar en la vida rural. Así es que animados por este propósito le pedimos a don Salvador que nos permitiera pasar una temporada en su ranchito “Los naranjos”. Le explicamos que queríamos aislarnos del mundo un tiempo para intentar trabajar en paz en nuestra “obra artística”.

Accedió mi suegro con la advertencia de que las instalaciones del ranchito eran modestas y un poco precarias. Nos dijo que hablaría con Benigno, el mozo, para que nos atendiera.

Felices con su anuencia alquilamos un taxi y nos dirigimos hacia Yautepec con maletas, pluma fuente, cuadernos de escritura, yo con mi cámara portátil y muchos rollos, libros para leer, diccionarios, whisky, etc., además nos llevamos a nuestra perra Panda, una cachorrita que compramos en el mercado como zorrero inglés y que se convirtió en un espécimen como de pulquería que soltaba mucho pelo.

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Salvador Elizondo acaricia al cerdo, Yautepec, Morelos, 2 de julio de 1972. Foto: cortesía Paulina Lavista 

Llegamos hasta Yautepec, donde el mozo Benigno y su esposa nos recibieron muy amables. Nos salió muy caro el viaje porque tuvimos que darle una considerable propina extra al taxista porque su coche quedó todo lleno de pelos de la perra.

El ranchito era bonito, además de las instalaciones de las porquerizas, había una casita con dos recámaras y una cocineta. El agua se bombeaba a mano para bañarse, había una gran cisterna o pileta abierta al centro del terreno, muchos naranjos en flor, el clima era cálido y se oían a las cigarras cantar. Tenía el ranchito, además, algunos gallos y gallinas que caminaban por todos lados. Al llegar, después de bajar el equipaje, la perra emocionada empezó por perseguir a los pollos y cayó en la cisterna y a punto de ahogarse la salvó el mozo, al que hubo que darle una buena propina por el clavado para salvarla.

Al día siguiente de nuestra llegada a “Los naranjos”, Salvador, no pudiendo escapar de los compromisos socioculturales, tenía que ir a Cuernavaca para fungir como testigo de la boda de la hija del actor Manolo Fábregas, que se casaba con el joven poeta Mariano Flores Castro, yo me negué a ir y él partió en taxi hacia la ciudad de la eterna primavera… (Continuará) 

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