Dos destinos… y yo (VI)

Paulina Lavista

El amor…

“Como te contaba yo, —continuó mi madre—, tu padre vivía enfrente de la casa de mi hermana mayor, Sara, donde yo me hospedaba durante mi retorno a México. Como ya sabes, emigré con mi familia a Los Ángeles, California, cuando tenía cinco años y regresé a mis 19 años. Me eduqué en inglés en la escuela y el español sólo lo hablaba en casa, no lo escribía, y usaba yo ‘pochismos’.

“Después de conocerme, tu padre me pidió que le diera clases de inglés. Acepté tras su súplica, él ya hablaba inglés, lo que quería era practicar su conversación. Se presentó a su primera ‘dizque’ clase de inglés con un ramo de flores y un libro de poemas de López Velarde… bueno, no te hago el cuento largo, en las clases platicábamos en inglés y él corregía mis pochismos, me leía poemas, o me invitaba a su casa y tocaba el piano para mí: Chopin, Debussy, Liszt, Ravel. Al cabo de tres meses me enamoré de ese joven músico que me abría los ojos a un mundo que me era completamente desconocido y fascinante. Me declaró su amor y acepté ser su novia.

“Nos enamoramos profundamente y esto preocupó mucho a Sara, mi hermana, porque mi madre, quien era muy católica y rígida, le había encargado que me cuidara mucho durante mi estancia en la Ciudad de México. Sara le escribió a mi madre y le dijo que andaba yo de novia, muy en serio, de un músico que vivía enfrente de su casa, que era de buena familia, pero...

“Mi madre, o sea tu abuela, tuvo ocho hijos: siete mujeres y un varón, para ella las mujeres tenían que llegar inmaculadas al matrimonio. Con decirte que una de mis hermanas mayores huyó a Chicago, a los 16 años de edad, con su novio, quién le prometió matrimonio y no le cumplió, dejándola abandonada con una bebé. La pobre de mi hermana llegó de regreso, derrotada, con su bebé en los brazos; tu abuela la aceptó pero nunca la perdonó, dejó de hablarle durante cinco años y a la hija bastarda siempre la trató con desprecio. En cuanto mi madre se enteró de mi noviazgo con el joven músico Raúl Lavista, contestó que tenía que regresarme de inmediato a Los Ángeles”.

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Drama y suicidio…

“Cuando le dije a tu papá que me tenía que regresar, se puso tristísimo. Decían sus amigos que lloraba tanto que dejaba pañuelos empapados con sus lágrimas y tanto era el dolor que se tomó cinco aspirinas —que le hicieron ‘lo que el viento a Juárez’— para suicidarse. Ante tal situación, sus amigos decidieron ayudarlo e idearon un plan:

“Acudieron a otro amigo, el joven y después célebre abogado don César Roel, para pedirle consejo. Tu padre y yo sufríamos inmensamente, como Tristan e Isolda y decidimos casarnos por lo Civil en secreto para acabar con el sufrimiento, pero como yo era menor de edad, no podía hacerlo sin el consentimiento de mis padres. Me faltaban dos meses para cumplir la mayoría de edad. César Roel nos ayudó alterando mi mes de nacimiento y en una hora salimos del juzgado casados. Ante el acto consumado, tus abuelos paternos, que idolatraban a su Raulito y no podían verlo sufrir, decidieron apoyarlo al cien por ciento y se presentaron con Sara, mi hermana, para pedirle formalmente mi mano, informándole que nos habíamos casado por lo Civil y para que fijáramos la fecha del matrimonio religioso. Nos casamos el 21 de diciembre de 1936 en la iglesia de La coronación. Mi madre lloró mucho. No pudo venir a México para la boda, pero se alegró de que me había yo casado por la iglesia de blanco. Tu papá acababa de cumplir 23 años y yo 21…” (Continuará).

 

 

 

 

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